China y el Vaticano, nuevos puentes hacia la comunión

Por: Felipe Medina

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La iglesia católica inició su labor evangelizadora en las lejanas tierras del extremo oriente, en China, entre los siglos XIII y XVI con las misiones franciscanas, aunque hay vestigios del paso de cristianismo en el año 625, por la presencia de los nestorianos.

En el año 1582 desembarcaron los jesuitas en China, para expandirse, recibiendo del Papa el “derecho religioso” sobre los nuevos territorios del Este. Tuvo su tiempo de esplendor con la presencia jesuítica por el aporte de las ciencias, donde los misioneros, destacados por su agudeza intelectual se sumergieron en el conocimiento de las ciencias naturales, astronómicas y medicinales del nuevo mundo oriental.

El catolicismo chino del siglo XX sufrió su momento más cruel a partir de la asunción de Mao Tse Tung, fundador del Partido Comunista Chino,  en 1954 creando la República Popular China y nacionalizando a la poderosa iglesia local.

Luego de una larga historia de persecuciones, martirios,  encarcelamientos, expulsiones de los misioneros católicos y cristianos, de las divisiones y malos entendidos, la Santa Sede y la República Popular China han suscrito un histórico acuerdo sobre las modalidades para seleccionar y nombrar a los obispos católicos chinos. Después de años de anuncios llega el tan esperado acuerdo, que tendrá repercusiones en la condición de millones de cristianos chinos y suscitará el interés y diferentes reacciones en todo el mundo. Fue anunciado contemporáneamente en Roma y Pekín el 22 de septiembre de 2018.

El Acuerdo prevé evaluaciones periódicas sobre su ejecución y trata sobre el nombramiento de los obispos, cuestión de gran relieve para la vida de la Iglesia, y crea las condiciones para una colaboración más amplia a nivel bilateral. El acuerdo concluye con el deseo conjunto de que favorezca un fecundo diálogo institucional, y contribuya positivamente a la vida de la Iglesia católica en China, al bien del Pueblo chino y a la paz en el mundo».

El acuerdo provisional se limita a definir los términos de la legitimación canónica de los 7 obispos que fueron ordenados sin la aprobación del Papa, y los procedimientos que habrá que seguir para las futuras ordenaciones episcopales.  La negociación entre China y la Santa Sede ha tomado un camino gradual, en el que se van resolviendo los problemas uno por uno sin pretender solucionar todas las cuestiones de un solo golpe. Las partes acordaron juntas cuál sería el método de trabajo para garantizar el diálogo: mientras se va avanzando, al afrontar las diferentes cuestiones, cada uno de los puntos será discutido a ultranza, hasta encontrar una solución compartida. Y ninguna de las partes podrá tomar iniciativas unilaterales, por lo que no se deberían verificar nuevas fracturas.

El acuerdo entre China y la Santa Sede sobre el nombramiento de los obispos no es como un golpe de varita mágica que resolverá todos los problemas. Pero es cierto que se trata de un momento importante en un largo camino, lleno de esfuerzos, dolores, conflictos y miserias varias. Por primera vez un acuerdo que involucra a la República Popular China reconoce “di facto” el papel del Sucesor de Pedro como guía espiritual y jerárquica de la Iglesia, en un punto que toca el corazón mismo de la unidad católica, como es el nombramiento de los obispos.

A partir de ahora, pues, todos los obispos chinos serán ordenados en plena y pública comunión jerárquica con el Papa. Podrán comenzar a cerrarse las heridas que ha sufrido en la unidad el cuerpo eclesial desde hace 70 años, con las ordenaciones episcopales forzadas y sin consenso pontificio, y administradas en China a partir de 1958.

Podrán ser archivados, definitivamente,  los estereotipos engañosos sobre las “dos Iglesias”, la “fiel” al Papa y la otra “fiel” al gobierno comunista, que todavía dominan en las representaciones mediáticas conformistas del catolicismo en china. La Iglesia es ella misma y cumple su misión, cuando es una, aunque esté bajo vigilancia o sea perseguida.

El acuerdo entre el gobierno chino y la Santa Sede sobre los nombramientos de los obispos también es una victoria (dulce, sin rabias ni soberbias) del “sensus fidei” de muchos católicos chinos.  De esta manera la Iglesia en China ha confesado, incluso ante el poder y los poderosos, que el reino anunciado en el Evangelio no es de este mundo, precisamente al elegir y vivir su historia sin escapar de la propia cruz, siguiendo el ejemplo de Cristo.

Culmino esta noticia con una frase del Papa Francisco sobre esta cuestión trascendente: “Fui yo el responsable de firmar el acuerdo. Pienso en la resistencia, en los católicos que han sufrido: es cierto, ellos sufrirán. Siempre en un acuerdo hay sufrimiento. Pero ellos tienen una gran fe y me escriben, hacen llegar mensajes para decir que lo que la Santa Sede, lo que Pedro dice, es lo que dice Jesús. La fe martirial de esta gente hoy sale adelante. Son unos grandes. El acuerdo lo firmé yo, las cartas plenipotenciarias las firmé yo. Yo soy el responsable, los demás trabajaron por más de diez años. No es una improvisación, es un verdadero camino”.

Ellos, potencia mundial, reconocen el valor espiritual  para la construcción de un mundo mejor, de la labor infatigable de la iglesia por el bien común. Nosotros, no pocos argentinos, seguimos empeñados en una batalla quijotesca, en destruir los cimientos de la fe.
Los jesuitas comenzaron la predicación en Oriente con muchos mártires y hoy un jesuita regresa a China a sellar la unidad de la fe de ese pueblo gigante.

* Lic. en Ciencias Religiosas.

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