Miércoles 24.07.2024

Entre el cielo y la tierra

El santo del equilibrio entre trabajar y rezar

Por: P. Guillermo Marcó

San Benito pasaba muchas horas del día en su monasterio rezando, pero también trabajando. Les decía a sus monjes que eso acercaba a Jesús, servía a la sociedad y alejaba las tentaciones.
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Es frecuente que quienes tenemos fe nos preguntemos sobre el equilibro que debe haber entre la acción y la contemplación. Vale asomarse a la vida de san Benito, que nació en Nursia (Italia, cerca de Roma) en el año 480. De padres ricos, fue enviado a Roma a estudiar filosofía y letras, llegando a dominar muy bien el latín, porque sus escritos están redactados en muy buen estilo. Por entonces, la ciudad de Roma estaba habitada por una mezcla de cristianos fervorosos y otros laxos, paganos, ateos, bárbaros y toda clase de gentes de diversos países y de variadas creencias, y el ambiente, especialmente el de la juventud, era muy relajado.

Benito se dio cuenta de que si permanecía allí en medio de esa sociedad iba a corromperse. Y sabía muy bien que en la lucha contra el pecado y la corrupción resultan vencedores los que en apariencia son “cobardes”,  o sea, los que huyen de las ocasiones y de las malas compañías. Por eso, se fue de la ciudad a un pueblito alejado a rezar, meditar y hacer penitencia. Tras un intento fallido de buscar soledad, se fue hacia una región totalmente deshabitada y en un sitio llamado “Subiaco” se retiró a vivir en una roca elevada, rodeada de malezas y de espinos, y a donde era dificilísimo subir.

Un monje que vivía cerca lo instruía sobre cómo ser un buen religioso y le llevaba un pan cada día, el cual ataba a un cable que Benito tiraba desde arriba. Unos pastores que lo encontraron en la montaña, luego de oírle hablar, se quedaron maravillados de los buenos consejos que sabía dar. Contaron la noticia y mucha gente empezó a visitarlo para pedirle consejos y enseñanzas.

Un grupo de hombres le pidió que fuera su superior. Al poco tiempo se dieron cuenta de que Benito era exigente y no permitía “vivir prendiéndole un vela a Dios y otra al diablo”, que no permitía vivir en esa vida de retiro tan viciosamente como si se viviera en medio de la sociedad. Contrariados, dispusieron deshacerse de él y le echaron un fuerte veneno en su copa de vino, pero el santo dio una bendición a la copa y esta saltó por los aires hecha mil pedazos.

Benito se dio cuenta de que su vida corría peligro entre aquellos hombres, renunció a su cargo y se alejó de ahí. Con un grupo de discípulos fieles se fue a construir su monasterio a Monte Casino. Se levantaba a las dos de la madrugada a rezar los salmos. Pasaba horas y horas rezando y meditando. Jamás comía carne. También dedicaba mucho tiempo al trabajo manual y logró que sus seguidores se convencieran de que ello no implica rebajarse, sino ser útil a la sociedad y un modo de imitar a Jesucristo que fue un trabajador. Además de que resultaba un buen método para alejar tentaciones.

Ayunaba cada día, y su desayuno lo tomaba en las horas de la tarde. La mañana la pasaba sin comer ni beber. Atendía a los muchos que acudían a él buscando su asesoramiento espiritual y de vez en cuando se iba por los pueblos de los alrededores con sus monjes a predicar y a tratar de convertir a los pecadores. Su trato con todos era extremadamente amable y bien educado. Su presencia era venerable.

En su famosa regla para ordenar la vida en comunidad de sus monjes inspirada por Dios -y cuyo espíritu se resume en el lema de la confederación benedictina: “Ora et labora”-  se basaron los reglamentos de todas las demás comunidades en la Iglesia Católica. No cabe duda que la medalla de san Benito es una de las más apreciadas por los fieles. A ella se le atribuye ser el remedio contra ciertas enfermedades del hombre y de los animales, y tener el poder de alejar los males que pueden afectar al espíritu, como las tentaciones del maligno. Es frecuente también colocarla en los cimientos de los edificios como garantía de seguridad y bienestar de sus habitantes.