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Autor: Nicolás Lafferriere
La sanción entre el 14 y el 15 de julio de 2010 de la ley 26.618 de modificación de la institución del matrimonio con la pretensión de incluir a las uniones de personas del mismo sexo ha suscitado un intenso debate que, a mi entender, signa profundamente la cultura argentina. En estas reflexiones, y sin perjuicio de las múltiples objeciones ético-jurídicas que merece la norma y los reparos sobre su legitimidad, quisiera esbozar algunas ideas más de fondo, como intentando desentrañar las corrientes culturales que subyacen al debate que atravesó a toda la sociedad argentina, con profundas consecuencias que recién se descubrirán en el largo plazo.
[Aclaraciones preliminares] Dos aclaraciones preliminares. La primera: al hablar de las tendencias culturales subyacentes, no quisiera sólo intervenir como un mero espectador, sino reconociendo que somos hijos de nuestro tiempo y que tales corrientes están presentes o por lo menos influyen en nuestra propia vida, en nuestro entorno y en toda la sociedad. La segunda: estas reflexiones no quieren ser un tratado sistemático sobre el tema y se pueden tomar como algunos apuntes que nacen de diálogos y encuentros. Por eso, se puede decir que hay mucho de “borrador” en lo que aquí escribo y que espero pueda servir para el diálogo, para el intercambio, para el discernimiento con personas que compartan o no la propuesta. Serán bienvenidas todas las críticas o sugerencias que se quieran aportar.
Para estas reflexiones, me parece inspirador el esquema propuesto por el Papa Benedicto XVI en su segunda encíclica, Spe Salvi, quien dedica unos muy interesantes números a la transformación de la fe-esperanza cristiana en el mundo moderno. En estos textos, como así en otros de su preclaro Magisterio, el Santo Padre sistematiza un lúcido análisis del recorrido histórico de la modernidad y ofrece pautas que iluminan nuestra lectura de la realidad cultural.
Con este marco, me animo a esbozar ideas, líneas de pensamiento, sobre las grandes tendencias culturales subyacentes detrás de esta ley.
1. El relativismo
Es muy difícil describir los procesos culturales que determinan la aprobación de esta ley. Son múltiples, complejos y convergentes. Por un lado, es indudable que la causa más inmediata es el activismo radicalizado e ideologizado, que busca legitimar un estilo de vida deconstruyendo los elementos indisponibles de la cultura. Es un activismo decidido y militante, financiado por poderosos intereses, con fuerte incidencia en los medios de comunicación social y expresión de un nihilismo desprovisto de parámetros morales naturales.
Pero este activismo encuentra terreno fértil en el relativismo que afecta a muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo y que tiene su origen histórico en la modernidad y su exaltación de la razón y la libertad de manera absoluta. Dice Benedicto XVI: “La razón y la libertad parecen garantizar de por sí, en virtud de su bondad intrínseca, una nueva comunidad humana perfecta” (n. 18). En esta visión, el hombre ha exaltado de tal manera la razón y la libertad que se han convertido en su propia medida y por tanto, se han escindido de la Verdad y el Bien. Entonces, se vuelven contra el mismo hombre y pierden toda referencia objetiva. Todo es negociable, todo es relativo, todo es pactable.
[Relativismo ético-jurídico] El relativismo, por cierto, tiene muchas expresiones. Hay un relativismo teológico, filosófico, cultural y ético-jurídico. En este sentido, lo dramático del relativismo ético-jurídico es que la argumentación para la elaboración de normas morales y jurídicas se desplaza de la referencia segura de la ley natural y los derechos fundamentales de la persona, hacia formas que exaltan el subjetivismo, la autonomía personal o bien una lectura sociologizante de la realidad que pretende fundar todo en el “consenso”. Al respecto, es oportuno recordar que el “consenso” no puede crear la verdad ni legitimar como bueno lo que, por orden natural, es malo.
En algunos, la renuncia a buscar una verdad objetiva se expresa en términos de “evolución social”, como si las verdades sobre la vida social y familiar fueran cambiando con el tiempo. Esta impronta se pudo percibir con claridad en varios discursos, que incluso fustigaron a la Iglesia acusándola de retrógrada por sostener valores que ya son pasado. En realidad, es cierto que en muchos aspectos sociales las instituciones básicas de la vida social van cambiando, pero también es cierto que hay núcleos indisponibles, bienes fundamentales, verdades básicas e inmutables, que permanecen inalterables porque se corresponden con la naturaleza humana.
