Miércoles 27.05.2020

El puente del amor en Sarajevo

Por: Jesús M. Silveyra

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Todavía se escuchan los disparos sobre el puente Vrbanja de Sarajevo. Ocurrió un 19 de mayo de 1993. Veintisiete años después, no se sabe de dónde vinieron. Que si fueron los francotiradores del lado bosnio o del serbio. Los cierto fue que una bala artera penetró en la cabeza de Bosko y otra en el pecho de Admira. Ambos cayeron en el puente sobre el río Miljacka, que corta la ciudad milenaria enclavada en los Alpes Dináricos. Bosko falleció en el acto. Admira, unos minutos después, luego de arrastrarse hasta el cuerpo de su amado, tomarlo de la mano y abrazarse con él. La madre de Admira, siempre ha dicho que estaban “locos de amor, el uno por el otro. Que su hija le decía que sólo una bala podría separarlos”. En este caso, las balas los unieron y estuvieron sus cuerpos casi ocho días pudriéndose al sol, porque ninguno de los dos bandos se animaba a retirarlos del puente por temor a ser abatidos. Es que, paralelo a la costa del río, estaba el llamado “Corredor de los Francotiradores”, una avenida a la que disparaban desde ambos lados durante la sangrienta guerra de Bosnia que se extendió durante casi tres años y se cobró más de once mil vidas en esta ciudad.

Bosko Brikc, era de origen serbio y cristiano ortodoxo. Admira Ismic, de origen bosnio y familia musulmana. Una pareja mixta de las que tanto abundaban en Sarajevo hasta que estallara el conflicto, luego del desmembramiento de la ex Yugoslavia. Se habían conocido en la escuela secundaria y el primer beso se lo dieron en 1984, cuando se celebraron los Juegos Olímpicos de Invierno en la ciudad. En ese momento, nadie suponía que el odio ancestral entre musulmanes y cristianos, fueran estos católicos croatas u ortodoxos serbios, estallaría  otra vez en la piel de la península Balcánica. Durante la época de dominio de Josip Broz Tito, se había logrado cierta convivencia entre etnias y religiones bajo la utopía socialista, y reinaba una cierta paz en aquél macizo convulsionado de montañas rodeado de mares, mezquitas, iglesias, sinagogas e historias fantásticas sobre el paso de los romanos, turco-otomanos y austro-húngaros.

Los jóvenes tenían 25 años y se habían jurado un amor eterno desde los 16, pasara lo que pasase. No se habían casado aún pero estaban conviviendo en un departamento en el barrio de las colinas que ocupaban en su mayoría los bosnios de origen serbio. Ese barrio había sido acosado constantemente por bombardeos y la madre de Bosko (que era viuda con dos hijos) había que tenido que mudarse en tres ocasiones, la última vez, a la casa de los padres de Admira que quedaba en la otra punta de la ciudad. Hasta que un día, tomó la decisión de abandonar Sarajevo hacia tierras ocupadas por los serbios. A pesar de la decisión de su madre, Bosko permaneció en la ciudad por el amor que se tenían con Admira.

Más de un año había transcurrido desde aquél estallido de la guerra el 6 de abril de 1992. Bosko no quería luchar en ninguno de los dos bandos; ni contra los serbios, porque se sentía parte de ese pueblo; ni contra los bosnios musulmanes y croatas que defendían la ciudad, por el amor que le tenía a la joven Admira y a Sarajevo. Antes de la guerra, tenía un pequeño comercio de venta de alimentos. Después, se vio obligado a entrar en el negocio del mercado negro para subsistir, con la protección de algunos amigos bosnios que dominaban ahora la resistencia de la ciudad. Mientras tanto, Admira estudiaba, se querían, e ilusionaban con que la guerra pronto acabase y podrían tener hijos formando una familia.

Sin embargo, luego de la huida de su madre, con amigos serbios que se habían pasado al bando que asediaba la ciudad, cortando los suministros de agua, energía y alimentos, y con algunas denuncias de ser colaboracionista con el VRS (ejército de los bosnios serbios), Bosko tenía que irse. Ambos decidieron huir juntos de Sarajevo. Admira, pese a los consejos de sus padres por el riesgo que correría viviendo del otro lado, estaba decidida a seguir a Bosko. El amor, para ellos, era más fuerte que el odio y que la muerte. "Aún queda gente que sigue sin entender la grandeza de su muerte", diría tiempo después Zijah Ismic, el padre de Admira. "Bosko permaneció en Sarajevo por amor y ella quiso devolverle su cariño huyendo juntos a zona serbia".

