ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

La fe por encima de los partidismos

Por: P. Guillermo Marcó

Más allá de la grieta. Luego de que algunos sacerdotes se extralimitaran y pidieran no votar a un partido, la peregrinación a Luján mostró a un pueblo heterogéneo políticamente, pero unido por sus creencias.
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Hace algunos días un grupo de sacerdotes señalaba que un católico no puede votar al gobierno de Macri. La mayoría de ellos es favorable al voto a Cristina. Monseñor Aguer, un prelado de larga trayectoria y que actualmente es arzobispo de La Plata, defendió a un candidato en detrimento de su competidor. La Conferencia Episcopal no emitió ningún comunicado y la gente está entre confundida y molesta. Sin embargo, la Iglesia sostiene en toda su doctrina que los católicos tienen libertad para votar a quien quieran. Por lo tanto, promover o condenar una forma de votar convierte a quienes se pronuncian así en intérpretes de la realidad de una manera unilateral. Y, como le gusta decir al Papa Francisco, la realidad se parece más a un poliedro donde las diferentes partes forman el todo. Además, la gente es adulta y libre, no necesita de sacerdote iluminados para discernir su voto. Sin olvidar que los sacerdotes lo somos de todos los bautizados, no de algunos.

Hace poco más de una semana se realizó una nueva edición de la peregrinación juvenil a Lujan. Este fenómeno no deja de sorprenderme año a año. ¿Viste una gran movida publicitaria? ¿Estaban todos los medios cubriéndola? No, nada de eso. El pronóstico anunciaba lluvia a partir de las 3 de la madrugada, la hora que la mayoría de la gente -muy cansada- empieza a llegar a Luján. Y, como estaba anunciado, cayó una lluvia tremenda. El que diga que es un paseo deportivo lo animo a probar. Al llegar duele hasta la respiración.

¿Qué me sorprendió este año? En primer lugar el poder de convocatoria de la Virgen de Lujan. ¡Cómo la quiere la gente! Uno puede pararse en la ruta y ver pasar ese conjunto variopinto de hijos suyos que se cansa, pero canta, comparte y ofrece, siempre alegre. Ingresé a la basílica con algunos de los chicos del micro de apoyo de mi parroquia a las 2 de la madrugada. En la puerta les decía que cuando puedan viajar van a ver muchos templos como Lujan, pero en una Europa descreída la mayoría de la gente va a admirar su belleza, sus tesoros artísticos. Pocos, a rezar. En cambio, ingresar a la basílica de Luján a esa hora fue experimentar un templo vivo, con gente apretujada que -con las últimas energías- procuraba llegar hasta la imagen de la Virgen, algunos de rodillas. Bastaba mirar cualquier rostro para intuir mil palabras: agradecimientos y peticiones. Los rostros se iluminaban viendo esa imagen pequeña, casi perdida en la inmensidad del espacio del templo. Surgen las lágrimas, las fotos que te permiten comunicar a tus seres queridos que llegaste.

Qué lástima que los medios se lo pierdan. Fue un corte de ruta monumental y sobre esa ruta cortada no había unos de un lado y otros del otro. Tampoco, tonos amenazantes, sino abrazos fraternales. Mezclados iban caminando los argentinos, de River y Boca, macristas y cristinistas y los que votarán a otros. Pobres y ricos. Allí no había grieta ni desmanes a nuestro paso. Cortamos una ruta nacional 48 horas y no fuimos noticia. Convivimos en paz haciendo un sacrificio para llegar. Qué buena metáfora de la Argentina que queremos; sólo Dios es capaz de este milagro y, como dice Jesús en el Evangelio de San Lucas 10,21: “Te alabo Padre porque ocultaste estas cosas a los sabios e inteligentes y se las revelaste a los humildes”. Hay otra argentina más allá de la grieta que los medios de comunicación no reflejan.