Miércoles 25.04.2018

La igualdad en las religiones

Por: P. Ignacio Pérez del Viso

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Hace pocos días, el cardenal Tauran, presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, estuvo en la capital de Arabia Saudita. Allí pronunció un discurso que no tiene precedentes en la historia de las relaciones entre el Cristianismo y el Islam, no tanto por el contenido cuanto por el lugar donde habló. Se expresó con nitidez sobre cuestiones como la igualdad de derechos entre los creyentes de toda fe. Lo que nos amenaza a todos, añadió, no es el choque de civilizaciones sino el choque de ignorancias y radicalismos.

Habló de “los mártires de todas las religiones y de todas las épocas”, ya que el martirio nace de la fidelidad a la propia fe. Como vemos, no se limitó a las relaciones con el Islam sino que se abrió a un horizonte universal. “No decimos que todas las religiones sean iguales, sino que todos los creyentes, los que buscan a Dios y todas las personas de buena voluntad pero que no tienen una afiliación religiosa, tienen igual dignidad. A cada uno se le debe permitir abrazar libremente la religión que quiere".

No decimos que todas las religiones sean iguales sino que en todas hay un sustrato común. Podemos explicitar esa igual dignidad, declarada ya por el Concilio Vaticano II. En todas las personas se da una apertura a lo trascendente. Nos sentimos impulsados a ir siempre más allá. Y las religiones son un camino para peregrinar hacia arriba. Todas las tradiciones religiosas, como todas las culturas, constituyen un enriquecimiento de la familia humana. La providencia de Dios dispone que cada ser humano, cada sociedad, puedan llevar una vida de esperanza y de solidaridad. Y para los no creyentes, las religiones desean presentarse como una mano tendida, aunque no siempre lo logremos.

Nuestra fe cristiana en la Santísima Trinidad se manifiesta ocultamente en todos las creencias. Sostenemos que el Padre, primera Persona, es la fuente del Hijo y del Espíritu Santo. Ahora bien, el Hijo, Jesucristo, se proclamó a sí mismo como la Verdad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Y el Espíritu Santo, como explica san Pablo, es el Espíritu de amor. De este modo profesamos que Dios Padre es la fuente de la verdad y del amor. Y todo creyente, todo ser humano, busca la verdad y desea el amor.

A veces presentamos los ideales de paz, justicia y libertad como si fueran valores puramente humanos, pero al profundizar en ellos sentimos el llamado de lo trascendente. El filósofo Kant escribió, en 1795, una obra titulada “Sobre la paz perpetua”. Pero su objetivo era encontrar una estructura mundial que favoreciera la paz. La ONU sería una concreción de ese proyecto. No pensaba que los hombres serían más buenos sino que era posible evitar las guerras. Podemos contener la violencia externa, pero no la interna. Esta última no depende de nosotros. Deseamos la paz interior, el ser pacíficos de corazón, pero sentimos que ese valor nos puede llegar sólo desde arriba, desde el latido de la religión.

* Jesuita. Profesor de Teología.

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