Miércoles 05.10.2022

El poder del amor o el amor por el poder

Por: Miguel Angel Schiavone

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Me permito abordar el tema de la paz siguiendo a la mayéutica Socrática. A partir de preguntas simples, y en algunos casos empobrecedoras del término, podemos cuestionarnos: ¿Cómo sé que una persona está en paz? ¿Qué atributos debe tener alguien para que lo pueda considerar en un estado de paz? ¿Es la paz un atributo absoluto o relativo? ¿Puedo aplicar estos interrogantes a la paz social? ¿Es necesaria la paz individual para alcanzar la paz social?

En lo individual podríamos decir que la paz es el completo equilibrio psicológico y espiritual del individuo, es un estado de equilibrio dinámico. En física el equilibrio dinámico es la capacidad para mantenerse estable mientras se realizan movimientos o desplazamientos. Cada vez que damos un paso en cualquier dirección, estamos poniendo a prueba este equilibrio. El transitar por la vida, el caminar los años, nos enfrenta a dificultades que nos pueden hacer perder esa armonía, esa paz individual, esa paz interior.  Simbólicamente entonces, la paz no es un absoluto, sino una búsqueda permanente del bienestar emocional y espiritual.

¿El desequilibrio en estas dos dimensiones que mencionamos implica ingresar a un estado de violencia? ¿La ausencia de paz es violencia? Paz y violencia pueden ser los extremos de una oscilación pendular, pero entre ambos extremos existen un sinnúmero de situaciones, momentos crepusculares como cuando queremos delimitar el pasaje del día a la noche. Según el sacerdote dominico George Pire, premio Nobel de la paz 1958: “Existe una tentación extremadamente sutil y peligrosa de confundir la paz con la simple ausencia de guerra, como estar tentados de confundir la salud con la ausencia de enfermedad, o la libertad con el no estar preso. La terminología es a veces engañosa. Por ejemplo, la expresión «coexistencia pacífica» significa ausencia de guerra y no verdadera paz”.

Al “estar en paz interior” se lo asocia con la felicidad y con la salud, a tal punto que la definición de salud contempla el completo bienestar no solo físico sino también psicológico, social y espiritual. Estar en salud es estar en paz interior. Uno de mis maestros decía que la salud es no vivir la penuria de la enfermedad, situación solo posible si se está en paz interior más allá de los resultados de laboratorio (definición que obliga a una profunda reflexión). Esta paz se puede perder, al igual que la salud se puede perder parcial o totalmente. La paz interior, como la salud, lamentablemente solo se valoran cuando se pierden.

Ciencia y fe nos permiten encontrar explicaciones holísticas al estado de paz de un individuo. Durante situaciones de violencia o ataque se libera cortisol, que es la hormona del estrés. El cortisol cambia el cuerpo y la mente preparándolo para enfrentar una agresión. La sociedad entera está viviendo permanentemente intoxicada de cortisol, preparada para agredir o defenderse. Desde la ciencia sabemos que la oxitocina actúa reduciendo el nivel de cortisol. La oxitocina es la hormona de la empatía, de los abrazos, de mirar los ojos del prójimo y escucharlo, de hacerse carne del problema del otro. Los niveles séricos elevados de neurotransmisores y hormonas como dopamina, serotonina y oxitocina nos gratifican cuando alcanzamos el equilibrio, nos dan esa sensación de placer que nos impulsa a mantenerlo. Esta misma situación hormonal se vive cuando entramos en comunión con Dios, que nos lleva a una sensación similar de serenidad, de alegría, de tranquilidad. Como expresara San Juan Pablo II en la Audiencia del miércoles 21 de abril de 2004: “Es como entrar en un oasis de luz y de amor".
La paz y la felicidad están en el interior de cada uno de nosotros. Alcanzar la paz, solo es posible si nos reencontramos con la armonía perdida en nuestro interior a través de la relación con el Señor. Las personas caminan por la calle focalizando su vista hacia el piso, son pocos los que miran hacia adelante asegurando no desviarse del rumbo a seguir, y menos aún los que buscan en las alturas el camino que el Señor les tiene reservado.

A nivel comunitario ocurre algo similar, la paz no es sólo la ausencia de guerra, para alcanzarla se requiere una sociedad libre de toda forma de violencia. La paz social solo es posible cuando fluye tolerancia, bondad, comprensión, justicia, respeto por los derechos humanos, cuando sentimos el dolor del prójimo como nuestro propio dolor. La paz social se pierde cuando no hay diálogo, cuando se violan los derechos humanos, cuando se afectan las libertades individuales, cuando se profundizan las inequidades e injusticias, cuando no se buscan soluciones a los conflictos. La paz es el fruto del poder del amor, la violencia es producto de aquellos que aman el poder.
Una frase célebre dice que “la guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan”. Las guerras terminan siendo el producto de la ambición del poder económico, del fanatismo ideológico y de intereses políticos personales. El escritor español Antonio Mingote refiriéndose irónicamente a las potencias nucleares afirma que: “Todos quieren la paz, y para asegurarla, fabrican más armas que nunca”.

El 14 de abril de 2022 se publicó el último libro del Papa Francisco “Contra la guerra. La valentía de construir la paz”. Con este título nuestro Pontífice destaca la valentía que se necesita para oponerse a la guerra. La audacia para iniciar el diálogo con el que piensa distinto, el coraje que hace falta para construir puentes y la valentía para acercarnos al adversario con las manos abiertas. La pandemia modificó la forma en que nos saludamos, ya no se estrechan las manos, ni está presente el beso fraterno, utilizamos los puños para saludarnos, señalando que el otro es nuestro enemigo en lugar de nuestro hermano. Pandemia y guerra son un binomio que se combinan y se repiten en la historia humana. Los países que lideran al mundo dicen que es necesario asegurar la paz, pero para alcanzar este objetivo construyen muros y fabrican armas nucleares… ¿Qué pasará cuando alguno de ellos tire la primera piedra? El odio y la venganza no tendrán límites y como dijera Gandhi: “ojo por ojo y el mundo terminará ciego”. Para detener las guerras es necesario dejar de “alimentarlas”.

En el título del libro, Francisco también emplea el término construir la paz, señalando que este objetivo no se alcanza con un simple decreto, tampoco con una simple declaración, ni menos de un día para el otro. Es necesario un proceso, una construcción. San Juan Pablo II, delimita claramente la responsabilidad de Dios y de la sociedad cuando afirma: “La paz es un don de Dios y, al mismo tiempo, una tarea de todos”.

* El autor es rector de la Universidad Católica Argentina (UCA)

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