[Ausencia de modelos] Hay en esta corriente de pensamiento una claudicación en la propuesta de modelos. El modelo es el no modelo, como se pudo advertir con claridad a lo largo del debate por la nueva ley de matrimonio. No había una argumentación, en los promotores de la iniciativa, que exaltara lo que esta ley aporta a la convivencia y en qué sentido la ley genera una sociedad más justa y personas más plenas, cómo contribuyen estas uniones que se han legalizado al bien común. Simplemente se ha exaltado un igualitarismo (“matrimonio igualitario”) que todo lo equipara y, al equiparar todo, da lo mismo cualquier conducta y postura.
[Imperio de la voluntad] En esta ausencia de modelos, paradoja relativista a la que condujo el racionalismo, terminan primando una voluntad y libertad absolutas que pretenden lograr a toda costa una equiparación de los estilos de vida sociales y una legitimación de las uniones homosexuales, casi sin otro argumento que el de la igualdad. La ausencia de modelos también es espacio para el subjetivismo, dominado por pura emoción y sentimiento. Los medios de comunicación social potencian este fenómeno subjetivista, por la primacía de la imagen y las sensaciones, por sobre los argumentos racionales.
[Laicismo] En esta corriente cultural relativista, se verifica una forma más radicalizada que está expresada por el laicismo. En realidad, Benedicto XVI sostiene que “en ambos conceptos clave, « razón » y « libertad », el pensamiento está siempre, tácitamente, en contraste también con los vínculos de la fe y de la Iglesia, así como con los vínculos de los ordenamientos estatales de entonces. Ambos conceptos llevan en sí mismos, pues, un potencial revolucionario de enorme fuerza explosiva” (n. 18).
[Revoluciones francesa y marxista] Esta fuerza explosiva se expresa, sobre todo, en dos grandes acontecimientos históricos: “la Revolución francesa como el intento de instaurar el dominio de la razón y de la libertad, ahora también de manera políticamente real” (n. 19) y la revolución marxista, en la que se verifica una confianza nueva: “el progreso hacia lo mejor, hacia el mundo definitivamente bueno, ya no viene simplemente de la ciencia, sino de la política; de una política pensada científicamente, que sabe reconocer la estructura de la historia y de la sociedad, y así indica el camino hacia la revolución, hacia el cambio de todas las cosas” (n. 20).
El laicismo alcanzó su máxima expresión en el descalificante discurso del Senador Pichetto, quien al término de la maratónica sesión, con expresa referencia a la Revolución Francesa, lanzó una catarata de improperios contra la Iglesia, el Cardenal Bergoglio y Mons. Marino, entre otros, impropia de un senador presidente del bloque oficialista. El laicismo también estuvo presente en varios medios de comunicación social que descalificaron de manera automática las propuestas de los cristianos, aún cuando se hubiera tratado de laicos que argumentaban desde lo racional.
Pero este laicismo que emergió en el debate no es en realidad más que una forma radicalizada de la problemática cultural de fondo que es el relativismo propio de la razón y la libertad absolutas, escindidas de Dios.
[Hedonismo] Otra tendencia que favorece la difusión del relativismo y que es convergente con lo antes afirmado, es la constatación de una extendida mentalidad hedonista, que se deja guiar por la primacía del interés y del placer, por la atracción del egoísmo que centra a la persona en sí misma y le impide descubrir que el dinamismo que plenifica al ser humano es el del ser amado y amar. En este sentido, con dolor se exaltan modelos donde prima la búsqueda del propio interés a cualquier precio, donde se denigra la generosidad de la renuncia de sí, de la castidad, del dar la vida por otro, de la madurez del amor humano.
[Las heridas de nuestro tiempo] Detrás de este relativismo, finalmente, constatamos también a personas profundamente heridas, bien por haber sufrido el abandono de sus padres, por sufrir las fracturas de la familia, por haber sufrido violencia. Son personas de buena voluntad que, por sus propias heridas, se consideran incapaces de proponer socialmente un modelo de vida y renuncian a cualquier pretensión de verdad objetiva. No alcanzan a distinguir entre la propia situación y la verdad objetiva, entre los propios problemas y la común tarea de vivir en sociedad y buscar lo mejor, el bien común.
