El consejo de la Iglesia para evitar la crisis que el Gobierno desoyó

Por: Sergio Rubin

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La Iglesia avisó durante la última campaña presidencial: el Gobierno que gane las elecciones no podrá afrontar sólo los tremendos desafíos que tiene el país, además de que no tendrá mayoría en el Congreso, y necesitará consensuar con la oposición políticas de Estado, fue en síntesis su mensaje. Y el triunfante Cambiemos pareció inicialmente recoger la propuesta. Pero a las pocas semanas de asumir desechó la idea. Cabe preguntarse, entonces, si no fue un grave error ante las severas complicaciones que está sufriendo la economía y que obligó a la Casa Rosada a recurrir al Fondo Monetario Internacional.

¿Por qué el Gobierno no aceptó la idea, incluso en lo que para algunos fue una segunda oportunidad: tras ganar con amplitud las elecciones legislativas de octubre? Es que -como suelen creer quienes ganan una elección- consideraba que ello podría ser visto como un signo de debilidad. Y porque creía que podía sólo. En todo caso, apeló a acuerdos puntuales, algo que en el primer año le funcionó, ya que logró sacar leyes relevantes con el apoyo de la llamada “oposición responsable”. Pero que abandonó en el segundo año, al apostar a la polarización para sacar rédito en los comicios de medio término.

Con el paso del tiempo –y ante la insistencia de exponentes de los sectores más diversos de la vida nacional- el oficialismo fue blandiendo otro argumento: la fragmentación del peronismo. “¿Con qué peronismo vamos a acordar?”, desafiaban. Lo que no decían era que consideraban que buscar un acuerdo con el peronismo podría implicar una cierta cohesión del principal partido opositor, que incluso podía derivar en la resolución de sus pujas en elecciones internas, y sabido es que al Gobierno le conviene su atomización. Dividido es más fácil de vencer en la próxima presidencial.

Hay que ser justos: no todo el oficialismo le cerraba las puertas a un acuerdo. Pero la resistencia venía de su sector más poderoso que encabeza el jefe de Gabinete, Marcos Peña, muy influenciado por el asesor estrella Jaime Durán Barba, quien –dicho sea de paso- era además un entusiasta de no explicar tras las elecciones presidenciales la gravedad de la herencia para no “bajonear” a la sociedad y espantar a los inversores. Con todo, el Gobierno –consciente de sus limitaciones políticas y sociales- apostó al gradualismo en el ordenamiento económico y a aumentar la ayuda social.

De todas formas, los elevados déficits fiscal y comercial terminaron evidenciando la gran vulnerabilidad del país ante los vaivenes externos como la suba de la tasa en EE.UU. y los movimientos financieros especulativos, sumado a los propios errores de gestión. Todo eso en un contexto de una creciente puja distributiva, fogoneada por la pertinaz inflación, donde todos reclaman, muchas veces con razón. De un oficialismo con divisiones entre sus socios. Y de un peronismo que, irresponsablemente, ve la posibilidad de sacar ventaja y presiona en el Congreso.

¿Cómo sigue la película? Todo indica que el FMI pedirá más ajuste en un contexto social muy delicado. Seguramente, los obispos saldrán a pedir equidad en el reparto de las cargas. Pero, por lo pronto, es muy probable que la economía se enfríe y ello traiga más penurias a los más postergados, sin olvidar que la suba del dólar impactará en la inflación. Y que, en fin, se incremente la tensión social. Ya lo dijo el ministro de Economía, Nicolás Dujovne, palabras más, palabras menos: es peor una crisis que no ajustar la economía.

¿Se está a tiempo para un acuerdo político acompañado por un pacto social? Parecería que no porque ahora sí se vería como una debilidad del Gobierno, dirán algunos analistas. Aunque el acuerdo con el FMI no le vendría mal un marco político. Sea como fuere, la Iglesia seguirá con su prédica. Lo acaba de decir el obispo auxiliar de Córdoba, Pedro Torres, de un modo llano: “Hace falta que todos tiremos para el mismo lado y no embarremos la cancha con proyectos como el aborto”.

Lo que está claro es que, si el aborto fue una maniobra distractiva del oficialismo, como creen muchos obispos, duró poco. La realidad terminó por imponerse. Ahora, es tiempo de que todos evidencien grandeza.

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