En los saludos en italiano, después de la bendición apostólica, León XIV, vivamente emocionado, compartió su alegría por el anuncio de la tregua USA-Israel-Irán: "Acojo con satisfacción y como signo de viva esperanza el anuncio de una tregua inmediata de dos semanas", expresó.
A su vez, puntualizó que "solo a través del regreso a las negociaciones se puede alcanzar el final de la guerra”. Y este sentido exhortó “a acompañar en este tiempo al dedicado trabajo diplomático con la oración, deseando que la disponibilidad y el diálogo puedan ser instrumentos para resolver estas situaciones de conflicto en el mundo".
El martes, el presidente estadounidense Donald Trump amenazó en redes sociales con erradicar por completo la civilización iraní. Esa misma noche, León XIV calificó esto de "inaceptable" ante la prensa. Sin embargo, posteriormente Trump rectificó y aceptó una propuesta de mediadores pakistaníes, quienes buscan iniciar negociaciones entre Teherán y Washington durante un alto el fuego de dos semanas en Irán.
"Les pido que acompañen con sus oraciones este momento de delicados esfuerzos diplomáticos", dijo el Papa y volvió a invitar a los presentes en Plaza San Pedro y a todas las personas que lo deseen, a participar en la vigilia de oración por la paz del día 11 de abril, en la Basílica de San Pedro.
Previo a estos saludos, el Papa recorrió en el papamóvil la Plaza, bendiciendo a la multitud de peregrinos y saludando a todos los fieles con afecto.
En su catequesis de hoy, 8 de abril, durante la audiencia general, volvió a abordar los temas de la constitución conciliar Lumen gentium, donde se habla de la vocación universal a la santidad, y reiteró que la santidad es un don que hay que acoger con alegría y compromiso. Insistiendo en que, de hecho, el camino hacia la santidad se ofrece a todos, subrayó en que no se trata solo de un compromiso ético, sino de la esencia misma de la vida cristiana.
Todos los creyentes, por tanto, explicó el Papa, están llamados a la santidad, y a su núcleo más profundo y constitutivo: la caridad. No es algo reservado a unas élites, sino a todo el pueblo de Dios, detalló: “La santidad, según la Constitución conciliar, no es un privilegio para unos pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a tender hacia la perfección de la caridad, es decir, hacia la plenitud del amor a Dios y al prójimo. La caridad es, de hecho, el corazón de la santidad a la que todos los creyentes están llamados”.
El Pontífice precisó, siempre a la luz del documento conciliar, cuán importante es el martirio, culmen de la santidad. Un horizonte que no es ajeno a nuestros días, ni mucho menos, como se recuerda: “Todo creyente debe estar dispuesto a confesar a Cristo hasta la sangre, como siempre ha sucedido y sigue sucediendo hoy. Esta disposición al testimonio se hace realidad cada vez que los cristianos dejan huellas de fe y de amor en la sociedad, comprometiéndose con la justicia”.
Explicó además que todos los sacramentos, en particular la Eucaristía, contribuyen a la plena conformación a Cristo, “modelo y medida de la santidad”. Acertada la cita de San Carlos Acutis, que el Papa hizo al saludar a los peregrinos de lengua portuguesa: “Ante el sol uno se broncea. ¡Ante la Eucaristía uno se vuelve santo!”. La santidad, añadió León, es una misión cotidiana que hay que llevar a cabo con una conversión continua.
El Papa también destacó la dimensión de la santidad que va más allá de la mera adhesión a unas orientaciones morales, ya que la santidad, se podría decir, constituye el ADN del ser cristiano: “La santidad no tiene solo una naturaleza práctica, como si se redujera a un compromiso ético, por grande que sea, sino que atañe a la esencia misma de la vida cristiana, personal y comunitaria”.
León XIV citó a San Pablo VI cuando afirma que todos los bautizados deben “ser santos, es decir, verdaderamente hijos suyos dignos, fuertes y fieles”. Y luego ensalzó la vida consagrada, que tiene un “papel decisivo”. Recomendó, a este respecto, considerar la pobreza, la castidad y la obediencia no como prisiones: “Estas tres virtudes no son prescripciones que encadenan la libertad, sino dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se consagran totalmente a Dios”.
Explicó el sentido de cada una de estas virtudes: la pobreza libera “del cálculo y del interés propio»; la obediencia libera “de la desconfianza y del dominio”; la castidad “es la entrega de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de la Iglesia”.
A pocos días de la Pascua de la Resurrección del Señor, el Obispo de Roma invitó a contemplar de nuevo el sacrificio del Crucificado, a través del cual “¡todos somos redimidos y santificados!”.
Y aseguró: “No hay experiencia humana que Dios no redima: incluso el sufrimiento, vivido en unión con la pasión del Señor, se convierte en camino de santidad. La gracia que convierte y transforma la vida nos fortalece así en cada prueba, indicándonos como meta no un ideal lejano, sino el encuentro con Dios, que se hizo hombre por amor”.
Fuente: VN y RD