Por: Daniel Goldman
Hace algunos años, Fernando de la Rúa respondió a una crítica que comenzaba a perseguirlo con insistencia. "Dicen que soy aburrido". La frase quedó asociada a una coyuntura determinada, a una campaña electoral y a un estilo de liderazgo. Más allá de cualquier consideración política, visto a la distancia, el enunciado parece revelar algo más profundo que una simple anécdota. Porque la verdadera cuestión no era que no resultara entretenido. La pregunta más interesante es otra: ¿por qué aquella acusación parecía tan grave?
Hubo un tiempo en que a los dirigentes se les exigía prudencia, honestidad, capacidad de juicio o sensibilidad frente a los problemas de la sociedad. A los maestros se les pedía conocimiento. A los líderes religiosos, sabiduría. A los artistas, belleza y profundidad. Hoy parece haberse agregado un requisito que no es suplementario, sino que termina subordinando a todos los demás. Ni más ni menos que la capacidad de entretener. La política, la educación, la religión y el arte deben entretener.
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No pretendo en estas líneas añorar un tiempo pasado ni invitar a una mirada nostálgica. No intento hacer una apología de lo abúlico. Tampoco de cuestionar la alegría, el humor o la diversión, y menos aún de proponer una reflexión de carácter estético sobre ellas. El asunto es diferente. Lo que parece haber cambiado es el lugar que el entretenimiento ocupa en nuestra escala de valores. Ya no aparece meramente como una dimensión legítima de la experiencia humana. Se ha convertido en el criterio a partir del cual juzgamos todo. Lo aburrido manifiesta algo que parece carecer de valor. Y quizás allí resida el verdadero problema.
Basta recorrer la historia de la cultura para advertir que muchos de los hábitos más significativos que el hombre ha producido, jamás tuvieron como finalidad principal la de entretener. Nadie acude a Shakespeare pretendiendo distracción. Nadie sale de una representación de Ibsen o de García Lorca comentando cuánto se divirtió. Tampoco nos acercamos a Dostoievski, Kafka o Borges esperando pasar el rato. Buscamos algo distinto. Comprensión, belleza, conmoción o una palabra capaz de nombrar aquello que no sabíamos cómo expresar. Las grandes obras son clásicas porque nos transforman. De hecho, muchas de ellas contienen pasajes difíciles, zonas de opacidad y tramos de lentitud. Exigen de nosotros. Requieren atención, paciencia y una disposición para permanecer allí donde la gratificación inmediata no asoma.
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“Pasa-tiempo”. Hoy resulta necesario preguntarse qué hemos perdido cuando comenzamos a exigir que toda vivencia sea entretenida. Y la demanda no es menor. Porque detrás de ella se esconde nuestra relación con el tiempo. Vivimos en un período que ha desarrollado una fobia a un supuesto vacío. Cada espera debe ser ocupada, interrumpida. Cada instante de “in-actividad” reclama algún tipo de distracción externa. Cuando hablo de vacío me refiero a la imposibilidad de tolerar un intervalo sin llenarlo de inmediato con algún estímulo, una suerte de inmediatez que se nos impone para ocupar un lapso. Lo esencial es la imposibilidad de permanecer sin consumir nada. La insoportable levedad del “in-consumo”.
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Esta tendencia no nació en nuestra época. Blaise Pascal ya lo había advertido antes de la existencia de las pantallas. En uno de los fragmentos más célebres de sus Pensamientos, afirma que gran parte de las desgracias humanas provienen de la incapacidad de permanecer a solas en una habitación. La frase suele citarse como una curiosidad, pero encierra una intuición extraordinaria. Pascal observaba que los seres humanos persiguen permanentemente formas de esparcimiento como juegos, conversaciones, ocupaciones, viajes y espectáculos. No porque esas actividades sean malas en sí mismas, sino porque permiten evitar el inquietante encuentro con uno mismo. Para describir este fenómeno utilizó el término divertissement. La diversión se origina como una desviación y no como una genuina algarabía. Es aquello que nos aleja de las preguntas fundamentales.
