BALANCE. EL VIAJE DEL PAPA A MEXICO.

Un fuerte llamado a no bajar los brazos.

Por: Sergio Rubin

En sus cinco días en tierras mexicanas, Francisco exhortó a los dirigentes y a la población a no resignarse ante la corrupción, la violencia y el narcotráfico que azota al país. Y a iniciar entre todos un proceso de cambio a partir de sus raíces.
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Por Sergio Rubin, enviado especial

“A México no lo salva ni Dios”, exclamó un avezado periodista mexicano en el avión que trasladaba al Papa Francisco a su país. Era una manera de decir que el pontífice, con las palabras que pronunciaría y los gestos que encarnaría durante su visita, por más fuertes y audaces que fueran, no iba a torcer el curso de la atroz realidad de corrupción, violencia y narcotráfico que azota a la nación. Una realidad que, sólo por mencionar el aspecto más escabroso, se cobró desde la militarización del combate al tráfico de drogas, en 2006, más de cien mil vidas, en medio de la escandalosa complicidad de políticos y fuerzas de seguridad. Todo en el marco de altísimos niveles de pobreza, trata de personas, femicidios y explotación de migrantes forzados. Otro colega, también mexicano, que participaba igualmente del vuelo papal, se inclinó por una actitud menos escéptica ante el paso del jefe de la Iglesia católica: “Es verdad de que su presencia no cambiará las cosas, pero puede ayudarnos a pensar -dijo-, acaso a inyectarnos la esperanza de que no todo está perdido”.

Esta última apreciación fue premonitoria. Porque el Papa, en sus cinco días en México, se erigió en una suerte de profeta de la posibilidad de un futuro mejor. No en promotor de un optimismo vacuo. Sino en impulsor de una auténtica esperanza fundada en las reservas espirituales de un pueblo con una extendida fe católica, cuya principal característica es su gran devoción a Nuestra Señora de Guadalupe. Un pueblo que -eso sí- necesita con urgencia poner en marcha un proceso que implique articular desde lo más alto del poder pasando por las organizaciones intermedias y llegando hasta los más modestos ciudadanos, las ganas de construir una nación que merezca ser vivida. En ese sentido, los discursos de Francisco fueron elocuentes. Pero también su itinerario, ya que se convirtió en el primer Papa en visitar la sede del gobierno nacional; y porque estuvo en la principal barriada de la periferia de la capital mexicana; en Chiapas, epicentro del reclamo aborigen; en Morelia, especialmente azotado por la violencia y el narco, y en Ciudad Juárez, principal escenario del drama migratorio.

En el Palacio Nacional -ante el presidente Enrique Peña Nieto y los grandes actores de la sociedad civil-, Francisco propuso la necesidad de un acuerdo político, producto del diálogo y la negociación, para afrontar los desafíos. “El pueblo mexicano afianza su esperanza en la identidad que fue forjada en duros y difíciles momentos de su historia por grandes testimonios de ciudadanos que comprendieron que, para poder superar las situaciones nacidas de la cerrazón del individualismo, era necesario el acuerdo de las instituciones políticas, sociales y de mercado, y de todos los hombres y mujeres que se comprometen en la búsqueda del bien común y en la promoción de la dignidad de la persona”. En esta tarea, señaló el especial deber de los cristianos.

Luego, en la catedral de Ciudad de México, les pidió a los obispos “no minusvalorar el desafío ético y anticívico que el narcotráfico representa para la entera sociedad mexicana, comprendida la Iglesia. La proporción del fenómeno, la complejidad de las causas, la inmensidad de su extensión, como metástasis que devora, la gravedad de la violencia que disgrega y sus trastornadas conexiones, no nos consienten a nosotros, pastores de la Iglesia, refugiarnos en condenas genéricas, sino que exigen un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral para contribuir a entretejer una delicada red humana, sin la cual todos seríamos desde el inicio derrotados por tal insidiosa amenaza”. Al respecto, los exhortó a acompañar las situaciones de dolor y trabajar con todas las instituciones.

