ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA.

A los enojados con Francisco.

Por: P. Guillermo Marcó

A raíz del envío de un rosario a Milagro Sala y su gesto adusto al recibir al presidente Macri, muchos argentinos se enojaron con el Papa. Conviene separar al pontífice, custodio de la doctrina, del ciudadano y de sus opiniones.
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En los últimos días han llovido opiniones encontradas sobre el Papa Francisco luego de que le enviara un rosario a Milagro Sala y recibiera en el Vaticano al presidente Mauricio Macri. Una conocida mía escribió en Facebook: “quiero cambiar de religión”. Es evidente que hay mucha gente molesta y hasta encolerizada por las actitudes del pontífice en relación con el quehacer político y social de su país. Modestamente, desde mi experiencia personal de haber trabajado con él tantos años -lo que me ha permitido conocerlo bien-, quisiera poner un poco de calma en medio de la tempestad.

En primer lugar, no son pocos los que piensan que las personas consagradas no deberíamos tener defectos. Pero la santidad a la que estamos llamados es un proceso constante de conversión, que implica también reconocer el propio límite. El Papa está comprendido también en esta regla general: es un hombre que aspira a la santidad. Cuando amanece quiere ser mejor de lo que fue ayer, y cuando concluye el día, en el silencio de su habitación –ante el buen Dios-, pide perdón por sus pecados.

El primer Papa, el apóstol Pedro, fue el primer apóstata público de Jesús. Ante una mujer que le pregunta por su relación con Él, en el patio del Pretorio, negó tres veces conocerle. Salvo San Juan, el resto huyó cuando lo apresaron en Getsemaní. Judas, otro de los elegidos por el Señor, lo vendió por treinta monedas. Sin embargo, ¿qué hizo el Señor una vez resucitado?: los volvió a elegir, salvo a Judas que cometió el pecado más grave, se desesperó y se ahorcó, sino muy posiblemente Jesús lo hubiese perdonado también. Quien exige una conducta intachable a los que consagramos nuestra vida al Señor, posiblemente nunca meditó a fondo sobre estas cuestiones.

Retomando el argumento del principio, no hace falta cambiar de religión porque no nos gusten algunas de las actitudes del Papa. Los cristianos basamos nuestra fe en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esa fe la hemos recibido por la trasmisión que hizo la Iglesia en su misión apostólica a lo largo de los siglos, encomendada de forma particular a Pedro y a sus sucesores, como cabezas visibles de esa misión: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Los católicos debemos al Papa la guía en cuestiones doctrinales acerca de la fe y la moral, nos guiamos por su magisterio, que se expresa en sus documentos.

Las simpatías o antipatías del Papa respecto de las personas son una cuestión personal de él, no tocan mi fe ni me obligan en nada (y, para ser sincero, no me interesan más allá de la curiosidad). A los que se sorprendieron de su gesto adusto al recibir al presidente de la Nación les sugiero que busquen fotos de él cuando estaba en Buenos Aires: era su gesto habitual. Que al Papa le guste o disguste un político les debería importar poco, ya que no están obligados a sentir o pensar como él.

Quizás esto ayude a que los argentinos dejemos de mirar tanto al Papa y volvamos los ojos a nuestro interior para saber qué hacer con lo que nos pasa, con esa pasión que pasa del amor al odio de manera tan visceral, y que nos lleva a cambiar convicciones tan profundas como puede ser la fe en Dios, por un rosario mandado a Milagros Sala, o la cara de poca simpatía en el encuentro con Macri. Lo dice alguien que fue víctima de la tensión entre el entonces cardenal Bergoglio y los Kirchner y que, aunque me enojé en su momento por una cuestión, pude hablarlo con él con franqueza y no perderme por eso la relación con una persona que tiene actitudes evangélicas en tantas otras situaciones. Es lo uno y lo otro, santo y pecador, como vos y como yo, y por eso también pide que recemos por él.