Miércoles 05.10.2022

Nota del suplemento Valores Religiosos

La Iglesia multiplica los centros para atender a adictos más vulnerables

Los Hogares de Cristo ya son casi 200 y desde que empezaron en 2008 asistieron a 30 mil personas que no tienen a quién recurrir o están en la calle. Bajo la espiritualidad de los curas villeros liderados por el padre Pepe dan atención interdisciplinaria.
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Lara Salinas

En los asentamientos que se encuentran en toda la Argentina, sus habitantes atraviesan cotidianamente situaciones de vulnerabilidad social. Entre ellas, problemas asociados a la salud, a la vivienda digna y al consumo de sustancias. Ante esta problemática, que afecta a chicos, jóvenes y adultos, los casi 200 centros barriales Familia Grande Hogar de Cristo de la Iglesia católica que hay en el país se constituyen como espacios que sirven de contención para quienes buscan dejar las adicciones, bajo el lema: “Recibir la vida como viene”. Se calcula que por estos espacios –hogares, granjas de rehabilitación, hospitalitos, talleres de capacitación, entre otros–, pasaron más o menos 30.000 personas desde que comenzaron a crearse en 2008.
 
Los hogares surgieron para responder a una necesidad vital: acompañar de forma integral a quienes desean rehabilitarse y que muchas veces no tienen en quién apoyarse o están en situación de calle. Y que esa ayuda la puedan encontrar dentro del barrio hace que sea más posible el sostener un tratamiento a largo plazo.

En conversación con Valores Religiosos, el conocido padre Pepe Di Paola –fundador de los hogares– afirma que desde que comenzó esta iniciativa la misión no fue solamente ocuparse de que el que llegaba dejara la droga, sino de que generara un lazo con la comunidad: “El chico, el joven o el adulto puede reintegrarse a la sociedad no solamente porque deja una especie de esclavitud a la que estaba sometido, sino porque también empieza a desplegar las capacidades que Dios le regaló, aunque nunca haya podido valorarlas”.

Los hogares son casas muy sencillas, asistidas por la comunidad barrial y voluntarios externos, y llevadas adelante por los sacerdotes que viven en las villas. El espíritu de los “curas villeros” es clave, porque desarrollan su ministerio sacerdotal en ese espacio, dedicado a los más pobres que buscan recuperarse. No obstante, el padre Di Paola destaca que es la comunidad la que ayuda a la persona que se acerca al hogar: “Recuerdo que en la primera camada que tuvimos en la granja, cuando les pregunté a los chicos a quién le debían la recuperación, no nombraron ni al cura, ni al psicólogo, sino al matrimonio que los cuidaba porque la experiencia familiar que tuvieron ahí fue lo más valioso en el proceso de recuperación”. Asimismo, destaca que sin duda eran importantes la psiquiatra, el psicólogo, el operador terapéutico y las visitas del cura: “Todas las personas de buena predisposición del Hogar de Cristo que se acercan a la gente con amor ayudan a la recuperación”.

Entre esos colaboradores está Beatriz Ballario –que se encarga de la animación de la vida de los hogares– quien cuenta cómo se recibe a alguien en el centro barrial. Ella asegura que allí asisten los vecinos del barrio desolados no solo por tener un problema con el consumo de sustancias, sino que están atravesando múltiples dificultades económicas, familiares, laborales, habitacionales, sanitarias, legales y educativas. Todas agravadas por la adicción: “Cuando una persona llega, la recibimos con un abrazo, le preguntamos su nombre y le damos la bienvenida. En otras palabras, le damos afecto, una identidad y la acogemos como familia. No importa que venga sucia, que tenga HIV, tuberculosis, no importa lo que haya hecho, que llegue golpeada o lastimada. Recibimos al otro tal cual es”. Si lo desean, le dan para beber algo caliente o comida y lo escuchan pacientemente, dice Beatriz.

Las puertas del Hogar de Cristo siempre están abiertas. Se los invita a quedarse e iniciar un proceso de recuperación: “Los hogares son espacios de libre circulación, donde ellos eligen si se quieren quedar o no. Esto es una apuesta al tiempo y la libertad de cada persona. Los acompañamos hasta donde nos permiten. Ellos saben que nosotros estamos siempre, no importa lo que hayan hecho”.

Pueden pasar dos cosas: que decidan quedarse o no hacerlo. En el primer caso, diseñan junto con los animadores del hogar un proyecto para darle nuevo sentido a su vida: “Más allá de que nuestra tarea es sostener la vida, respetar sus tiempos, no aplicar recetas únicas, ni buscar un objetivo de ‘recuperación’ como única finalidad, sentimos que nuestro acompañamiento da frutos cuando se genera un cambio en las vidas de las personas –comenta Ballario–. Algunos son pequeños, como lograr cumplir con ciertas responsabilidades, horarios, que obtengan su DNI, lo que les permite acceder a ciertos derechos. Otros son grandes pasos y se relacionan con recuperar lazos con el entorno, construir nuevos vínculos sanos, tejer nuevas redes institucionales y personales… En definitiva, tener nuevas oportunidades”. En cambio, si no se quieren quedar, o si recaen y les da vergüenza volver, saben que alguien los va a ir a buscar y que siempre los estarán esperando, sin juzgarlos, explica Ballario.

A medida que se fueron generando más centros en el país, muchas personas que trabajaban en Cáritas Nacional comenzaron a involucrarse en el proyecto. Por eso, actualmente los hogares se constituyen como un dispositivo promovido por esa institución. Pablo Vidal, referente de los Hogares de Cristo en Cáritas Argentina, celebra que se hace un trabajo cada vez más hermanado en las búsquedas comunes como la generación del trabajo, el acceso a la vivienda y la integración de los barrios populares. “Hay lugares donde todavía el acceso a los derechos es muy lejano. La salida definitiva para que la persona sea plena es el acceso a las 3T que menciona Francisco: tierra, techo y trabajo. Es una epopeya tener un trabajo estable y bien remunerado, acceder a la vivienda y a un pedazo de tierra para vivir hoy. Sin esas 3T, los derechos sagrados que define Francisco, se genera frustración y desánimo. Esa imposibilidad hace que no le encuentren sentido a la vida”, comenta Vidal.

Este modelo también se implementó en países limítrofes como Paraguay y Uruguay, y en la actualidad los impulsores del proyecto se encuentran trabajando para acercar la experiencia federal al resto de Latinoamérica, que se muestra muy interesada: “La propuesta atrae porque es simple, concreta y práctica; es asumir esta forma comunitaria con mirada integral”, afirma el padre Pepe.

Para celebrar los 15 años de los Hogares de Cristo y los 10 años del papado de Francisco comenzará en agosto una peregrinación con la Virgen de Luján por todos los centros barriales del país, anuncia Di Paola: “El lema que elegimos es ‘Ni un pibe menos por la droga’ porque a cada lugar al que vayamos, además de visitar y consolidar el centro barrial, daremos un mensaje que la comunidad argentina está pidiendo a gritos”.


Fuete: VR / Clarín