Todo se planeó a través de un amigo musulmán de la familia de Bosko, quien encabezaba la resistencia bosnia en la ciudad y solía intercambiar prisioneros con el VRS. Saldrían por el puente Vrbanja, el 19 de mayo por la tarde. Habría un alto al fuego y los dejarían pasar sin que dispararan los francotiradores de ambos lados. No podía haber confusión ni riesgo. Todo estaba acordado en un salvoconducto oral entre enemigos. Se despidieron de los padres de Admira y de la abuela. Cargaron dos mochilas hasta con alguna ropa de invierno, cuando estaban entrando en verano. Tal era la confianza de cruzar ilesos del otro lado. Admira le escribió una postrera carta a su madre, recordándole su amor y pidiéndole que cuidara en su ausencia del gato. Y así, vestidos con jeans y zapatillas partieron con la esperanza puesta en una vida mejor, juntos, amándose por encima de aquella guerra sin sentido que había puesto a amigos y vecinos, unos contra otros.

Llegaron hasta el puente y cuando lo estaban por cruzar, mirando las aguas del río que corrían hacia el verano que se avecinaba, sintieron en carne propia los disparos. ¿De dónde? ¿Por qué? Bosko no encontró respuestas en su fuerte caída e inmediata muerte. Admira, segundos después, tomándose el pecho y arrastrándose hasta el cuerpo de su amado, habrá pensado que la guerra enceguecida por la sangre no podía permitir ese acto tan puro del amor. Tenía que convertirse sólo en un triste recuerdo y utopía. Porque el odio estaba sediento de venganzas ancestrales inexplicables y, por lo tanto, los corazones deberían detenerse en el tiempo, sobre el puente, riéndose de la posibilidad de amar en medio de semejante conflicto, en la hoy capital de la República de Bosnia-Herzegovina.  Sarajevo, el “palacio del Gobernador”, según la etimología turca; la “Jerusalén de Europa”, según fuera llamada por la convivencia entre etnias y religiones; no podía darse ese lujo del amor. Al contrario, debía este puente, recordar la historia del cercano “puente Latino” donde dio comienzo la Primera Guerra Mundial, cuando los fanáticos del nacionalismo serbio atacaron al heredero del trono austro-húngaro, el archiduque Francisco Fernando.

Pero los cuerpos, desafiando la historia, permanecieron tendidos sobre el puente entrelazados, formando como un “V” de la victoria sobre una muerte, sinsentido y descabellada. Ocho días después, de noche, los serbios los retiraron hasta su zona de influencia y allá le dieron sepultura, en una tumba común, frente a la madre de Bosko. Tres años después, gracias a los acuerdos de paz de Dayton que le dieron forma a la República, uniendo la Federación de Bosnia y Herzegovina (de mayoría bosnio musulmana) con la República Srpaska (de mayoría serbio bosnia), los restos de ambos fueron trasladados al cementerio León de Sarajevo, donde hoy descansan. Sobre la tumba, colocaron un corazón de piedra con los rostros de ambos.

Esta historia de amor tuvo muchas repercusiones, que se convirtieron en libros, canciones, obras de teatro y documentales. Algunos la llamaron: “Romeo y Julieta de los Balcanes”, no por el odio que existiera entre sus familias, porque no lo había, sino por aquella semejanza con los capuletos y montescos, entre serbios ortodoxos y bosnios musulmanes. Sin embargo, para otros, serán siempre: “Bosko y Admira, los dos amantes que huyeron de la guerra hacia la vida eterna, por el puente de la esperanza”.
En junio de 2015, cuando el Papa Francisco hizo una visita relámpago de un día a Sarajevo, recorrió el “Corredor de los Francotiradores” junto al río Miljacka, yendo en camino hacia el Palacio Presidencial. Dicen que la comitiva se detuvo frente a la iglesia de San José y al puente Vrbanja. Al mirar hacia el puente, le refirieron al Papa brevemente la historia de Bosko y Admira, muertos allí por amor. Minutos después, el Papa exclamaría frente a las autoridades de la Nación, refiriéndose a Sarajevo como la “Jerusalén de Europa”, encrucijada de culturas, naciones y religiones, que era necesario que “se construyan siempre nuevos puentes y que se sane y restaure los ya existentes”.

(*) El autor es escritor. Su último libro publicado es “Al tercer día” (Amazon)

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