EL FLAGELO DE LA DROGADICCION

Con la ayuda de Dios

Por: Sergio Rubin

Lo espiritual y, en particular, la fe posibilitan los más altos porcentajes de recuperación de adictos en las comunidades terapéuticas. La propuesta de católicos y evangélicos.
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La situación es alarmante: el consumo de drogas se disparó en el país en la última década. Del 1 % de la población entre 15 y 65 años que consumía algún tipo de drogas  se pasó a casi el 10 %. Dicho de otra forma: unos tres millones de argentinos ingieren  algún tipo de sustancia tóxica. La Argentina ya ocupa el primer lugar en el consumo
de cocaína y marihuana en la región, mientras que el paco hace estragos entre los más pobres (y empieza a ser consumido en sectores de clase media). En ese contexto -que patentiza la urgencia de una gran acción preventiva en la que debe involucrarse toda la sociedad-, la demanda de tratamiento para la recuperación de adictos crece constantemente. Paralelamente, se multiplican las comunidades terapéuticas, tanto ligadas a confesiones religiosas como las surgidas de la sociedad civil, que procuran -con diversos resultadosrecuperar a los adictos. Y si bien la rehabilitación exige un  abordaje multidisciplinario, funcionarios del SEDRONAR y otros expertos coinciden en que las terapias que ponen más énfasis en lo espiritual -y, en particular, en lo  religioso son las que logran un porcentaje mayor de rehabilitaciones.
Para los especialistas, los mejores resultados que obtienen los tratamientos que hacen especial hincapié en el afecto, los valores y la fe se explican porque los adictos centralmente arrastran una falta de amor, se sienten incapaces de afrontar los problemas -se evaden con la droga- y  carecen de un sentido para su vida. “Nosotros creemos que el problema de las  adicciones implica una respuesta biopsico- social y espiritual, pero estamos convencidos de que esta última es determinante porque va al fondo de la cuestión”, señala Horacio Reyser, coordinador de la comisión de Drogadependencia del Episcopado. “Lo espiritual -dice- tiene que ver con las cuestiones más íntimas del ser humano como los sentimientos y la sensibilidad, y con aspectos tan profundos como la esperanza y la fe, permitiendo la realización como personas”. En ese sentido, dice que “lo espiritual es lo que nos da la fortaleza para enfrentar los desafíos de la vida, aceptando el esfuerzo y aun el sacrificio que sean necesarios, y es lo que nos mueve a vivir una vida digna en libertad, lejos de la esclavitud de las drogas”.
La comisión de Drogadependencia
del Episcopado lanzó en 2007 una estrategia nacional para colaborar en la prevención de las adicciones. Incluso consensuó con otras confesiones religiosas y numerosas ONG un Programa Nacional de Educación y Prevención del Uso Indebido de Drogas, que fue sancionado por el Congreso en 2009. Esa ley, que incluye charlas en los colegios, increíblemente, todavía no fue implementada. La estrategia de la Iglesia no se limita a la prevención, sino que incluye la atención a los adictos y sus familias. De hecho, muchos familiares de drogadependientes acuden a las parroquias en busca de ayuda. Y, si bien aún no existe un registro, se estima que suman ya varias decenas las comunidades terapéuticas de cuño católico. “Queremos acompañar a aquellos que cayeron en la droga con afecto y respeto a través de propuestas asistenciales adecuadas”, dice la hoja de ruta del Episcopado. Al respecto, otro de sus expertos, el padre Jorge García Cuerva, apunta que “es claro que lo espiritual es un aspecto de la persona tan importante que un tratamiento que no lo tenga en cuenta resulta incompleto”.
Una de las comunidades terapéuticas católicas con mayor porcentaje de recuperados es la Fazenda de la Esperanza: llega nada menos que al 84 %. Surgida en Brasil hace 29 años, saltó a los primeros planos informativos en 2007, cuando Benedicto XVI viajó a ese país con ocasión de la Conferencia de Obispos de Aparecida y visitó una de sus sedes. Con 87 comunidades en 14 países, cinco de ellas en la Argentina (donde se sumarán en breve otras seis), la atención que brinda La Fazenda de la Esperanza, además de basarse en el trabajo como autosostenimiento y la convivencia en pequeñas casas, apunta a una espiritualidad que hunde sus raíces en el Evangelio, si bien respeta todas las creencias y la increencia. En una reciente visita al país, sus fundadores, Hans Stapel y Nelson Giovanelli, explicaron que su obra se inspira en el espíritu franciscano, orden a la que pertenece el primero, y en el focolar, movimiento que integra el segundo. “La droga se cura  en un año, pero el alma no; por eso, apelamos a los valores evangélicos como el perdón y la caridad”, señaló Stapel. 
Con más de 150 centros de prevención y rehabilitación en todo el país enmarcado en el programa Vida, los cultos evangélicos también obtienen un alto índice de recuperación al sumarle a la asistencia sanitaria, la específica apelación a la fe. “Inicialmente se descreía bastante de la espiritualidad y, en particular, de un conocimiento de Jesús,  como factor terapéutico, pero en la actualidad, a la luz de los resultados, es considerada un factor clave en el proceso de recuperación de adictos”, dice el vicepresidente de la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas (ACIERA), el pastor Gastón Bruno. Según Bruno, el propio SEDRONAR reconoció en su momento que el porcentaje de recuperados en las comunidades terapéuticas evangélicas “es muy superior” al de las que dependen del Estado. Tras señalar que dictan regularmente un curso de Operador
Socio Terapeuta Espiritual en Adicciones, precisa que “muchos de los que trabajan en la recuperación son ex adictos que experimentaron un cambio radical de vida a partir de una experiencia personal con Jesucristo”. Frente al avance de las adicciones, el servicio de las comunidades terapéuticas que enfatizan la espiritualidad -e, incluso, proponen
la fe (respetando la conciencia de cada uno)- adquiere una singular importancia por sus buenos resultados. Al fin de cuentas, no están haciendo otra cosa que yendo al fondo del problema.