setiemb re, mes de la biblia - AUTOR: Dr. Ariel Alvarez Valdés

Revelaciones históricas

El Señor no nació en Belén sino en Nazaret. Viajaba acompañado por un grupo de mujeres que predicaban con él. Su ingreso triunfal a Jerusalén no fue para morir en la cruz. Estas son algunas de las hipótesis que arrojan las más recientes investigaciones.
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¿Existió realmente Jesús de Nazaret? ¿Hay pruebas de que haya vivido y predicado en Palestina? Son preguntas que desde hace doscientos años se viene haciendo la teología bíblica. El primero en poner en duda su existencia histórica fue el estudioso francés Charles François Dupuis, en su obra El origen de toda adoración religiosa, escrita en 1782. Decía que Jesús no fue un personaje real, sino una divinidad solar antigua, como Horus o Mitra, a la que se le dio existencia histórica. Desde entonces  muchos  han tratado de defender esa opinión.Sin embargo, hoy ningún historiador serio niega la historicidad de Jesús de Nazaret. Pero ¿qué podemos saber con certeza sobre él? Esa es otra cuestión. En este tema los estudiosos no se ponen de acuerdo. Sin embargo, poco a poco se va arribando a ciertos acuerdos. Uno de ellos es sobre su lugar de origen. Cada vez son más los biblistas que defienden que Jesús nació en Nazaret, y no en Belén. Es cierto que dos evangelistas, Mateo y Lucas, afirman expresamente su venida al mundo en Belén. Pero los otros dos, Marcos y Juan, lo presentan como nacido en Nazaret. Por ejemplo, siempre lo llaman “Jesús de Nazaret”; y en la Biblia cuando después del nombre de una persona se menciona una ciudad, se refiere a su lugar de nacimiento, como en el caso de Pablo de Tarso (Hch 9,1), José de Arimatea (Mc 15,43), Simón de Cirene (Mc 15,21) o Lázaro de Betania (Jn 11,1). Por otra parte, cuando Marcos relata el viaje que Jesús emprende a Nazaret, dice que “se fue a su patria” (6,1); y patria significa en griego “la tierra natal”, “el lugar de nacimiento”. En  esa misma línea, también el Cuarto Evangelio presenta a Jesús como “un profeta de Nazaret” (1,45); dice que Natanael no acepta creer en él porque “de Nazaret no puede salir nada bueno” (1,46); y que los judíos lo rechazaban como Mesías por haber nacido en Nazaret, y no en Belén (7,42). Debido a estos indicios, es que los estudiosos sostienen que el nacimiento de Jesús en Belén es más bien un dato teológico, no histórico. Mediante esta afirmación, lo que pretendieron Mateo y Lucas fue decir que  Jesús era el Mesías esperado, descendiente de David. Por eso lo presentan naciendo en Belén.
Un segundo consenso entre los biblistas es que Jesús no sólo tuvo discípulos varones sino también mujeres, que recorrían Galilea con él, y escuchaban sus  enseñanzas junto a los demás apóstoles. Aparte del famoso pasaje de Lucas, que las menciona (Lc 8,1-3), tenemos un indicio de ello cuando Marcos, al contar la crucifixión de Jesús, dice que “había allí unas mujeres mirando desde lejos ... que seguían a Jesús, lo servían cuando estaba en Galilea ... y habían subido con él a Jerusalén” (Mc 15,40). Lo primero que nos dice de ellas es que “seguían” a Jesús. El  verbo “seguir” es un verbo reservado exclusivamente para los discípulos. No se trataba de un seguimiento simbólico, como cuando nosotros decimos “yo sigo a tal autor” para indicar que seguimos sus ideas. Jesús pedía el seguimiento físico, literal, a través de los pueblos que él recorría. Ahora bien, si Marcos dice que aquellas mujeres “seguían a Jesús”, es porque formaban parte del grupo itinerante de discípulos. Lo segundo que afirma es que “servían” a Jesús cuando estaba en Galilea. La palabra “servir”
no significa que hacían tareas domésticas, como a veces pensamos, sino que predicaban el Evangelio. Jesús mismo, al hablar de su misión, dijo que él no vino “a ser servido sino a servir” (Mc 10,48), es decir, a evangelizar, y pidió a todo discípulo que hiciera lo mismo (Lc 12,35-48). Por lo tanto, si esas mujeres “servían” a Jesús, es porque anunciaban el Evangelio, sanaban enfermos, expulsaban demonios, y realizaban las  mismas funciones que los demás discípulos, no porque cumplían tareas de cocina y limpieza. Lo tercero que sostiene Marcos de ellas es que “habían subido con Jesús a Jerusalén”. No eran, pues, mujeres ocasionales que se habían juntado para contemplar con curiosidad su muerte, sino mujeres que desde Galilea habían hecho un largo viaje con Jesús a Jerusalén para celebrar la Pascua. Incluso una de ellas, llamada Juana,  esposa del administrador de Herodes (gobernador de Galilea, con quien Jesús se llevaba muy mal), formaba parte de las seguidoras de Jesús (Lc 8,1-3).
¿Qué habrá pensado Antipas al enterarse de que la mujer de su gerente general andaba deambulando atrás de un Maestro revolucionario, radical, ex discípulo de Juan el Bautista, a quien él había hecho matar, y que para colmo en cierta ocasión lo había criticado en público llamándolo “zorro”? (Lc 13,32). Del mismo modo, los historiadores arrojaron nuevas luces sobre el famoso episodio de su ingreso a Jerusalén montado en un burrito. Sostienen que Jesús no viajó pensando morir en la cruz, ni buscando entregarse a las  autoridades, ni para que lo mataran debido a un cruel designio divino. Jesús no pensaba que Dios quisiera su muerte. Este enfoque es una interpretación teológica posterior. Históricamente, el verdadero sentido de su viaje fue predicar la venida del Reino de Dios ante los jefes judíos, y poder llegar con su mensaje a la mayor cantidad de gente posible. Quería suscitar la venida del Reino de Dios, y acelerar su realización. Lo que  antes había hecho en los pueblos de Galilea, ansiaba verlo concretado en la capital. Así se entienden su entrada a la ciudad en un burrito. No se trató, como solemos creer, de una manifestación popular, espontánea, producida de manera fortuita por el entusiasmo de la gente, sino que el propio Jesús la  había organizado y dispuesto en todos sus detalles. Fue una exhibición claramente programada por él y sus discípulos. Esto se  advierte en el hecho del animal que lo estaba esperando en el pueblo vecino de Betfagé. Jesús no adivinó que  habría allí un burrito atado, sino que había arreglado con el dueño,
e incluso acordado la contraseña para retirarlo: “el maestro lo necesita”. Jesús se presentó en Jerusalén para inaugurar el Reino de Dios en la ciudad santa de Jerusalén. Pero las autoridades no quisieron aceptar su mensaje, y terminaron quitándole la vida.