ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA - AUTOR: PBRO. GUILLERMO MARCO

Paradoja de un debate candente

Por: P. Guillermo Marcó

En la discusión sobre el matrimonio entre homosexuales, resulta pintoresco ver que lo defiendan quienes no creen en la institución matrimonial entre hombre y mujer. El riesgo que conlleva que las parejas gay puedan adoptar.
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En la antigüedad la familia tenía un valor relativo; dependía de la cultura. En la sociedad griega, la mujer tenía una consideración secundaria. Al punto que era más valorado y exaltado el amor entre hombres. El mundo romano se caracterizaba por el desenfreno y no había restricciones de tipo moral para las más variadas relaciones, orgías, incestos y otra cuestiones, que estaban a la orden del día. Aunque, es verdad, se resguardaba una cierta estructura familiar. Es el derecho romano el que origina la palabra “matrimonio”, -que viene de matris (matriz para engendrar)- y sus derechos en cuanto a la crianza y  educación de los hijos. Israel conoció en sus orígenes la poligamia; de hecho, el rey Salomón tenía una multitud de mujeres, aunque este fuera un privilegio
de los ricos y poderosos. Pero se fue perfilando con el paso del tiempo una estructura familiar, que también estaba sujeta a los caprichos del hombre, ya que sólo él -no la mujer- podía divorciarse por diversos motivos.
Es en este contexto en cual se le formula la pregunta a Jesús: ¿Es lícito para el hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?
A lo que Jesús responde: “En elprincipio no fue así. El hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer y los dos no serán sino una sola carne. Así, pues, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. (Mateo 19,4). Fue Jesús, y la enseñanza de la Iglesia, quien propuso esta forma de vivir “el matrimonio”, basada en la igualdad de dignidad, en la diferenciación de los sexos y en el amor y el respeto por los hijos. Con sus más y sus menos, este
modelo se impuso sobre los anteriores en la cultura occidental y llegó hasta nuestros días.
Los argentinos valoramos por encima de todo la familia, comosurge en todas las encuestas de opinión. Sin embargo, una prédica constante en contra del matrimonio, presentándolo como yugo, castigo o lugar del que todos se quieren ir, fue minando su valor original. Se escucha a diario desde los sectores progresistas, sobre todo entre los más jóvenes, decir que “no creen en el compromiso”, y que, por eso, “no se casan”, sino que simplemente se juntan, que “conviven”. Dentro de esta franja de la sociedad, se casan los que  rovienen de familias religiosas o están claramente convencidos de las bondades de la vocación de formar una familia.
Por lo tanto, creo que ningún  sociólogo se animará a contradecir mi conclusión: se casan los más conservadores de la sociedad, mientras que no creen en el matrimonio los más progresistas. Por eso, resulta si se quiere pintoresco ver a sectores progresistas defender el matrimonio gay, cuando no creen en el matrimonio entre los heterosexuales. En cuanto a la posibilidad de que las parejas gay adopten, creo que a un chico que ya sufrió la tragedia de haber sido abandonado por sus padres (aunque tuvo la suerte de ver la luz del día antes de que los legisladores defiendan una ley del aborto), deberían ahorrarle -comenzando por el Estado que es su tutor- los problemas derivados de lo que Freud llamaría “ausencia de un modelo masculino y otro femenino”, ya que tendría dos padres o dos madres. Eso sí: Es comprensible que actualmente, despejados los numerosos problemas que nos aquejaban, lograda la igualdad de oportunidades para todos, estabilizada la economía, desaparecida la sensación de inseguridad, desterrada la desnutrición y la pobreza, y a-l canzados niveles superlativos de educación para todos, tengamos tiempo para debatir cuestiones que no requieren urgencia.