JUDAISMO

Con sólo parecer bueno no alcanza

Por: Daniel Goldman

La bondad debe expresarse en acciones concretas, con un proceder ético y solidario.
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Como nos recuerda Tzvi bar Itzjak, la cuenta del Omer nos aproxima al momento fundante del pueblo hebreo a través de la entrega de los 10 mandamientos en el monte Sinaí.
Este acto nos recuerda que la humanidad no hubiese sido la misma sin la expresión de esta decena de máximas que nos indican el respeto por la existencia y la ayuda para otorgarle contenido a nuestra vida.
Si tuviese que resumir el mensaje de la tradición judía en pocas líneas, diría que no alcanza con intentar ser una buena persona, sino con actuar acorde a la traducción de esas intenciones en acciones concretas, para primero ser seres con un proceder ético, dignificando nuestras conductas cotidianas, para hacer por último de este universo un lugar realmente diferente.
Es ahí donde los 10 mandamientos imprimen, en cada generación, una suerte de pacto con lo divino para mejorar la sociedad en la que vivimos, transformando Su palabra en un diálogo permanente.
Por otro lado ¿existen mandamientos más importantes unos que otros?
Fíjense que interesante: mientras hoy consideraríamos que los más relevantes son "no robar" y "no matar", vale la pena comentar que los intérpretes bíblicos de la edad media destacaban por sobre todos el de "honrarás al padre y a la madre", ya que en la imagen de nuestros progenitores está instalada la aspiración divina de brindar vida, honrando profundamente nuestro origen, es decir nuestro pasado, para reconocer los errores y emular los aciertos.
Relatan los sabios que en el Sinaí, antes de otorgarle Dios las tablas de la Ley al pueblo de Israel, le exigió una garantía para tal entrega.
Cielo y tierra – respondió Moisés–, y Dios no aceptó. Los ríos y mares, añadió Moisés, y Dios lo rechazó.
Hasta que finalmente dijo: ¡Los niños! Y ahí el Creador con regocijo proveyó el legado.
Paradójicamente si la síntesis de los 10 mandamientos es la honra a los padres, son nuestros hijos la garantía para que la palabra de Dios pueda ser dada, efectivamente, como cimientos en la edificación de un mundo mejor.