Miércoles 13.12.2017

Una nueva etapa para la Iglesia en la Argentina

Por: Revista Criterio

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Hacia fines de este año 2017 la Conferencia Episcopal Argentina ha elegido nuevas autoridades. Los obispos que la encabezan no son en cuanto tales más que sus pares y no tienen autoridad sobre ellos. La Conferencia es una instancia de diálogo y coordinación de las tareas pastorales. Sin embargo, quienes la presiden son vistos por la sociedad como la cabeza de la Iglesia católica en la Argentina. Y la elección de uno u otro obispo en cargos clave es signo de tendencias o líneas de pensamiento en el conjunto.
A la conducción saliente, que encabezó con tino y mesura José María Arancedo, le tocó pilotear el barco en la última etapa del gobierno kirchnerista, cuando la brecha entre los argentinos se ahondaba. También tuvo que lidiar con un hecho inédito y seguramente irrepetible, la elección de un Papa argentino, que desde Roma siguió teniendo una incidencia en la vida interna de la Iglesia como nunca antes habíamos experimentado,
aunque al mismo tiempo se negó inexplicablemente a visitar su patria.
Esa influencia se manifestó sobre todo en las designaciones de muchos obispos (ya son treinta, todos en actividad), jóvenes y poco conocidos (incluso hay sacerdotes que fueron designados directamente como
arzobispos) y que hoy constituyen un número relevante dentro de una Conferencia más grande que nunca en la historia.
Y también se advierte en la remoción de otros. La incidencia de los nombramientos de Francisco se verá en el tiempo.
Dicho sea de paso, los mismos desafíos debió afrontar, y lo hizo con acierto, el nuncio apostólico Emil Paul Tscherrig, que también y coincidentemente termina su misión en la Argentina acompañado por respeto y aprecio unánimes, y ha sido llamado a una tarea compleja cerca del Papa. También él debió ver cómo una multitud de “nuncios” extraoficiales llevaban y traían, real o pretendidamente, mensajes de Francisco e interpretaciones de sus palabras y gestos. Palabras, interpretaciones e intermediaciones que desconcertaron y desconciertan a muchos católicos. La resistencia del Papa a visitar la Argentina ha sido considerada como un desplante al gobierno de Macri, pero también a una conducción del episcopado que hizo lo indecible por demostrarle cercanía y que reiteradamente lo invitó. Esa interpretación acaso se refuerce si efectivamente viene en 2018, año en que no hay excusa electoral para seguir dilatando el reencuentro. Organizar esa visita es el primer gran desafío para la renovada Conferencia Episcopal.
El candidato natural para conducir el Episcopado era el cardenal Mario Poli, por su jerarquía, su posición previa como vicepresidente, porque vive en Buenos Aires y también porque es el único diocesano que tiene seis obispos auxiliares. Sin embargo, declinó esa posibilidad y continúa en el cargo anterior.
El nuevo presidente por primera vez no es un arzobispo: Oscar Ojea, obispo de San Isidro. Se trata de un pastor apreciado por sus pares, con una fuerte impronta social, mesurado pero firme en sus decisiones. La comisión ejecutiva la completa el secretario, Carlos Malfa que, como era previsible, continúa en el cargo; y el obispo de La Rioja, Marcelo Colombo (porteño, abogado, proveniente del clero de Quilmes, lo que dice mucho). Es el más joven del equipo y el que representa la renovación.
En las comisiones episcopales hay muchascaras nuevas, más entre los miembros que en las presidencias. Genera expectativa Jorge Rubén Lugones (jesuita, de Lomas de Zamora) a cargo de la Pastoral Social, la más política de las comisiones, que reemplaza a Jorge Lozano, que no podía ser reelecto pero continúa como miembro. El rector de la UCA, Víctor Fernández, preside la estratégica comisión de Fe y Cultura, y el arzobispo de Rosario, Eduardo Martín, continúa en la también importante comisión de Educación.
Más allá de los nombres y las circunstancias políticas internas y externas, la ocasión es propicia para preguntarse qué desafíos tiene por delante la Iglesia en la Argentina en el porvenir inmediato. Ciertamente son demasiados, pero nos animamos a esbozar algunos. El nuevo presidente de la CEA expresó su intención de trabajar para superar las divisiones entre los argentinos. Es un desafío enorme que la Iglesia debe encarar no solamente como servicio a la sociedad, sino como necesidad propia. Es que también en la Iglesia existen las mismas divisiones que hay fuera de ella. Allí conviven desde los “curas en la opción por los pobres” –a los que Criterio se refirió en un editorial del número anterior–, hasta las familias de los militares ancianos (y católicos) mantenidos en prisión con denuncias de encarnizamiento. No es algo nuevo, pero si no se sanan heridas y se acercan posiciones corremos el riesgo de volver a experimentar enfrentamientos más serios, que en el pasado fueron muy dolorosos, y que monseñor Ojea conoce bien.
