Miércoles | 8.9.2010
UNIVERSIDAD DEL SALVADOR
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ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA. ESCRIBE: PBRO. GUILLERMO MARCO.

La generosidad no se mide en plata

Autor: P. Guillermo Marcó





Días pasados, un grupo de multimillonarios anunció su decisión de donar para obras de caridad la mitad de su fortuna. Pero lo importante para Dios no es la cantidad de dinero que se dona, sino las ganas de compartir.


En los últimos días se conoció la decisión de algunos millonarios   norteamericanos de donar la mitad de sus bienes para obras caritativas y benéficas. Bienvenida sea esta iniciativa y ojalá termine resultando correcta la  aplicación de los fondos para que redunde realmente en beneficio de los más  necesitados. Sin embargo, cuando se tienen 150.000 millones de dólares,  donar la mitad de ese capital no altera en nada la vida de estos mega millonarios. Es que después de adquirir todo lo que a una persona se le pueda  imaginar, ese dinero es solo una cifra en una institución bancaria, que se sigue  atesorando solo por avaricia, y la avaricia es un pecado capital. Un vicio.


Y los vicios se suelen combatir con las virtudes que les hacen de contrapeso. Por eso, la avaricia se combate con la generosidad.


Cuenta el Evangelio que una vez Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del  Templo y que miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos  daban en abundancia. De pronto, su atención se detuvo en una viuda de  condición humilde que dejó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto  más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba,  pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir" (Mc 18, 38-44).


Jesús no midió la cantidad de lo donado, sino la generosidad de la actitud. Los  hombres miramos la cifra, pero Dios, que mira los corazones, ve otra cosa, el  grado de nuestra entrega. Y por eso nos interpela más o menos así: ¿Cuánto estás dispuesto a compartir? Seguramente no puedas donar esa cifra apabullante, porque sencillamente jamás la tendrás. Pero debes saber que uno puede compartir muchas cosas en la vida. Como comparte aquel rico  que genera trabajo para los demás y paga salarios dignos, permitiendo a los  pobres ganarse el pan con el sudor de su frente. O como comparte el joven que  no tiene bienes, pero que da de su tiempo para ayudar a otros. O como comparten los padres, que destinan muchas horas para educar a sus hijos y a  veces no pueden conciliar el sueño pensando qué será del futuro de su prole,  que por ahora depende de ellos.


El secreto está en saber compartir. Porque, en realidad, los bienes son  necesarios para la vida, pero cuando los medios se convierten en fines  terminan ejerciendo un poder nefasto sobre nosotros. Son como una obsesión  de la que tanta gente está presa. Y que nos lleva a preguntarnos para qué  quieren más. Con tal de atesorar bienes son capaces de sacrificar su familia, entregar su tiempo hasta el agotamiento y, en situaciones extremas, matar para  robar lo que no les pertenece.


Hace pocos días volví con un  grupo de jóvenes de misionar en el monte  chaqueño. Recuerdo que antes de regresar, visitamos la casa de Elena, una  lugareña con marido y seis hijos que viven en un ranchito y que se las  rebuscan con changas. Una casa donde la comida, está claro, no sobra. Lo que  sí sobra allí es alegría, educación y respeto. Sus hijos son cariñosos y saben,  porque lo aprendieron de su mamá, que no deben vivir quejándose, sino estar  agradecidos de lo que hay. Cuando llegamos, Elena estaba horneando pan que  después nos enteramos que no era sólo para su familia porque a la tarde nos  trajo dos, enormes y crujientes. Ella nos enseña ese secreto que descubrió la  viuda del Evangelio: La alegría de compartir. Mientras el avaro se alegra a  medida que aumentan sus bienes, el que sabe ser desprendido encuentra su riqueza en dar a los demás.




 
 
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