En este sentido, el camino elegido por la ley de matrimonio no puede sino acentuar estas heridas, al no haber optado por fortalecer los vínculos de varón y mujer, sino haber deconstruido el concepto de matrimonio, vaciándolo de su significado real y convirtiéndolo en una máscara institucional que se amolda a los intereses personales. Úrsula Basset enfatiza que el matrimonio entre varón y mujer es una institución centralmente altruísta, diseñada para la mutua ayuda y para la solidaridad intergeneracional en la transmisión de la vida. La ley ha alterado radicalmente este significado y ha puesto al matrimonio al servicio de los intereses personales y del hedonismo. Y esta proyección no sólo afecta al matrimonio en sí mismo, sino también a la misma transmisión de la vida y los vínculos más constitutivos de la identidad del niño: la maternidad y la paternidad.
En síntesis, un complejo conjunto de factores y tendencias culturales facilitan la aprobación de este tipo de legislación, que claramente importa una ruptura entre moral y derecho, entre verdad y ley.
2. La visión individualista de la fe cristiana
Junto con esta corriente cultural algo simplificadamente caracterizada, encontramos una tendencia en el pensamiento cristiano que se ha retirado de la cosa pública y ha puesto un excesivo foco en la salvación individual.
[La autocrítica cristiana] Lo dice con toda claridad Benedicto XVI en Spe Salvi: “Es necesario que en la autocrítica de la edad moderna confluya también una autocrítica del cristianismo moderno, que debe aprender siempre a comprenderse a sí mismo a partir de sus propias raíces” (n. 22). Y aclara luego en qué consiste esta autocrítica: “debemos constatar también que el cristianismo moderno, ante los éxitos de la ciencia en la progresiva estructuración del mundo, se ha concentrado en gran parte sólo sobre el individuo y su salvación. Con esto ha reducido el horizonte de su esperanza y no ha reconocido tampoco suficientemente la grandeza de su cometido, si bien es importante lo que ha seguido haciendo para la formación del hombre y la atención de los débiles y de los que sufren” (n. 25).
Por supuesto, esta visión individualista de la fe-esperanza cristianas no se expresa en formas “puras” y no deja de estar presentes en la vida de cada uno. Pero nos parece que una caracterización como la que propone el Santo Padre ayuda de manera decisiva a tomar conciencia del desafío que se plantea y de la necesidad de no claudicar de la participación en la sociedad civil.
[Posturas aislacionistas] Una forma radicalizada de esta visión individualista está dada por aquéllos cristianos que consideran que, ante la crisis cultural relativista, lo que queda a los hombres de fe es retirarse a sus propios “ghettos” para custodiar la pureza de la fe y no contaminarse con la perversión social. No se trata de la sana preservación de la fe, sino de una visión radicalizada que huye del mundo y no responde a los verdaderos anhelos que tiene la sociedad. Una visión que no está a la altura de la diaconía que los cristianos tienen para ofrecer a la sociedad, de su vocación por el todo, de su llamado a cambiar las cosas para construir el bien común.
[Relativismo práctico] También debemos mencionar la constatación de algunos cristianos que dramáticamente ponen en duda los mismos postulados de la fe y la moral cristiana. Este relativismo al interior de la comunidad eclesial no necesariamente está expresado por una hostilidad o por una mala fe. En algún caso, ha habido católicos que, de manera cercana al escándalo, han cobrado excesivo protagonismo por su personal desacuerdo con el Magisterio, haciendo de ello una bandera personal. En otros casos, algunos sacerdotes han trasladado sus propias dudas de fe a los fieles laicos, que perplejos esperaban encontrar confirmación de sus pastores en su urgencia misionera. Pero no es el común de los casos. En general se trata de una falta de formación, o bien de un individualismo a lo mejor imperceptible y centrado en los propios problemas, que impide descubrir el dinamismo evangelizador del amor, que nos lleva a lanzarnos fuera de nosotros mismos hacia los demás, para llevarles la fuerza del Evangelio que transforma todo, incluso las mismas relaciones sociales.
