Miércoles 19.12.2018

A 50 AÑOS DE LA REUNIÓN DE OBISPOS EN MEDELLÍN

La conferencia que cambió a la Iglesia en América Latina

Por: P. Ignacio Pérez del Viso

En el marco de la gran agitación política de la época, la reunión concluyó con un histórico documento signado por un inédito compromiso social mientras surgía la Teología de la Liberación.
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La Iglesia católica realizó una importante asamblea de obispos en la ciudad de Medellín, Colombia, en 1968 -más precisamente entre el 26 de agosto y el 8 de setiembre-, hace ya medio siglo. Tres años antes había terminado el concilio Vaticano II y se buscaba aplicar lo esencial de este concilio a la realidad de América Latina. Dos temas indicaban la dirección del mensaje, el social y el religioso. Algunos pueden limitarse a estudiar las cuestiones sociales, dejando de lado las religiosas. Pero los que partimos de nuestra fe, católica o de otra confesión, incorporamos lo social a la visión religiosa. Ser creyente es ocuparse de los problemas de nuestros hermanos, porque todos somos hijos de Dios. Y los no creyentes, que se preocupan por los conflictos en la sociedad, agradan a Dios aunque lo ignoren.

En la Europa de hace medio siglo era importante el tema de la libertad, ante la amenaza del régimen soviético. Aquí, en cambio, recién comenzaba el movimiento guerrillero. El Che Guevara había sido muerto, en Bolivia, en 1967 y el ex presidente Aramburu en 1970. Iban surgiendo los gobiernos militares, cada vez más crueles, como el de la Argentina en 1976. Por eso, la preocupación de la Iglesia, hace medio siglo, no se centraba tanto en el tema de la paz y la libertad cuanto en el de la justicia social. Pero todos estos temas están encadenados.

En aquella época surgió en América Latina la “Teología de la Liberación”, una corriente de teólogos, más “luchadores” que pensadores. Buscaban liberar a los pueblos oprimidos. Lo tradicional era ayudar a los pobres para que salgan de la pobreza. Aquí el 30 % de los argentinos padece hoy este flagelo. Y los más necesitados están en la indigencia, es decir que no pueden comer lo necesario. Un gobierno que consiguiera bajar el índice de la pobreza al 25 % sería felicitado. Ahora bien, la Teología de la Liberación no se quedaba con los resultados sino que buscaba las causas. Y no las causas superficiales, como la sequía en el campo o la falta de inversiones que produce desocupación. Todos buscamos las causas profundas, pero esta corriente lo hacía de un modo particular. El nombre de “Liberación” no se refería a liberarnos de la pobreza sino de los que nos oprimen, en lo económico, en lo social, en lo cultural. Los opresores eran los países capitalistas, que controlan la mayor parte del capital mundial, en primer lugar los Estados Unidos.

De la solidaridad con los pobres se pasaba así a la lucha por la liberación de los pobres. Unos pocos cayeron en la tentación de la lucha armada, condenada al fracaso, salvo algún caso como el de Cuba. Las posiciones más radicales llevaron a que interviniera el papa Juan Pablo II. Éste no “condenó” a la Teología de la Liberación, como se dijo entonces, sino que indicó el modo de llevar a cabo esa liberación. El valor del documento de Medellín está en marcar el camino, no desde afuera, desde Roma, sino desde nuestro continente. Dio criterios para abordar los problemas, como el tener presente al conjunto de la población y no sólo a los que salen de la pobreza. Mostraba también un modo de ser Iglesia donde participaban todos, los obispos y los teólogos, los curas y los laicos. No se veía a la Iglesia como una pirámide, desde arriba, desde las autoridades, sino desde abajo, desde la gente sencilla y la más pobre.

El problema ecuménico, o relación con las otras Iglesias cristianas, como los ortodoxos y los protestantes, y el de la relación con las otras religiones, por ejemplo con los judíos y los musulmanes, hace medio siglo, parecía interesar más a los europeos y a los de América del Norte que a los de América Latina. Pero poco a poco esos temas se instalaron en el Sur. En Brasil son millones los fieles evangélicos. Se decía con ironía que la Iglesia en Brasil había optado por los pobres pero los pobres habían optado por los evangélicos.

En esa época se comenzó a utilizar más el método de Ver, Juzgar, Obrar. Lo tradicional era comenzar por señalar lo que la Iglesia enseña sobre un tema para ver luego si la realidad responde a ese ideal. Por ejemplo lo que la Iglesia enseña sobre la familia para ver después si la sociedad se adapta o no a la doctrina. Ya el Concilio nos orientó a invertir el método: no comenzar por arriba sino por abajo. Lo primero, Ver como es la realidad. Aquí necesitamos la ayuda de los profesionales, como los sociólogos. Luego el segundo paso, Juzgar, con la importante ayuda de los teólogos y la orientación de los obispos. Considerar los motivos por los que muchos no se casan o abortan, en el ejemplo de la familia. No se los condena. Se busca comprenderlos. El tercer paso es Obrar: cómo podemos acompañar a los que se encuentran en situaciones difíciles o irregulares. Este paso nos compromete a todos.

En la Argentina se dio una variante de la Teología de la Liberación, llamada Teología del Pueblo. La corriente general partía de la situación social y económica del país. La del Pueblo se funda en la categoría de cultura, para comprender la mentalidad de la gente, sin lo cual las reformas sociales no terminan de llevarse a cabo. En Bolivia, el presidente Evo Morales, de la etnia aymará, tuvo que dar marcha atrás en la construcción de una carretera, importante para el desarrollo, porque atravesaba unos terrenos considerados sagrados por el pueblo originario, donde poseían sus tradicionales cementerios. Y en la Argentina, al oeste de Río Negro se dan conflictos permanentes entre el orden jurídico de la Nación y la población mapuche, que reclama la propiedad tradicional de esas tierras. Nuestra reforma constitucional de 1994 “reconoce la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos” así como “la propiedad comunitaria de las tierras que tradicionalmente ocupan”. Uno de los problemas planteados es que esas tierras, reclamadas por los indígenas, se superponen con las de otras personas que las adquirieron legítimamente.

Otro movimiento que se desarrolló en este medio siglo fue el carismático. Ya san Pablo mencionaba la existencia de carismáticos en las primeras comunidades. Unos poseían el don de lenguas, otros el de curaciones o el don de enseñar.

Esto no supone hacer milagros. Hoy conocemos a curas sanadores. Y el don de lenguas es poder hacerse entender por otros, por ejemplo por personas discapacitadas. Ahora bien, el movimiento carismático actual pone el acento en la alegría de ser creyentes, en la oración entusiasta donde no importa tanto el contenido de lo que rezamos cuanto el afecto con que lo hacemos. Es importante la oración en comunidad o grupo, porque allí podemos abrazarnos, sonreír, llorar. Se ha acusado a los carismáticos de centrarse en lo religioso con olvido de lo social. Pero no es así. Mucha gente sencilla y pobre participa en este movimiento y su primera preocupación es hacer que se alegren los más pobres y enfermos.

En síntesis, Medellín ha impulsado una renovación de la Iglesia y de las sociedades, que continúa en movimiento gracias a la personalidad del papa Francisco.


* El autor es sacerdote jesuita y profesor de Teología