Religión, poder y política

Por: Felipe Medina

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Para los antropólogos, el poder es la capacidad de incidir sobre el comportamiento de las personas. En éste concepto, el poder está diseminado en una multiplicidad de actores que muchas veces no son considerados por los políticos como actores con poder; para decirlo de otra manera, los políticos profesionales consideran que ellos son los únicos agentes con poder, y en un ejercicio más amplio reconocen poder a las élites económicas, religiosas, sociales, o de los medios de comunicación, entre otros.

El poder político tiende a reconocer capacidad de interlocución a ciertos actores sociales con quienes comparten lenguajes semejantes y suelen despreciar otros, con quienes no han logrado un sistema de interlocución, lo que en el lenguaje del poder se llama “ninguneo” y a aquellos grupos que no lograron interactuar con ellos, pero son actores sociales intentan neutralizarlos o derrotarlos como “grupos incómodos”.  La iglesia católica y hoy, algunas confesiones cristianas y otras expresiones religiosas se convirtieron en verdaderos actores sociales con influencia importante en las conductas sociales y de modo especial a la hora de ejercer el poder para consagrar nuevas autoridades.

Pero el poder es mucho más diverso en la actualidad y se comparte con más actores sociales, superando así,  la estructura tradicional de cristiandad, aquello típico de las fiestas patrias, “autoridades civiles, militares, eclesiásticas y representantes del cabildo social”, propio de una sociedad teocrática y autoritaria.

La iglesia católica fue abriendo caminos en ésta transformación desde el Concilio Vaticano II, sobre todo en la proclamación de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, donde dice que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”.  Este giro de la iglesia hacia un humanismo más concreto y un cristianismo encarnado le hubiese dado oxígeno en el mantenimiento de su poder hegemónico en el campo social y religioso. Sin embargo,  el avance de las iglesias pentecostales y otras confesiones evangélicas, las iglesias tecnológicas y mediáticas,  el retorno a religiones o rituales precolombinos, la apertura a confesiones religiosas diversas como el islam y grupos de espiritualidad oriental,   la irrupción de la globalización en la cultura fueron desfigurando su poder y disminuyendo su autoridad como referente ético en la sociedad y frente al poder político. Sumando también,  la resistencia a la reforma conciliar desde el interior mismo de la iglesia,  las acusaciones de complicidad de las autoridades religiosas con los poderes políticos militares surgidos en la segunda mitad del siglo XX, desde la doctrina de la seguridad nacional en casi toda Latinoamérica, más las denuncias de abusos,  dejó a la institución muy exhausta y desacreditada,  perdiendo en gran parte del territorio la posibilidad de ser un referente ético.  Muchas religiones cristianas pusieron énfasis en la salvación individual por el renacimiento en el Espíritu, y otros se agruparon en movimientos o núcleos de familias con principios y valores éticos cristianos, como núcleos centrípetos con un gran condimento de intolerancia, algo contrario al mandato de Cristo. Muchos de éstos grupos vieron a “lo político”  como  un lastre que se debería  tolerar, una verdadera basura y acusaron a ese sector de una corrupción generalizada, cuya expresión más degradante es el poder del narcotráfico.  Desde lo religioso se ve a la política preocupada más en el manejo del poder, del lucro y la ganancia y no en el interés público.

Una iglesia católica cansada y atemorizada va cediendo el paso a propuestas de salvación más desencarnadas, mientras un Papa de origen latinoamericano e hijo de inmigrantes de clase media baja, intenta mostrar un rostro diferente de la iglesia católica e invita a otras religiones a sumarse en  ésta palestra. A los obispos de América Latina les dejó un serio cuestionamiento y una invitación a la renovación de las estructuras mismas de la iglesia, “la respuesta a las preguntas existenciales del hombre de hoy, especialmente de las nuevas generaciones, atendiendo a su lenguaje, entraña un cambio fecundo que hay que recorrer con la ayuda del Evangelio, del Magisterio, y de la Doctrina Social de la Iglesia. Los escenarios y areópagos son de lo más variado. Por ejemplo, en una misma ciudad, existen varios imaginarios colectivos que conforman “diversas ciudades”. Si nos mantenemos solamente en los parámetros de “la cultura de siempre”, en el fondo una cultura de base rural, el resultado terminará anulando la fuerza del Espíritu Santo. Dios está en todas partes: hay que saber descubrirlo para poder anunciarlo en el idioma de esa cultura; y cada realidad, cada idioma, tiene un ritmo diverso” (Discurso al CELAM, Brasil, Julio 2013)

Ningún político que se precie de estadista y gran gestor debería ignorar las fuerzas de las religiones en la construcción de la polis o ciudad. La iglesia católica va recuperando su dinamismo, ya no desde el poder constituido, aunque existan iglesias locales cuyas autoridades intentan manipular y pulsean con los políticos de turno. Muchas iglesias cristianas son auténticos actores sociales que gestionan la cosa pública con  sus propios recursos, buscando la independencia del estado. Muchos sacerdotes, religiosas  y pastores contienen a las comunidades de la periferia existencial desde el alimento espiritual hasta el alimento físico, el abrigo y la lucha por la vivienda propia.

La pandemia ha dejado un tendal de nuevos pobres que sólo desde la fe en Dios o simplemente en la humidad pueden mantener el espíritu solidario y crear nuevas formas de relacionamiento.

El poder verdadero está en manos del pueblo, único soberano como decía el jesuita Francisco Suarez a fines del año 1500, desafiando a las prepotentes familias del poder.

Una articulación de los actores sociales debe acompañar al estado en el ejercicio de sus funciones, más bien desde el servicio que desde el poder constituido, siendo el verdadero ejercicio del poder, hacer política desde el sin poder.

* El autor es licenciado en Ciencias Religiosas

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