[Espiritualidad centrada en el bienestar] En este sentido, un excesivo énfasis puesto en formas de espiritualidad centradas en el propio bienestar y algo desligadas de la vida cotidiana, pudo haber favorecido el individualismo al que hace referencia el Papa Benedicto XVI. También en algunos casos, una cierta pasividad que impide percibir la gravedad de un contexto cultural y social que deshumaniza a la persona, disgrega los vínculos más fundantes de la identidad e introduce una dinámica social centrada en los roles antes que en el valor ontológico de cada ser humano.
[Poscristianismo] Por otra parte, hay que constatar en muchos legisladores, comunicadores y dirigentes sociales y políticos, un abandono de la fe. Se trata de un fenómeno que algunos llaman poscristianismo y que está marcado por personas que recibieron la fe católica, pero la han abandonado por diversos motivos. El desafío evangelizador en estos casos es nuevo y grande, por la necesidad de dar nuevas razones para vivir la fe.
En definitiva, junto con el relativismo, se advierte una forma de vivir la fe cristiana que también necesita hacer una autocrítica, para purificarse de formas individualistas de comprender la fe y descubrir los dinamismos propios del amor y la fe en Jesucristo.
3. La propuesta cristiana
La tensión que surge de las dos corrientes culturales anteriores nos revela las dificultades existentes en esta materia. Lejos estamos de un contexto de cristiandad y constatamos que la fractura entre fe y cultura es uno de los grandes dramas de nuestro tiempo (cf. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, n. 20). Por eso, creemos que hay que renovar con vigor una propuesta cristiana que tenga profunda incidencia cultural.
[La lógica de la Encarnación] Esta propuesta encuentra su centro en la persona de Jesús y se ubica en la lógica de la Encarnación. Es la gran enseñanza del Concilio Vaticano II: “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et Spes, n. 22).
Se trata de vivir, como Jesús, en comunión con la Trinidad y enviados al mundo desde la comunión eclesial. Es un doble movimiento: de comunión con Dios y de comunión con los hermanos, compañeros de camino, con sus gozos y esperanzas, con sus tristezas y angustias. Es la vocación a vivir a fondo la fe, pero sin desentenderse del servicio a los demás, que incluye la construcción del bien común, el compromiso por una sociedad más justa aquí y ahora.
Dice Benedicto XVI: “La relación con Dios se establece a través de la comunión con Jesús, pues solos y únicamente con nuestras fuerzas no la podemos alcanzar. En cambio, la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros (cf. 1 Tm 2,6). Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser « para todos », hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás, pero sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás, para todos” (Spe Salvi, n. 28).
[Evangelizar la cultura] Lo sucedido en torno al matrimonio no es un hecho aislado, sino un acontecimiento que permite verificar la fractura entre fe y cultura. Nos equivocaríamos si interpretamos lo sucedido como la aprobación de una ley más, una ley problemática y controversial, pero una ley más al fin. En realidad, detrás de esta ley y su debate, subyace un conflicto cultural profundo: una cultura que se aleja del creador, un hombre que se convierte cada vez más en su propia medida y, al hacerlo, destruye toda referencia objetiva para la convivencia e instaura el imperio de los más poderosos sobre los débiles. Por eso, lo sucedido es un llamado a retomar la iniciativa evangelizadora, a volver a proponernos ideales amplios y ambiciosos, a relanzarnos a evangelizar la cultura y las culturas, de una manera inteligente, creativa, renovada, confiada en la fuerza de la gracia, pero con la cooperación de la razón y libertad humanas purificadas por la fe.
Con este espíritu, proponemos finalmente una reflexión sobre algunas notas del compromiso cristiano en este compromiso evangelizador.
4. Algunas notas del compromiso cristiano
En estos breves apuntes de reflexión sobre la situación cultural y la vida de las personas de fe, nos animamos a proponer algunas notas que deberían caracterizar el compromiso cristiano:
a) La necesidad de una profunda comunión con Dios, viviendo el don de su gracia como real participación en su comunión de amor perfecto. Los cristianos estamos llamados a un profundo examen de conciencia sobre la coherencia de nuestro testimonio, coherencia que no surge del voluntarismo sino de una confiada y humilde receptividad a la iniciativa del Espíritu Santo. Porque nuestras fuerzas no bastan y sólo en la comunión con Dios, en la oración, la vida sacramental, la fraternidad real, la sana eclesialidad, la docilidad a la enseñanza apostólica, se edifica una personalidad cristiana madura.
b) Un aspecto clave es el de comprender la relación entre fe y razón. En este sentido, así como no se puede absolutizar la razón, escindida de la fe, tampoco se puede proponer una fe “irracional”. Es interesante aquí la propuesta de Benedicto XVI en Deus caritas est cuando propone la dinámica de purificación y elevación propia de la Encarnación para la relación de la Iglesia con el Estado y afirma que la fe es “una fuerza purificadora para la razón misma”, que “permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio”(n. 28).
