Entre el cielo y la tierra

El desafío de convivir en la diversidad

Por: P. Guillermo Marcó

Aprender a respetar a quien piensa diferente. Cuando en nombre de “la verdad” o de “nuestra verdad” despreciamos al otro sobreviene el fundamentalismo. Los cristianos, además, debemos ser caritativos.
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A cualquier persona que piensa de una determinada manera le cuesta correrse un poco de sus ideas. De hecho, solemos leer y escuchar a periodistas que piensan parecido a nosotros para poder seguir alimentando nuestra visión del mundo. Es normal también que en ciertos temas tengamos menos grises que en otros. Ya lo decía San Agustín en el siglo V: “En lo esencial la unidad, en lo opinable la diversidad y en todo la caridad”.

Cuando las personas en nombre de “la verdad” o de “su verdad” comienzan a despreciar al otro sobreviene el fundamentalismo. Este puede tener características diversas; no ser necesariamente religioso, sino político e incluso futbolístico. Como actitud mental suele provocar cerrazón, creer que uno recibió una misión para llevar adelante su cruzada y estar convencido de que el otro no tiene nada que aportar. Parafraseando a San Agustín. cuando caemos en esta actitud solemos confundir lo esencial con lo accidental, la opinión del otro es descalificada y se pierde la caridad.

La famosa grieta argentina obedece a estas premisas: “O estás conmigo o estas contra mí”. La experiencia de estos 17 años en el Instituto de Diálogo Interreligioso (IDI) me llevaron por otros horizontes. A partir de estar seguros de qué cosas son esenciales para uno, podemos identificar un conjunto de otras opinables y abrirnos a que otro nos enseñe. De esa comprensión y enriquecimiento mutuo puede nacer la caridad.

Vivir en un país es también aprender a convivir con las diferencias para lo cual es clave el respeto. Se puede disentir sin agraviar o insultar. Cuando uno tiene convicciones sobre aquellas cosas que considera esenciales y no quiere ser violento para imponerlas tiene que estar dispuesto a sufrir persecución sin volverse igual al que persigue. En el caso de los cristianos tenemos un fuerte testimonio de Jesús que nos dice en las bienaventuranzas:

3 Bienaventurados (felices) los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos.

4 Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados.

5 Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra.

6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados.

7 Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia.

8 Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios.

9 Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios.

10 Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. 11 Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de Mí. Regocíjense y alégrense, porque la recompensa de ustedes en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que ustedes.
Sobre todo detengámonos en esta última, donde se nos invita a encontrar sentido a la persecución.

Si hay algo que el Evangelio tiene de diferencial con otras tradiciones religiosas es el perdón y el amor al enemigo: “¿Si amas a los que te aman qué recompensa mereces?” (Mt 5,46). Por tanto, creo valioso mantener las convicciones, pero a la vez estar dispuesto a no descalificar al que piensa distinto, a quien Jesús nos invita a amar y no solo a tolerar. Es una invitación a todos, personas con o sin fe, ya que se puede ser intolerante siendo ateo y hacer de ese ateísmo una militancia fundamentalista.







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