Domingo 03.03.2024

EL PRIMER PAPA LATINOAMERICANO Y JESUITA

Francisco, el Papa para el cambio de época.

Por: Marco Gallo

De entrada dijo que quería una Iglesia “en salida” que abrace a todos, especialmente a los más pobres. Su clamor por la paz, los refugiados y el mediambiente. Y su lucha contra los abusos sexuales clericales y la corrupción de las finanzas vaticanas.
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Aquel 13 de marzo de 2013 cuando en Roma los cardenales eligieron al arzobispo de Buenos Aires Jorge Mario Bergoglio, Obispo de Roma y pastor de la Iglesia Católica y 266 sucesor del apóstol Pedro, fue una verdadera sorpresa. Sorpresa, porque después de la repentina renuncia de Benedicto XVI, se elegía a un pontífice que no provenía de Europa, sino por primera vez de América Latina y además primer jesuita en la historia de la Iglesia y anciano de casi 76 años de edad. La última sorpresa que nos reservó el entonces arzobispo porteño fue la elección novedosa del nombre, Francisco, como el santo pobrecito de Asís.

Estas premisas han marcado el pontificado del Papa Francisco. Pero su perfil pastoral ha caracterizado estos años. Primero la relación cálida y cercana con el “fiel y santo pueblo de Dios”, desde el comienzo con su saludo afectuoso y su predicación dominical de la Palabra de Dios, de manera sencilla pero profunda, interrogando la vida de cada fiel en los Angelus. Su decisión de no encerrarse en los Palacios Vaticanos sino vivir en Santa Marta, siempre en contacto con la gente, ha sido otro gesto novedoso. Un hombre, según su propia expresión, “blindado” por el Espítitu Santo, sin necesidad de otras garantías, que entra continuamente en diálogo con el hombre y la mujer de nuestro tiempo. Como ha afirmado el historiador Andrea Riccardi, Francisco ha sido el primer Papa de la globalización, que ha buscado en este sentido dar respuestas frente a un tiempo de gran cambio de época, también a nivel antropológico.

El Papa Francisco ha acuñado y hecho suya la expresión de “una Iglesia en salida”, una Iglesia que, saliendo de las sacristías y sin miedo, pudiera presentar al mundo la propuesta evangélica “sin glosa”, sin añadiduras. Esto es la alegría de evangelizar como ha transmitido en la “Evangelii Gaudium”. El sueño de Francisco de construir una Iglesia que abrace las periferias existenciales y geográficas de este nuestro mundo a partir de la centralidad de los pobres. Y aquí podemos notar como él mismo “ha salido” en más de cuarenta viajes pastorales para presentar el Evangelio de la paz y de la misericordia en tierras periféricas, como la República Centrafricana, cuando abrió la puerta Santa en el Jubileo de la Misericordia, o viajando a Lampedusa, periferia de Europa, al comienzo de su pontificado, para recordar el drama de los migrantes y de los refugiados y condenar “la globalización de la indiferencia”.


Hay un importante rasgo de misionaridad que él quiso dar a la Iglesia: el Evangelio no hay solo que proclamarlo sino vivirlo y testimoniarlo. En esta perspectiva hay que tener en cuenta cuántos mártires y testigos de la fe ha canonizado, incluso los tres pontífices que lo han precedido: Juan XXIII, Pablo VI , Juan Pablo II y la reciente beatificación de Juan Pablo I.

En la misma línea, los pobres han sido siempre otro centro de su preocupación. Cuando en el primer encuentro con los periodistas dice que sueña con “una Iglesia pobre para los pobres” no ha significado una afirmación formal sino el objetivo para dar una imagen verdadera de una Iglesia samaritana, hija del Concilio Vaticano II. Los pobres han sido en todos sus viajes pastorales uno de los actores principales. Pensemos en pueblos enteros reducidos a la pobreza, como la República Democrática del Congo o Bangladesh y Myanmar.

Él quiso dedicar a los pobres una jornada anual de reflexión y de encuentro: los descartados tienen ciudadanía plena en la Iglesia; son sus hijos queridos. Y aquí podemos recordar todo el tema de los ancianos y a quienes ha dedicado también una jornada mundial de memoria de los abuelos. El Papa Francisco quiso ser “la voz de los sin voz”, el vocero de los “dañados de la tierra”.

En la senda de Juan Pablo II, el papa Francisco ha profundizado y hecho realidad diaria la cultura del diálogo, sobre todo con las otras religiones y con el mundo de los no-creyentes. El espíritu de Asís ha empapado su pontificado, reflejado en los innumerables encuentros que ha tenido con la comunidad judía y con la comunidad islámica. El documento sobre la fraternidad humana, firmada con el gran Iman Al Tayyeb en Abu Dabhi, ha sido un hito fundamental de este diálogo que se han enriquecido con un prometedor encuentro con el Islam chiita y su máximo representante, Al Sistani. Con la comunidad judía se destaca la visita a Tierra Santa, al Muro de los Lamentos, al Yad Vashem y al campo de exterminio de Auschwitz. Han sido íconos inolvidables de su profunda condena del antisemitismo y del horror y del abismo de la Shoá.

Podemos afirmar que Francisco ha sido el Papa de “las dos pandemias”. La pandemia del Covid que se ha abatido sobre el mundo entero, dejando millones de muertos y un mundo profundamente desorientado. Frente a esto debemos destacar su discurso del 27 de marzo de 2020, donde, como un profeta desarmado frente a un mundo asustado y resignado pronunció aquellas célebres palabras “estamos todos en el mismo barco”.

La otra pandemia que ha marcado sus años de magisterio pontificio ha sido “la tercera guerra mundial a pedazos”. Frente a la guerra que, ante a la opinión pública mundial, parece devenir la lógica solución de los conflictos, la voz del Papa Francisco se ha levantado con fuerza, muchas veces, única en el concierto mundial. Sus repetidos llamamientos a la paz, durante la guerra en Siria y ahora en el conflicto bélico en Ucrania como asimismo por las guerras de baja intensidad en África; en este contexto ha condenado el comercio de armas y los nefastos negocios que convella. Su denuncia ha llegado a pedir la abolición de la guerra “como la peor derrota de la humanidad”.

Es indiscutible su preocupación por impulsar procesos de transparencia y ordenamiento a partir de las oscuras maniobras financieras en la Iglesia como también la continuidad con la tolerancia cero frente a los abusos del clero hacia los menores, iniciada por Benedicto XVI. Testimonio de esto ha sido la desaparición de la jerarquía episcopal chilena.

En fin el Papa Francisco hoy, a pesar de los achaques de su edad avanzada y su escasa movilidad, representa el mejor ejemplo de anciano “transmisor de la fe” y puente entre generaciones, signo de contradicción en un mundo que pierde los rasgos de humanidad. Tal como manifiesta su sueño de fraternidad universal con ternura y firmeza en la “Fratelli tutti”. ¡Gracias Papa Francisco!

* Director de la Cátedra Pontificia de la UCA y miembro de la Comunidad de Sant’Egidio