EL ARGENTINO QUE LLEGO A PONTIFICE

De cardenal a Papa, paso a paso

Por: Sergio Rubin

Hasta hace poco más de una década el ahora ex arzobispo porteño era un desconocido en el catolicismo mundial. Pero a partir de su papel en un sínodo de obispos fue ganando un prestigio que lo llevó a recibir una avalancha de votos en el último cónclave.
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La elección del cardenal Jorge Bergoglio como Papa sorprendió porque, a diferencia del cónclave anterior -cuando fue electo Joseph Ratzinger-, en que era visto como papable, esta vez los vaticanistas no lo consideraban candidato. Al menos, no lo contaban entre los principales. Sin embargo, el camino de Bergoglio hacia el trono de Pedro se inició hace más de una década a partir de la creciente valoración de los demás cardenales y obispos hacia su persona por su gran espiritualidad, su lúcida concepción de la Iglesia en el mundo actual y, por cierto, su humildad y austeridad, que -ahora convertido en el Papa Francisco- tanto cautivan a los fieles y al mundo en general.
El comienzo del ascenso de Bergoglio a lo más alto de la Iglesia hay que buscarlo en un sínodo de obispos celebrado en el Vaticano en octubre de 2001. El argentino -hasta entonces un desconocido a nivel internacional- era el relator adjunto, pero como el relator titular, el arzobispo de Nueva York, cardenal Edward Egan, debió ausentarse para participar de un homenaje a las víctimas del atentado a las Torres Gemelas al cumplirse un mes, Bergoglio quedó como conductor de las sesiones. Todos coinciden en que dejó una excelente impresión. De hecho, fue el más votado entre los 252 padres sinodales para integrar el consejo post sinodal en  representación del continente americano.
Poco tiempo después –recogiendo el sentir de muchos cardenales y obispos- el prestigioso vaticanista Sandro Magister escribiría en el semanario italiano L’Espresso un artículo sobre Bergoglio que bien podría calificarse de profético. Allí vaticinaba que, si entonces hubiera un cónclave, el argentino cosecharía “una avalancha de votos” que muy probablemente lo consagraría pontífice. “Tímido, esquivo, de pocas palabras, no mueve un dedo para ‘hacerse campaña’, pero justamente esto es considerado uno de sus grandes méritos”, afirmó. Y completó: “Su austeridad y frugalidad, junto con su intensa dimensión espiritual, son  datos que lo elevan cada vez más a su condición de papable”. El pronóstico de Magister no resultó muy errado. En el cónclave celebrado en 2005 para elegir al sucesor de Juan Pablo II, Bergoglio tuvo una excelente performance. Pese a que la elección de un Papa es algo muy secreto, en aquel momento trascendió que había cosechado 40 votos, siendo el segundo más votado después del cardenal Ratzinger, a la postre Benedicto XVI. Nunca, no ya un argentino, sino un latinoamericano había obtenido tantos votos para pontífice. Es cierto que la declinación del progresista Carlo María Martini como candidato por problemas de salud lo favoreció, pero -sea como fuere- Bergoglio protagonizó un batacazo.
Dicen que el argentino –gran cultor del bajo perfil- sufrió mucho en aquel cónclave al ver cómo aumentaban los votos hacia él. Pero el hecho de que Ratzinger haya tenido desde la primera votación más sufragios -era visto como el gran heredero de Karol Wojtyla-, y ante la posibilidad de que su candidatura bloqueara la elección -ya que dificultaría que el alemán llegara a los dos tercios requeridos para ser Papa-, Bergoglio pidió que su votos fueran a quien luego se convertiría en Benedicto XVI. Su gesto, sobre todo el haberlo hecho prontamente, cayó muy bien y le sumó otro blasón.
Dos años después, con ocasión de la V Conferencia de Obispos de América Latina y el Caribe, realizada en Aparecida, Brasil, quedó claro que la figura del argentino seguía ascendiendo en la consideración de sus colegas. Fue elegido por amplísima mayoría presidente de la estratégica comisión redactora del documento final, una responsabilidad por demás relevante si se tiene en cuenta la trascendencia de los pronunciamientos de conferencias anteriores como las de Medellín y Puebla. Además, cuando le tocó celebrar la misa diaria -fue uno de los 30 que la oficiaron a lo largo del mes que abarcó el encuentro-, su homilía fue la única que recibió un estruendoso aplauso.
Con la renuncia de Benedicto XVI al papado, muchos pensaron que Bergoglio –que había elevado su renuncia como arzobispo de Buenos Aires en diciembre de 2011 por haber llegado a la edad límite de 75 años- esta vez no sería candidato a Papa, sino una suerte de “kingmarker”, o sea, alguien que ejerce gran influencia en la orientación del voto. Pero hubo varios hechos que comenzaron a perfilar su candidatura. Por lo pronto, esta vez no había un sucesor claro. Y los que se mencionaban como grandes papables –el italiano Angelo Scola y el brasileño Odilio Scherer- eran más hipótesis de los medios que candidatos en condiciones de alcanzar los dos tercios de los sufragios.
En los plenarios de cardenales previos al cónclave fue quedando claro que hacía falta un Papa sin compromisos con la curia romana -muy cuestionada- como para tener la libertad para reformarla, que impulsara una mayor colegialidad y que diera un renovado impulso a la tarea evangelizadora ante la pérdida de fieles y la escasa práctica religiosa. El perfil de Bergoglio parecía encajar bien. Si alguna duda quedaba, se despejó cuando Bergoglio hizo su ponencia. Allí el argentino destacó la importancia de que la Iglesia salga al encuentro de la gente, que deje de mirarse el ombligo (la autorreferencialidad que la enferma) y escape de la mundanidad (que vacía su dimensión espiritual). Finalmente, en la Capilla Sixtina, el escrutino de la primera votación evidenció que la candidatura de Bergoglio había picado en punta: más de 30 votos. La cosecha fue imparable. En la quinta superó holgadamente los 77 sufragios necesarios: más de 90. La sorpresa que causó la elección del argentino tenía su explicación.