el anuncio del evangelio

Escuelas de misioneros

Por: María Montero

Cada vez más alumnos de los colegios de la Ciudad quieren misionar por los barrios y por el interior del país. Un sondeo de la Vicaría de Educación revela que la cantidad creció un 37 % en los últimos 5 años
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Cada vez más alumnos secundarios de esta capital participan de los grupos que misionan en barrios de la ciudad y en localidades del interior. Los últimos datos de la Vicaría de la Educación del arzobispado de Buenos Aires arrojan que el caudal de  jóvenes aumentó un 37 % en los últimos cinco años. En la Vicaría consideran que el documento de los obispos de la Conferencia de Aparecida, en 2007, dio un nuevo  impulso a la promoción de la vida misionera que desarrolla ese organismo con los colegios católicos.
La intención es educar hacia un proyecto de ser humano en el que habite Jesucristo y en la sensibilidad ante las necesidades del prójimo. De ahí que para  las escuelas católicas, la evangelización no sea un agregado pastoral, sino una  integración al resto de las materias del curriculum. El profesor José María del Corral, presidente del Consejo General de Educación del arzobispado, explica que “esto  responde a un cambio de una educación enciclopedista, que tiene que ver con la información, por un aprendizaje por inmersión, donde la experiencia les da a los  alumnos sabiduría, se sienten útiles entregándose a los demás, y recuperan su autoestima y el verdadero sentido que tiene la vida”.
El padre Juan Martín André, que acompaña a los grupos misioneros del Instituto Nuestra Señora de las Nieves, del barrio de Liniers, a la localidad de Allen, en Río Negro,  asegura que “los jóvenes experimentan una gran felicidad por el solo hecho de donar su tiempo y esfuerzo, cosa que no encuentran en muchas actividades de su vida cotidiana”. Y afirma que esta vivencia los lleva a cuestionarse su modo de vivir y “los hace madurar  al contemplar las realidades que viven otros que no forman parte de su entorno”. En su experiencia personal, el ser misionero fue determinante para decidir su vocación sacerdotal. Otro ejemplo es el de los alumnos del colegio San Martín de Tours, en Barrio Parque, donde además de ir a misionar a Cafayate, en Salta, dan apoyo escolar a niños de escuelas municipales del barrio porteño de Once, y actividades recreativas en el Saldías  de la villa 31. “No es necesario viajar a otros lugares para misionar”, opinan Andrés Grandi y Augusto Oli-vera, de 5º año de esa escuela. Para ellos, sólo hay que “tener  presente a Jesús todos los días en cualquier cosa que hagamos”. Aseguran que esa vivencia les hizo cambiar la forma de vivir y pensar, “tener una visión más global, menos egoísta, en definitiva, más madura.” Denisse Costa, del Instituto de las Nieves, coincide en que el grupo misionero colaboró con su proceso de crecimiento. “Los contenidos que tratamos en las reuniones semanales y el posterior debate me sirvió para admitir opiniones diversas y ampliar mi perspectiva sobre la realidad”, señala. Ex alumno de ese instituto, el profesor de teología Santiago Bellocq, experimentó su cambio más profundo a los 15 años, cuando fue a misionar a un barrio toba del Chaco, y se enfrentó con su cruda realidad. “Ver la condición en que vivía la gente, los chicos caminando descalzos por la tierra caliente, me pegó tanto que sentí que  no podía esperar para hacer algo por cambiar la realidad de mi país”, cuenta. Los posteriores viajes profundizaron esa sensibilidad, al punto de replantear su vocación. “Decidí abocarme entonces a la educación -agrega-, porque consideré que era uno de los espacios fundamentales para poder aportar a un cambio”. Hoy sigue acompañando a sus alumnos y dice que, compartiendo sueños, esperanzas y lágrimas con otros, puede sentir al Espíritu Santo que “te quema por adentro, te hace caminar kilómetros bajo la lluvia  para visitar esa última casa a la que nadie fue y entender de que hay un Dios que está realmente vivo, que te ama, y que vive en los hombres”.