Los ataques al Papa para frenar las reformas en la Iglesia

Por: Felipe Medina

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Mientras dejábamos atrás el siglo XX, en pleno jubileo, el Obispo Pedro Lira con sus noventa años a cuestas, caminando en esperanza, como solía decir, lanzó desde  la Catedral salteña una homilía magistral hablando de los nuevos terremotos que azotan la ciudad y la provincia de Salta, más  devastadores que el terremoto de 1692, con epicentro en la desaparecida ciudad de Esteco, que dejó al Valle de Lerma en completa ruina. Los terremotos sociales, culturales, económicos y políticos.

Hoy toda la iglesia, no sólo local, sino a nivel país y a nivel universal,  sucumbe a un terremoto moderno, donde se ve dañada su credibilidad. Los modernos medios de comunicación social y la masificación de las redes sociales no ha dejado lugar a los secretos institucionales ni al viejo refrán “los trapos sucios se lavan en casa”. Casi todo se sabe y lo que no sabe se inventa, por ingenuidad o por maldad y se hace viral la información de un extremo a otro del planeta. Así, en estos días, el triturador de papas, como se conoce a monseñor Viganó, un ex diplomático de la Santa Sede y ex miembro de la curia romana, arremetió contra el Papa Francisco, tal como lo hizo con sus predecesores, acusándolo de encubridor de los abusos en la iglesia y exigiendo su renuncia. Todo un disparate, ¿por qué se atrevería a tanto, siendo la iglesia una institución vertical? Viganó se erigió como modelo ejemplar de pastor impoluto con el apoyo de los sectores más conservadores de la iglesia católica. 
  
Esta puja de algunos sectores de la iglesia por frenar las reformas del Concilio Vaticano II no es nueva. Algunos representantes de estos sectores fueron arrinconando al Papa Juan Pablo II, fueron críticos duros contra el Papa Pablo VI y pensaron ingenuamente que con Benedicto XVI recuperaban el poder perdido. Sin embargo, el Papa Ratzinger dio un portazo en San Pedro con su renuncia, abriendo las puertas y ventanas de la iglesia a una nueva primavera. La llegada de Bergoglio, un jesuita inmanejable, imprevisible y nunca improvisado puso de pie a la iglesia de los pobres, que con luces y sombras comenzó a marchar predicando el Evangelio en una Europa vieja y cansada, asediada por el ateismo impío e irreverente y el avance del mundo pobre del norte de África y de la Europa del Este, pobreza que la misma opulenta Europa había creado.

Monseñor Bergoglio, hoy Papa Francisco, decretó una iglesia pobre para los pobres, comenzó un camino de despojo de los atributos heredados del poder imperial y tomó el Evangelio de Cristo, en sus manos, en sus labios, en su corazón y en su vida, trasparentado en gestos y palabras. Eso molesta al espíritu mundano de no pocos eclesiásticos acostumbrados a la buena vida y la poca vergüenza. Resucitó para la iglesia la clara definición de Lumen Gentium, el espíritu y la fortaleza de la Constitución pastoral Gaudium et Spes, sobre la misión de la iglesia en el mundo, donde se puede apreciar un concepto de libertad y solidaridad de la institución para los descartados de este mundo, también herido por la mentira, la miseria y la corrupción.

Celebramos la fiesta del Milagro en Salta en medio de una gran confusión y dolor. Terremoto financiero, terremoto político, terremoto social que pone a la gente más pobre al borde del abismo.  El diablo en su raíz etimológica representa al que divide, al que atraviesa la unidad, al que destruye la paz. Viganó con sus mentiras, con sus calumnias, con la soberbia expresada en sus escritos representa al mal que destruye.

Francisco, desde su humanidad concreta, no se cansa de repetir que es un pecador que se siente perdonado, rehabilitado y enviado por Jesús de Nazaret.

Comparto el sueño de un hombre  que sufrió torturas y hasta la prisión por el Evangelio, el cardenal Van Thuan:
“Sueño con una Iglesia que tenga en el corazón el fuego del Espíritu Santo, y donde está el espíritu hay libertad, diálogo sincero con el mundo, y especialmente con los jóvenes, con los pobres y con los marginados.
Sueño también, con un mundo sin corrupción, sin deuda externa, sin drogas, sin carreras de armamentos, sin racismos, sin guerras ni violencias, ¡como sólo Dios podrá edificar con nuestro sí!

Sueño con una humanidad en la que la doctrina social de la Iglesia realice plenamente su función de instrumento al servicio de crecimiento de la vida y de la calidad de vida de todos los hombres y de todas la mujeres, para gloria de Dios.”

* Lic. en Ciencias Religiosas

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