Los obispos deberán pensar con cuidado el modo de ejercer ese ministerio de reconciliación y diálogo. Hay entre ellos una tradicional fascinación por formas corporativistas, poco sensibles a la diná- mica republicana que invita a dirimir los conflictos en el Congreso y no mediante acuerdos entre sindicatos, empresarios y clérigos, por ejemplo. Ese modelo (que en cierta medida legitima que la Iglesia se siente a la mesa, y ciertamente fue útil en momentos de grave crisis de las instituciones políticas, que no es lo que sucede actualmente) está además, ahora, enrarecido por la irrupción de un nuevo actor: los “movimientos sociales”, que descreen de las mediaciones políticas y privilegian la acción directa, con el agregado de invocar una suerte de bendición o vinculación directa con Bergoglio.
Las divisiones que hay que superar no son solamente políticas e ideológicas, sino también culturales, mucho más profundas. La Iglesia católica, tal vez en todo el mundo pero sin duda en la Argentina, no ha acertado a posicionarse frente a un proceso de secularización arrollador, que se manifiesta en múltiples ámbitos. El magisterio episcopal sigue a menudo evocando una idílica “identidad católica” del “santo pueblo fiel de Dios”, según una expresión cara al papa Francisco pero de incierto significado, donde “pueblo” puede referirse tanto a los católicos como al conjunto de los argentinos. Sin embargo, esa supuesta identidad católica está cada vez más ausente en las instituciones, en las leyes, en las manifestaciones culturales (salvo las expresiones de piedad popular, sobre todo en algunos estratos sociales).
No aparece en el arte, en el pensamiento, en los medios, y tampoco en el modo en que la mayoría de los jóvenes encara su vida familiar o forma a sus hijos. La educación católica está en crisis, y muchas familias la eligen no por los valores que transmite (a veces demasiado difusos) sino por una mera cuestión de supuesta calidad académica y de cumplimiento del calendario lectivo.
Esta crisis cultural afecta muy seriamente a la Iglesia, que muestra dificultades para comprenderla. Algo que ha hecho bien la Iglesia en la Argentina (no solamente los obispos) es el trabajo ecuménico e interreligioso. Es, por supuesto, una dimensión a seguir cultivando. Pero hay también una labor que no consiste en el diálogo teológico (siempre necesario) o en la oración, sino en una verdadera política religiosa. Frente a cierto secularismo creciente y a múltiples problemas que presenta la sociedad, las voces religiosas son más potentes si se expresan en conjunto por la construcción del bien común, que necesita de la ética y los valores para ser sustentable. Frente al Estado, hay una asignatura que la conducción saliente de la CEA ha dejado pendiente y que urge encarar: una revisión del anacrónico sistema de “sostenimiento del culto”, que más allá de su fundamento histórico, ya no es defendible en una sociedad plural. Por supuesto que el Estado está llamado a cooperar con las confesiones religiosas (y recíprocamente), pero ya no se sostiene un privilegio irritante que reconoce aportes directos únicamente para la Iglesia católica. Por supuesto que la reforma económica que la Iglesia necesita va mucho más allá del muy modesto, casi simbólico, aporte estatal. Lo realmente urgente es trabajar para un autosostenimiento fundado en las ayudas generosas de los fieles, que sin embargo tienen como requisito indispensable mayor transparencia y una administración profesional y responsable. Claro que si ha de revisarse la relación con el Estado, también sería oportuno actualizar un concordato que ya ha superado los 50 años. Países como Italia o Brasil han firmado acuerdos modernos y mucho más amplios con la Santa Sede. Esta es una tarea que espera también al próximo nuncio apostólico. Existe una cuestión muy dolorosa que recién en los últimos tiempos, más por necesidad que por virtud, ha encarado el episcopado: los abusos sexuales de menores por parte de clérigos, de los que nos hemos ocupado en la anterior entrega dela revista. La Argentina llega tarde en este tema. Hay una tarea de prevención que recién ahora comienza, pero la problemática es muy amplia. También aquí es necesario el aporte de laicos expertos, en terrenos diversos como la medicina, la psicología, el derecho, la educación y la comunicación. Sin olvidar que las consecuencias económicas de este horror pueden ser muy gravosas para la Iglesia.
En fin: los desafíos son muchos. Por ejemplo, cómo formar a un clero cada vez más escaso, con aspirantes que llegan a los seminarios provenientes de esa sociedad secularizada, de familias heridas y con una formación de base muy pobre. Cómo suplir la escasez de clero desarrollando otros ministerios en la Iglesia con creatividad y audacia. Cómo comunicar el mensaje perenne del Evangelio con un lenguaje nuevo y con medios de comunicación que se desarrollan de manera vertiginosa. Cómo adaptar las estructuras eclesiásticas pensadas para una sociedad rural, a la impersonalidad de las megalópolis. Cómo acompañar y cuidar a los más pobres y vulnerables, los predilectos de Jesús, sin caer en un pauperismo ni olvidar al resto de los fieles. Y así podríamos seguir. Responsables de la Iglesia y de su tarea somos todos, no solamente los obispos. Pero a ellos les compete una responsabilidad principal y singular, y por eso interesa el rumbo que elijan como cuerpo.

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