[Las tentaciones del interés y el poder] En este sentido, el Papa denuncia las dos grandes tentaciones que acechan a la razón: el interés y el poder. “Para llevar a cabo rectamente su función, la razón ha de purificarse constantemente, porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente” (Deus Caritas est, n. 28). Por eso, la fe “desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica” (Deus Caritas est, n. 28).
[La relación entre fe y razón] Entre los grandes temas del Pontificado de Benedicto XVI se encuentra esta constate propuesta de una recta, complementaria y enriquecedora relación entre fe y razón. El tema también aparece en su encíclica social Caritas in Veritate: “La religión cristiana y las otras religiones pueden contribuir al desarrollo solamente si Dios tiene un lugar en la esfera pública, con específica referencia a la dimensión cultural, social, económica y, en particular, política. La doctrina social de la Iglesia ha nacido para reivindicar esa «carta de ciudadanía» de la religión cristiana. La negación del derecho a profesar públicamente la propia religión y a trabajar para que las verdades de la fe inspiren también la vida pública, tiene consecuencias negativas sobre el verdadero desarrollo. La exclusión de la religión del ámbito público, así como, el fundamentalismo religioso por otro lado, impiden el encuentro entre las personas y su colaboración para el progreso de la humanidad. La vida pública se empobrece de motivaciones y la política adquiere un aspecto opresor y agresivo. Se corre el riesgo de que no se respeten los derechos humanos, bien porque se les priva de su fundamento trascendente, bien porque no se reconoce la libertad personal. En el laicismo y en el fundamentalismo se pierde la posibilidad de un diálogo fecundo y de una provechosa colaboración entre la razón y la fe religiosa. La razón necesita siempre ser purificada por la fe, y esto vale también para la razón política, que no debe creerse omnipotente. A su vez, la religión tiene siempre necesidad de ser purificada por la razón para mostrar su auténtico rostro humano. La ruptura de este diálogo comporta un coste muy gravoso para el desarrollo de la humanidad.” (n. 56).
c) También es necesaria una renovada complementariedad entre las vocaciones, de tal manera que cada fiel cristiano responda por la tarea que se le ha encomendado. Creo que todavía no terminamos de procesar todas las implicaciones que posee el mandato del Concilio Vaticano II en el sentido de enviar a los fieles laicos a ordenar las realidades temporales según el plan de Dios. Este dinamismo evangelizador supone laicos de cara al mundo, muy competentes en lo profesional y con una clara identidad cristiana.
[Participación renovada de familias y jóvenes] Las recientes movilizaciones en defensa del matrimonio entre varón y mujer y del derecho de los niños a tener una mamá y un papá estuvieron signadas por la presencia de numerosas familias, muchas de ellas jóvenes, entusiastas en su fe, conscientes de su responsabilidad social, comprometidas ciudadanamente, respetuosas pero firmes en sus derechos y su defensa de la naturaleza de la persona y la familia. También hubo un renovado y fresco testimonio de jóvenes seguros de su fe, comprometidos con los demás y dispuestos a dar testimonio de las enseñanzas del Magisterio. Fue llamativo ver jóvenes que sacrificaron noches, fines de semana, horas de sueño, por pegar carteles, sostener pancartas, movilizarse por la ciudad, participar en debates en las redes sociales, difundir actividades, buscar formación. Las campañas públicas, muchas de las participaciones en los medios y las estrategias comunicacionales estuvieron marcadas por una renovada imagen, creativa, positiva, que denunciaba los disvalores, pero proponía caminos ciertos para contribuir al bien común. Todo un signo de esperanza.
