El papa Francisco en la Península Arábiga

Por: Revista Criterio

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La elección de los viajes apostólicos del papa Francisco produce más de una sorpresa, como ocurre con los que no elige, notoriamente la Argentina pero también España, Francia, Alemania y Gran Bretaña, entre otros. Estuvo en el mismo mes de febrero en Panamá en la tercera de sus
Jornadas Mundiales de la Juventud, donde fue recibido con gran entusiasmo aunque la repercusión se centró más en la situación venezolana y lo que debiera decir o no la Santa Sede.

Pero no hay casualidades, especialmente cuando se trata de tender puentes (como pontífice que es) con el Islam: al traslado a los Emiratos Árabes Unidos entre el 3 y 5 de febrero sucederá a fin de febrero (luego del cierre de esta edición de la revista) el viaje al Reino de Marruecos, como en años anteriores se dirigió a Egipto y Jordania.

Del breve traslado a Abu Dabi queda una enseñanza relevante sobre el diálogo para afirmar valores comunes, la necesidad de paz en la región y la convivencia respetuosa entre los credos. Los EUA, digamos sintéticamente, es un país oficialmente musulmán, cuya primera fuente de legislación es la Sharia. Se admite la libertad de culto (hay iglesias, inclusive la catedral del Vicariato Apostólico de la Arabia del Sur, eso sí, sin cruces ni campanas al exterior) pero no la misión o proselitismo hacia los musulmanes, cuya conversión del Islam a otra confesión es castigada con pena capital.

El Gobierno, a partir de 2016, ha asumido la tarea de promoción de la tolerancia y la represión de cualquier forma de odio religioso y de extremismo. Como signo de este espíritu la mezquita de Al Zayed fue designada con el nombre de “María, Madre de Jesús” y un puente peatonal con el de Tolerancia. La situación tiene semejanzas pero diferencias importantes en la materia con el vecino reino saudí, donde la libertad religiosa es inexistente. Sin embargo, hay signos positivos: en 2017
las autoridades recibieron al Patriarca católico maronita, cardenal Rai, y en 2018 al Patriarca copto ortodoxo, al que se autorizó celebrar una misa pública, algo sin precedentes.

El hecho más destacado del viaje de Francisco fue la firma de la Declaración “Fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común” con el Gran Imán de la Universidad Al Azhar con sede en El Cairo, Ahmad Al Tayyeb, que reproducimos en estas páginas. Como se trata de un texto para leer, meditar y difundir aquí, me limitaré a unas pocas menciones. Una es que la relación estará basada en “la cultura del diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio”. Coinciden los firmantes en señalar que existe hoy “una conciencia humana anestesiada y un alejamiento de los valores religiosos, además del predominio del individualismo y de las filosofías materialistas que divinizan al hombre y ponen los valores mundanos y materiales en el lugar de los principios supremos y trascendentes”. El objetivo
de las religiones es creer en Dios, honrarlo y llamar a los hombres a conocerlo como creador y autor de la vida, por lo que existe la fraternidad humana. La paz es un valor esencial, por lo que no puede haber violencia en el nombre de Dios. Hay una condena expresa el “terrorismo execrable”.

Las consecuencias de la fraternidad humana son el reconocimiento de la dignidad de la persona, con rechazo al aborto y la eutanasia, el valor de la justicia y del diálogo. Aquí puede intuirse un término bergogliano, ya que ese diálogo debe ser sobre valores comunes evitando “discusiones
inútiles”, alcance que habrá que determinar. Algo similar se intuye al describir la situación del mundo, ya que refiere a una “tercera guerra mundial en trozos”, expresión más de una vez en boca del Papa. Es importante el reconocimiento del “pluralismo” y que se diga que se origina en la Sabiduría divina “la libertad de ser diferente” y, por ende, “la libertad de credo”. En efecto, se condena que se obligue a la gente a adherir a una religión o cultura determinada, como también que se imponga un estilo de civilización que los demás no aceptan. Esto tiene aplicaciones
evidentes respecto de lo que sucede en países musulmanes, por un lado, y también en los secularizados donde, incluso con atisbos de islamofobia, se restringen las expresiones derivadas de esa religión. Muy oportuno es, por cierto, el llamado a proteger iglesias, mezquitas y otros lugares de culto, frente a atentados tan tremendos como los que suceden en Egipto y Filipinas. El lugar
de la mujer, del niño, el anciano y la familia, el valor del trabajo, la atención a los migrantes y la condena de la trata de personas son objeto de referencia, en más de un caso de manera notable dado el contexto.

En fin, Oriente y Occidente se necesitan recíprocamente y se abrazan entre ellos y entre Norte y Sur, como testimonio de Dios, que nos creó para ser hermanos. La Declaración pide ser “objeto de investigación y reflexión en todas las escuelas, universidades e institutos de educación y formación”, lo que vale para los creyentes de las diversas religiones así como de los que no lo son.

Unos 800 mil cristianos, mayoritariamente católicos, trabajadores provenientes de varios países,
fueron objeto de la otra dimensión del viaje papal: Pedro que confirma en la fe a sus hermanos. Con el fondo de inmensas mezquitas, en un estadio abierto y su entorno, tuvo lugar la misa. El Papa predicó sobre las Bienaventuranzas, y señaló que “entre el Evangelio escrito y el que se vive existe la misma diferencia que entre la música escrita y la interpretada”. Los animó diciéndoles que conocen la melodía del Evangelio y siguen el entusiasmo de su ritmo en esa variedad que el
Espíritu Santo ama. Y yendo al Apocalipsis, identificó esa comunidad cristiana con la de Filadelfia, que significa precisamente “amor de hermanos”, a la que, a diferencia de casi todas las demás, el Señor no le reprocha nada puesto que “ha conservado la palabra de Jesús, sin renegar de su nombre, y ha perseverado, es decir que, a pesar de las dificultades, ha seguido adelante”. De esos
cristianos tenemos, pues, mucho que aprender.

Es esperanzador que desde el Islam se expanda una vocación de encuentro, con expresiones tan sólidas como las que se han asumido en la Declaración, y es de desear que se enseñen a las jóvenes generaciones. El papa Francisco ha dado renovado impulso a este diálogo del que podemos encontrar un precedente en el encuentro hace 800 años del primer Francisco, el Poverello de Asís, con el sultán Malik al Jamil en Egipto.

Norberto Padilla
Profesor universitario, miembro fundador de CALIR y ex secretario de Culto

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