Miércoles 29.06.2022

PRIMER SACERDOTE ARGENTINO BEATO -autor: Guillermo Villareal

Brochero: el cura de una fe que movió montañas

Con el solo auxilio de su mula, el religioso cordobés escalaba sin descanso las sierras para anunciar la palabra de Dios a los más humildes.
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José Gabriel del Rosario Brochero, el Cura Brochero, fue un evangelizador infatigable. En términos hoy en boga, diríamos que fue un discípulo y misionero que llevó el Evangelio en lomo de mula hasta las periferias de su tiempo y que entregó su vida para atender principalmente las necesidades espirituales, pero también las materiales de los sectores más humildes en las sierras de Córdoba. Al punto que está por convertirse en el primer sacerdote argentino en ser beatificado.
Nacido en 1840 en la localidad cordobesa de Villa Rosa, Brochero será proclamado beato este sábado luego de décadas del estudio de su vida y de que el Vaticano estableciera que Dios obró un milagro por su intercesión: la curación sin explicación médica de un niño que sufrió en 2000 un grave accidente automovilístico en Córdoba y cuyos padres le rezaron desesperadamente al cura gaucho.
En verdad, el “gran milagro” de Brochero fue haber movilizado a miles de hombres y mujeres (campesinos, delincuentes, olvidados) a través de caminos inhóspitos para participar de ejercicios espirituales, primero en la capital cordobesa, lo que demandaba tres días de marcha, y después en una casa propia en la serrana Villa del Tránsito. Eran retiros que llegaban a durar hasta nueve días. Además, de los grandes progresos en caminos y comunicación que gestionó para su zona como de la infraestructura religiosa y educativa que dejó, si bien su mayor empeño estuvo en la atención espiritual. Todo ello fue motivo suficiente para que la Conferencia Episcopal Argentina pidiera en reiteradas oportunidades a la Santa Sede que agilizara su proceso de canonización, a fin de proponerlo como modelo de vida sacerdotal concreto a quienes se preparan en los seminarios y, al mismo tiempo, patrono de los sacerdotes argentinos. El sacerdote jesuita Julio Merediz, vicepostulador de la causa, afirma que “la obra de la casa de ejercicios, que aún hoy perdura, es una especie de  ‘milagro moral’ porque para nosotros, los creyentes, ‘Dios estuvo allí’, si bien para que se considere milagro –requisito para la beatificación- tiene que verse abismalmente la ‘acción  divina’ más allá de la acción humana extraordinaria y de la ciencia”.
El epicentro de la misión de Brochero fue la Villa del Tránsito, a cuya sede se trasladó en junio de 1872, luego de que San Alberto recupera su extensión territorial al suprimirse el curato de “El Tránsito”. Consustanciado con el éxito que los ejercicios espirituales de los jesuitas supieron tener en los valles calamuchitanos, Brochero intentó reeditarlos, principalmente en los poblados donde la religiosidad había menguado o las prácticas cristinas se habían olvidado. Con su particular carisma para inculcar la fe sin hablar de ella, encaró la denodada tarea de conseguir gente que quisiera participar de aquellos ejercicios. La  empresa no era fácil. Si bien algunos tenían voluntad de hacerlo, les era difícil
dejar los rancheríos por tanto tiempo. Otros se negaban con obstinación, hasta que el cura lograba convencerlos. Cuentan el caso de un vecino al que Brochero le ganó por cansancio, a pesar de que el hombre descargaba una sarta de improperios antes de decirle “no”. A lo que el sacerdote respondía, quitándose el poncho y mostrándole la cruz: “Insúltalo ahora a éste”, decía.
El pueblerino cumplió su palabra de acompañarlo a Córdoba, pero -relata monseñor LuisLeal, contemporáneo a Brochero– el cura debía darle de tanto en tanto un trago de ginebra para que no desistiera y regresara a la Villa. Muchos paisanos lo acompañaron en esa caravana de 30 leguas (150 km.) de camino inexistente y con no pocas inclemencias climáticas, en las que su animación era vital para cumplir aquella proeza movida por la fe que sorprendía a los capitalinos de Córdoba. El primer contingente de ejercitantes fue recibido con algarabía a su regreso y, sin descuidar detalle, logró que fueran el ejemplo para muchos otros, cada vez más numerosos, cada vez más sorprendentes. Pero las enormes dificultades que demandaba el trayecto hasta la capital llevaron a Brochero a construir una casa de ejercicios en El Tránsito. Proyecto que recién se concretó en 1877. El celo pastoral de Brochero fue tal que no midió las consecuencias de la lepra que había invadido la región. Así, compartía mates con los enfermos, que terminaron  contagiándolo. La dolencia era digna de espanto en aquella época, por lo que hasta sus amigos comenzaron a dejarlo solo. Pero estar enfermo, ciego, sordo y pobre no eran para él una limitación, sino una prueba más de tantas. Brochero se preparó “santamente” para la partida definitiva: “Aunque el demonio busque algo de mí, se equivoca; todo está pagado  por la sangre de Jesucristo”, cuenta el historiador Efraín Bischoff. La muerte lo sorprendió el 26 de enero de 1914 en Villa Tránsito, el pueblo que hoy lleva su nombre. El deceso se produjo en la humildad de siempre, en su cama y con sotana puesta, antes de balbucear –con las cuentas del Rosario entre sus dedos– palabras muy propias de su estilo campechano: “¡Ahora, puestos los aparejos, estoy listo para el viaje!” “La obra evangelizadora del cura Brochero -escribió el recordado obispo Jorge Novak- su preocupación por llevar la palabra  de Dios a todos los rincones de su territorio pastoral y a todas las edades, su preocupación por el hombre, por su familia y el trabajo, concretada en colegios, caminos, acequias, su generosa dedicación a las almas en la atención sacramental; su alegre y confiado seguimiento de Cristo, aun con el peso de la cruz de la ceguera y de la enfermedad; su filial devoción a la Santísima Virgen, todo ello lo presenta como modelo de evangelizador”.