“JESUCRISTO ”, UNA PUESTA TEATRAL QUE IMPACTA

Jesús, en una vibrante interpretación

No es fácil recrear la figura central del cristianismo. El actor Mariano Mazzei, dirigido con destreza por Mariano Moro, sale airoso en un emotivo monólogo donde encarna sus momentos culminantes.
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No es tarea fácil para la literatura, el cine o el teatro abordar la figura central del cristianismo. ¿Cómo interpretar a quien nos emociona siempre por su extraordinaria cercanía y, al mismo tiempo, nos desconcierta por el infranqueable abismo de misterio que lo separa de nosotros? Inicialmente en un lugar que fue legendario del teatro independiente porteño -el Teatro del Pueblo, ahora en la sala La Comediase presenta un unipersonal titulado “Jesucristo”, escrito y dirigido con sensibilidad y mano diestra por Mariano Moro e interpretado  con notable fuerza por el actor Mariano Mazzei. Se trata de un extenso monólogo de Jesús de Nazaret, que comienza en la carpintería de José y concluye en el Gólgota, mientras ya crucificado le pregunta al Padre por su terrible e  incomprensible abandono.
Todo es despojado en la puesta. Sólo aparece un Cristo que va parafraseando sentencias evangélicas, otras del Antiguo Testamento y consideraciones existenciales del autor. Con convicción y simpatía, Jesús va relatando su propia historia y la de ciertos personajes bíblicos, saca algunas conclusiones y aconseja a la gente. Particularmente irónico cuando describe las f laquezas de Sansón frente a la astucia de la bella e intrigante Dalila, conmovido al recordar la figura excelsa de su madre, la Virgen María, acaso algo injusto en su indiferencia para con José. La recitación, muchas veces acentuando la cadencia de los versos, va creciendo en intensidad. La secuencia en que Cristo es tentado por Satanás tiene una singular fuerza dramática. Con cierta perplejidad, el Nazareno dice reconocer las intenciones del diablo pero no siempre la misteriosa voluntad de Dios. La humanidad de Cristo se manifiesta en su cólera frente a las hipocresías y dobleces de muchos hombres, y en la franca ternura por los pobres y los pecadores arrepentidos. En un discurso que parecería inspirado en autoras feministas, Cristo habla con gran delicadeza de la interioridad y misericordia de la mujer y es duro juez de los varones.
Todo el texto avanza hacia el final de la cruz, muy bien logrado desde el punto de vista escénico. Así como también cobra intensidad el momento en que el actor va hacia el público como queriendo sanar heridas y acompañar sufrimientos; o cuando distribuye el pan y el vino de la Última  Cena, en la instauración del misterio eucarístico.
Cabe señalar que el protagonista llega a emocionar a la platea con su dulzura, su sonrisa, su fuerza y el pathos de la muerte. Mientras agoniza dirige palabras de amor infinito, intercaladas por el grito arameo “Elí, Elí, lema sabactani” (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). El actor parece dejar en la obra toda su energía, tan bien comunicada a los espectadores. Así, en el final de la muerte, es alguien que realmente ha dado la vida por todos y queda vaciado hasta de la última gota de su sangre. En síntesis, una obra destinada a un  público abierto a la fe y familiarizado con los textos sagrados, pero al mismo tiempo muy atenta a la sensibilidad contemporánea y en clara búsqueda de comunicación con la mentalidad actual. Sería de desear que fuera conocida en ámbitos religiosos de jóvenes, en parroquias y colegios, oratorios y centros de espiritualidad. * El autor es crítico de arte y director de la revista Criterio