Miércoles 19.12.2018

ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

El infierno de no encontrarnos con Dios

Por: P. Guillermo Marcó

Polémica. La versión de un periodista italiano que le atribuyó al Papa haber dicho que el castigo eterno no existe disparó una controversia. Afirmaciones anteriores de Francisco aclaran las cosas.
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Festejar la Pascua es una invitación para pensar en nuestro destino más allá de la muerte. El corazón de este misterio es que los cristianos no tenemos una tumba en donde descanse nuestro fundador o, más bien, tenemos una tumba vacía. Jesús resucitado no es sólo un espíritu: tiene el mismo cuerpo, le pide a los discípulos que le den de comer y Tomás –el incrédulo-toca sus llagas. Jesús resucitado inaugura el cielo.

La tradición judía no es unánime con respecto a la resurrección de los muertos. Los fariseos creían en ella; los saduceos la negaban. Según cómo se mire, la vida era una pasantía para el más allá para unos y la única posibilidad de existencia para los otros. Jesús afirma: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así se los habría dicho a ustedes. Yo me voy a prepararles un lugar.” (Jn 14,1-2). A ese lugar lo llamamos “cielo”.

Hay otros que no quieren estar allí, ¿A donde van a parar? Un periodista Italiano, Eugenio Scalfari, dueño del diario La Republica, le preguntó al Papa dónde van las “malas almas” y dónde se le castigan. “No son castigados”, dice que le respondió el Papa. “Aquellos que se arrepienten obtienen el perdón de Dios y toman su lugar entre las filas de quienes lo contemplan, pero aquellos que no se arrepienten y no pueden ser perdonados desaparecen. Un Infierno no existe; la desaparición de las almas pecadoras existe”. Esta afirmación originó una polémica y el Vaticano salió a decir que las frases de Francisco estaban sacadas de contexto.

Para la tradición católica los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven “tal cual es” (1 Jn 3, 2), cara a cara. La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas: “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

En 2015, durante una visita a una parroquia de Roma, Francisco le había dicho a un grupo de niños que el infierno no es un lugar físico, sino el estado de una persona que se niega a entregarse a Dios. “Al infierno no te envían, vas tú, porque eliges estar allí”, le respondió Francisco a una niña. “El Infierno es alejarse de Dios porque yo no quiero el amor de Dios. Este es el infierno. El diablo está en el infierno porque él no ha querido nunca una relación con Dios”, señaló.

Cuando Jesús habla de la Gehena se refiere al valle de Hinom, al sur de Jerusalén, donde la suciedad y los animales muertos eran arrojados y quemados, “donde el gusano corroe y el fuego no se apaga”. El fuego no se apaga en un basurero porque siembre arde con desechos nuevos, pero las cosas no arden eternamente, lo cual sugiere más bien su destrucción. Los ateos no esperan otra vida, creen solamente en esta. En una conversación entre el filósofo Jaques Maritain y el Presidente Giscard D ́Estaing, este le pregunta: ¿Si tu Dios es bueno cómo condena gente al infierno? A lo que Maritain responde: “Dios no puede obligarte a quererle, y si no lo quieres, a algún lugar tienes que ir donde Dios no esté: eso es el infierno”.