JUDIOS

La sabiduría de la humildad

Lejos de ser reflejo de debilidad, esa actitud es el camino para tomar decisiones saludables. El ejemplo de Moisés.
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-- por Tzvi bar Itzjak --

En Bielorrusia existe una pequeña aldea llamada Karlin. En esa aldea, en 1736, nació el rabino Aharon ben Iaacov Perlov, apodado “el grande” y conocido como el principal promotor de una dinastía llamada “Jasidei (piadosos) Karlin”.
Los Jasidei Karlin se caracterizan por rezar en voz muy alta, y por comprometerse intensamente con el principio de la hospitalidad. Hombres y mujeres encantadoramente ligados a esa dinastía, resultaron ser grandes difusores del judaísmo. Tanto es así que podemos encontrar seguidores del rabino de Karlin hasta el presente en ciudades como Jerusalén, Nueva York y México.

Se cuenta que, antes de su muerte, los discípulos le consultaron l al rabí Aharon cómo debían hacer para elegir a su próximo líder espiritual, su sucesor y maestro. Él les contestó que le soliciten a cada candidato consejo sobre cómo liberarse del engreimiento y la soberbia. Entonces, si aquel les respondiera con alguna recomendación, sabrían que no era la persona indicada. Eso se debería a que, para el rabí, buscarse en la senda de la humildad no significa encontrarse, pero sí resulta un intento de descubrir un poco más acerca de lo que significa la integridad en la vida.

La modernidad nos ha dejado una huella de falsa omnipotencia, haciéndonos creer que ser humilde es sinónimo de debilidad. Como herederos de esa modernidad, educamos a emular a los fuertes, estableciendo los parámetros del éxito con la medida de la agresión petulante y la firmeza desmadrada.

Vale la pena destacar que esa enseñanza no concuerda con el modelo bíblico. En el texto sagrado, encontramos, por ejemplo, que Moisés representa al hombre consciente de su propia falibilidad, afligido por las dudas y absolutamente reflexivo en los límites de su propia capacidad.

El hecho de estar cerca de Dios le permite ser ejemplo de humildad, y es esta característica la que se convierte en el rasgo más distintivo de su carácter. Así lo señala el libro de Números (12:13): “Moisés era el hombre más humilde que había en la faz de la tierra”. Es decir que su excepcionalidad profética se traduce en su humildad.

Dicho de otro modo y aunque suene una paradoja “es grande porque es humilde”, porque sentirse cerca de lo Divino elimina cualquier rastro de arrogancia humana. La Biblia nos enseña que el ansia de poder agranda el ego, mientras que la experiencia religiosa genuina lo contrae.

El filósofo Martín Buber solía afirmar que ser testigo de la Grandeza Suprema borra el “yo” transformándola en un aura de silencio que nos conduce al lugar más trascendente: nuestra propia alma.

La metáfora divina nos indica que ser manso no es ser débil. Si queremos tomar decisiones emocional- mente saludables, alejadas del enojo, del resentimiento, e inspiradas en lo sagrado, aprendamos a ser humildes. La humildad es la base del amor. Y el amor es la forma en que Dios se traduce al mundo.

La formación en este valor debe ser un elemento fundamental de la cultura del encuentro, donde nadie tenga que ser sometido a la humillación.

Por el contrario, la hermandad se basa en ese espíritu de sencillez que es aquello de lo humano que el corazón guarda para nosotros.