Por: P. Guillermo Marcó
Diciembre suele venir con su propio vértigo: las corridas, los pendientes, el apuro por terminar todo lo que quedó en el tintero; las reuniones con amigos, con los compañeros de trabajo, con la familia. Se aproxima el fin de año y el calor parece complicarlo todo un poco más. En medio de esta carrera, todo este mes de diciembre suele estar signado por las corridas y las dificultades de lo que hay que terminar.
A veces estas corridas me recuerdan a una pareja que prepara un casamiento. Lo organiza con mucha antelación: manda invitaciones, degusta el menú, elige la música, define la ropa, piensa cada detalle. Todo puede estar impecable… y, sin embargo, existe un riesgo: olvidarse de lo principal. El motivo por el cual hacen todo eso no es la fiesta, sino el comienzo de una vida nueva. Van a fundar una familia.
Con la Navidad puede pasarnos algo parecido. Hace falta parar para preguntarse: ¿qué estoy haciendo y por qué lo hago? ¿Cuál es el motivo profundo? Porque, aunque parezca mentira, también lo sagrado se puede volver rutina si no se lo cuida por dentro.
Esta semana, muchos estaremos —yo el primero— con el tema de los regalos, quizás a último momento. Y está bien: regalar es un gesto humano, habla de cariño, de presencia, de vínculo. Pero conviene recordar lo esencial: Dios es el gran regalo. Él es el regalo que viene. “Emanuel”: Dios con nosotros.
Eso es lo que celebramos. No una idea espiritual ni una metáfora amable, sino un Dios que se hace cercano. Se hace hombre. Hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne. Hermano nuestro.
San Juan lo dice con una imagen sencilla y poderosa: Dios se hizo hombre y “acampó” entre nosotros. Como quien planta su tienda en medio del pueblo. Podríamos decir, en un lenguaje más cotidiano, que “se mudó al edificio”. Pero es mucho más profundo: Dios no viene a estar al lado, viene a estar adentro. “Vendremos a él —dice Jesús en otro pasaje— y haremos morada en él”. Ya no es solo el vecino: es vida en mi vida.
Por la comunión de su Espíritu, Él se hace presencia en nosotros. Y ahí aparece lo decisivo: está en mí hacerle lugar. De eso se trata la Nochebuena: una noche que permite despojar el corazón, hacer lugar, correr lo que sobra, vaciar un poco la casa interior… para que Él venga y se quede.