En el emblemático santuario de Guadalupe, Francisco hizo hincapié en el consuelo y la fortaleza que brinda la Virgen. “Al venir a este santuario –dijo- nos puede pasar lo mismo que le pasó a Juan Diego (el indiecito al que se le apareció María). Mirar a la Madre desde nuestros dolores, miedos, desesperaciones, tristezas y decirle: ‘¿Qué puedo aportar si no soy un letrado?’ Miramos a la madre con ojos que dicen: son tantas las situaciones que nos quita la fuerza, que hacen sentir que no hay espacio para la esperanza, para el cambio, para la transformación. Por eso, nos puede hacer bien un poco de silencio, y mirarla a ella mucho y calmadamente (…) Ella nos dice que tiene el ‘honor’ de ser nuestra madre. Eso nos da la certeza de que las lágrimas de los que sufren no son estériles”.

En Ecatepec, el poblado más populoso de la zona metropolitana, el Papa, además de denunciar las injusticias sociales, convocó a todos -y, como siempre, de modo especial, a los cristianos- a trabajar activamente por una sociedad mejor. “Quiero invitarlos a estar en primera línea, a ‘primerear’ en todas las iniciativas que ayuden a hacer de esta bendita tierra mexicana una tierra de oportunidad. Donde no haya necesidad de emigrar para soñar; donde no haya necesidad de ser explotado para trabajar; donde no haya necesidad de hacer de la desesperación y la pobreza de muchos el oportunismo de unos pocos. Una tierra que no tenga que llorar a hombres y mujeres, a jóvenes u niños que terminan destruidos en las manos de los traficantes de la muerte”.

Francisco quiso incorporar a esa obra de construcción de un México mejor para todos a los aborígenes. Y por eso fue a Chiapas, una tierra con numerosa población indígena, relegada históricamente, donde hizo una fuerte reivindicación de los pueblos originarios. Y de su anhelo de tierra. “De muchas formas y maneras se quiso silenciar y callar ese anhelo”, les dijo. Y agregó: “Muchas veces, de modo sistemático y estructural, sus pueblos fueron incomprendidos y excluidos de la sociedad. Algunos consideraron inferiores sus valores, su cultura, sus tradiciones. Otros, mareados por el poder, el dinero y las leyes del mercado, los despojaron de sus tierras o han realizado acciones que las contaminaban. Qué bien nos haría a todos hacer un examen de conciencia y pedir perdón”.

En Morelia, capital del estado de Michoacán, muy sacudido por la violencia y el narcotráfico, el Papa advirtió sobre el riesgo de caer en la tentación de la resignación. Fue en la misa con sacerdotes, religiosas, religiosos y seminaristas de todo el país. “¿Qué tentación nos puede venir de ambientes muchas veces dominados por la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, el desprecio por la dignidad de la persona, la indiferencia ante el sufrimiento y la precariedad? ¿Qué tentación podemos tener una y otra vez frente a esta realidad que parece haberse convertido en un sistema inamovible? Creo que podríamos resumirla con la palabra resignación. Porque frente a esta realidad nos puede ganar una de las armas preferidas del demonio: la resignación”.

En Ciudad Juárez, durante el encuentro con el mundo del trabajo, Francisco no dejó tampoco de señalar el riesgo que constituye la pobreza “como caldo de cultivo” para que, sobre todo los jóvenes, caigan en el narcotráfico y la violencia. Como también de denunciar -en la emotiva misa junto a la malla metálica que recorre la frontera de los Estados Unidos- que muchos migrantes, al drama de sus carencias materiales, suman el hecho de ser explotados. Y en una zona donde mueren entre una y dos personas por día tratando de entrar a los Estados Unidos, el Papa clamó: “¡No más muerte ni explotación!”. En esa celebración, Francisco recordó un pasaje de la Biblia sobre la acción de la misericordia de Dios, que brinda esperanza: “siempre hay posibilidad de cambio”.

Ya en el aeropuerto, a punto de regresar a Roma, subrayó: “La noche nos puede parecer enorme y my oscura, pero en estos días pude constatar que en este pueblo existen muchas luces que anuncian esperanza; pude ver en muchos de sus testimonios, en muchos de sus rostros, la presencia de Dios que sigue caminando en esta tierra, guiándolos y sosteniendo la esperanza; muchos hombres y mujeres, con su esfuerzo de cada día, hacen posible que esta sociedad mexicana no se quede a oscuras. Son profetas del mañana, son signo de un nuevo amanecer”.