[Los laicos] No menor importancia tienen los laicos en asumir a fondo sus responsabilidades temporales, especializándose y profundizando los desafíos culturales de este tiempo en una nueva síntesis entre fe y cultura. Viviendo la riqueza de la complementariedad de las vocaciones en la Iglesia, contribuyendo desde sus talentos propios y confiados en el plan de Dios.
Nuevamente nos ilumina Benedicto XVI en Deus Caritas est: “la tarea de la Iglesia es mediata, ya que le corresponde contribuir a la purificación de la razón y reavivar las fuerzas morales, sin lo cual no se instauran estructuras justas, ni éstas pueden ser operativas a largo plazo. El deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos. Como ciudadanos del Estado, están llamados a participar en primera persona en la vida pública. Por tanto, no pueden eximirse de la « multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común ». La misión de los fieles es, por tanto, configurar rectamente la vida social, respetando su legítima autonomía y cooperando con los otros ciudadanos según las respectivas competencias y bajo su propia responsabilidad” (n. 29).
Complementariedad entre vocaciones] En la participación cristiana en el debate reciente de la ley de matrimonio, creo que en muchos fieles se procuró vivir esta complementariedad entre las vocaciones. Pastores que no usurparon lugares laicales en la discusión de argumentos de orden racional y, a su vez, laicos que no renegaron de su fe cristiana, pero que expusieron argumentos jurídicos, sociológicos, psicológicos, económicos. Por supuesto que queda mucho por hacer, pero hubo una sana laicidad, creatividad, compromiso, identidad, respeto, diálogo, construcción del bien común.
[Sana laicidad] En este sentido, la sana laicidad no consiste en que el laico despliegue acciones y argumentos puramente racionales, prescindiendo del dato religioso. Obrar así sería caer en la corriente racionalista antes denunciada y, también, desconocer la realidad cultural de nuestro país, que es profundamente cristiana y que por serlo no significa de suyo una vulneración de la sana laicidad. Pero tampoco significa una aproximaciòn fideísta que desconozca la legítima autonomía de las realidades temporales. Además, la sana laicidad se expresa en laicos con iniciativas en medio del mundo bajo su propia cuenta y responsabilidad.
Es una tensión que no es simple equilibrio, sino que expresa el dinamismo de la Encarnación, el dinamismo del encuentro entre fe y razón, tal como antes lo hemos presentado. En este dinamismo, también hay que reconocer que la legítima autonomía de las realidades temporales no puede desconocer los bienes indisponibles, los “valores no negociables”, entre los que se encuentran “el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas” (Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, n. 83).
[Misiones intraeclesiales del laico] Cabe aclarar que, por cierto, algunos laicos están llamados a misiones “intraeclesiales” y prestan un gran servicio para la comunión y la misión. Pero, como decía Juan Pablo II, “aunque el apostolado intraeclesial de los laicos tiene que ser estimulado, hay que procurar que este apostolado coexista con la actividad propia de los laicos, en la que no pueden ser suplidos por los sacerdotes: el ámbito de la realidades temporales” (Ecclesia in America, n. 44).
[Características del laico] En un discurso de Benedicto XVI de mayo de 2010 hay una interesante descripción de las características del laico que se compromete en la cosa pública: “Hay que recuperar y vigorizar de nuevo una auténtica sabiduría política; ser exigentes en lo que se refiere a la propia competencia; servirse críticamente de las investigaciones de las ciencias humanas; afrontar la realidad en todos sus aspectos, yendo más allá de cualquier reduccionismo ideológico o pretensión utópica; mostrarse abiertos a todo verdadero diálogo y colaboración, teniendo presente que la política es también un complejo arte de equilibrio entre ideales e intereses, pero sin olvidar nunca que la contribución de los cristianos sólo es decisiva si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación. Hace falta una verdadera «revolución del amor»” (Discurso al Pontificio Consejo para los Laicos, 21 de mayo de 2010).
En definitiva, se trata de volver siempre a la conformación con Jesús, entrando en su dinamismo de amor. Enviado por el Padre, bajo la guía del Espíritu Santo, entró en la historia de los hombres, asumió sus gozos y debilidades, los purificó y los redimió, llevándonos a la participación en la misma comunión trinitaria. Dios quiera concedernos su Gracia para vivir esta vocación al amor.
(x) Director General – Movimiento FUNDAR
www.movimientofundar.org
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