La ausencia de estímulos externos deja al descubierto preguntas que habitualmente logramos mantener a distancia. Y lo que han hecho las tecnologías contemporáneas no es inventar una tendencia nueva. Solo amplifican una antigua inclinación humana.
En alguna medida cabe preguntarse si la victoria sobre el aburrimiento no tiene un costo, o acaso si el aburrimiento per se no constituye una dimensión necesaria de la vida. El aburrimiento no es ausencia de sentido. Es otra cosa. Algo más hondo. Es la suspensión de aspectos inmediatos que organizan nuestra vida cotidiana. El aburrimiento nos resulta incómodo porque nos obliga a confrontarnos con cuestiones que normalmente permanecen ocultas bajo la actividad constante. Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de nuestro tiempo. Creemos que el aburrimiento es el enemigo del significado, cuando en realidad en ciertas ocasiones es una condición sustancial para alcanzarlo.
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Lejos de glorificar el tedio, sepamos que algunas preguntas pueden surgir de modo distintivo cuando cesa momentáneamente el divertissement. Un buen maestro intenta despertar interés y curiosidad en sus discípulos. Pero otra cosa muy distinta es convertir el aprendizaje en espectáculo. Porque el saber exige lentitud, relecturas y paciencia. La comprensión profunda rara vez coincide con la gratificación inmediata. Existen páginas difíciles, conceptos esquivos, argumentos que únicamente se aclaran después de largos esfuerzos. Sin embargo, precisamente allí suele producirse el aprendizaje más significativo.
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Algo semejante ocurre con la experiencia religiosa. Desde hace siglos, las tradiciones espirituales cultivan prácticas que hoy parecen extrañas, como el silencio, la escucha, la plegaria repetitiva, la meditación prolongada o la contemplación. Nada de esto fue concebido como entretenimiento inmediato, porque su propósito es crear condiciones para que determinadas preguntas pudieran emerger. Cuestiones que la vida cotidiana tiende a ocultar. No obstante, del mismo modo las comunidades religiosas experimentan la presión de la cultura del entretenimiento.
Cabe preguntarse si una tradición espiritual puede sobrevivir cuando adopta esa lógica. Porque la religiosidad no se vincula a una práctica que nació para distraer. Surgió para interpelar. Me atrevería incluso a ir un paso más allá. Estoy convencido de que la relación con Dios no se mide por la intensidad de la emoción mediática que nos produce un servicio religioso. Se evalúa en la capacidad cotidiana de hacerse cargo del otro.
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Lo mismo sucede con el arte. Toda obra significativa no busca ocupar épocas efímeras. Procura transformarlas. No pretende distraernos de la realidad. Proyecta revelarla.
Una cultura obsesionada con la estimulación permanente corre el riesgo de perder la capacidad de resquebrajar sus propias certezas. Necesitamos volver a trabajar nuestra relación con el tiempo, pero también con la atención. Sin paciencia no hay explicaciones profundas, pensamientos, experiencias del alma ni creaciones artísticas.
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El centro del problema no es el aburrimiento. Es nuestra necesidad de huir de los cuestionamientos importantes, cuyas respuestas rara vez se muestran de inmediato. Por eso, un elogio del aburrimiento no es una defensa de la apatía ni una condena de la alegría. Es una manera de resistencia. Una invitación a elevarnos. Una convocatoria sensible al refinamiento de nuestra esencia. Una reivindicación del valor del tiempo, cuya velocidad ha sido colonizada por la exigencia de producir, consumir o entretener, bajo la lupa del peor significado que se le atribuye a la palabra “vacío”. Porque en definitiva “aburrimiento” es el calificativo contemporáneo que denota un estorbo. Sin embargo, puede convertirse en una suspensión momentánea de las demandas del mundo que habilita a que afloren interrogantes, lecturas, encuentros, motivaciones y formas de interioridad que la lógica del entretenimiento perpetuo tiende a expulsar.
* Rabino. Co presidente del Instituto del Diálogo Interreligioso (IDI)