XIII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD EN MADRID

Un grito de esperanza para el mundo

Por: Sergio Rubin

La última edición del encuentro juvenil instituido por Juan Pablo II superó las expectativas. Más de un millón y medio de chicas y muchachos de los cinco continentes
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Dicen que la fe mueve montañas. Pero también puede sacudir ciudades, envolviéndolas en un torbellino de fervor, alegría y hermandad provocado por un  illón y medio de chicas y muchachos llegados de todo el mundo. Y demostrar que la creencia religiosa -pese a un ambiente cultural adverso y las deficiencias en las que a veces incurren los miembros de la propia Iglesia Católica- goza de buena salud, incluso entre los jóvenes, que pueden parecer los más alejados. Fue lo que pasó en Madrid durante cuatro días del caluroso agosto pasado, con ocasión de una nueva edición de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), que presidió el PapaB enedicto XVI. Porque la cita -un clásico ya del catolicismo (fue el décimo tercero) instaurado durante el papado de Juan Pablo II- superó las expectativas, no sólo en cuanto a concurrencia, sino por el intenso clima espiritual que suscitó, para sorpresa de propios y extraños.
“A todos nos sorprendió la cantidad de jóvenes y el modo en que se vivió”, dijo a Valores Religiosos el obispo auxiliar de Buenos Aires y delegado del Episcopado argentino para la Pastoral de Juventud, monseñor Raúl Martín. Los que formalmente se inscribieron, provenientes de 193 países, superaron
el medio millón. Hubo delegaciones como la italiana, que contaron con más de 60 mil anotados. La Argentina tuvo para esta jornada una participación récord de 6.400  chicas y muchachos inscriptos, más muchos cientos que se sumaron espontáneamente a último momento. Pero la masividad no
conspiró contra el ambiente religioso. Ver a un millón y medio de jóvenes de rodillas y en silencio adorando el santísimo en Cuatro Vientos, el predio de 110 hectáreas de las afueras de Madrid que se convirtió en el principal escenario, resultó por demás demostrativo y, desde la fe, estremecedor.
No menos reveladora fue la respuesta que tuvo la llamada jornada penitencial o fiesta del perdón en el parque del Buen Retiro, donde se dispusieron 200 confesionarios especialmente confeccionados para la ocasión. Pese a que la confesión suele tener escasa aceptación en estos tiempos, decenas de miles de jóvenes quisieron recibir el sacramento de la reconciliación. Monseñor Martín -que se pasó dos horas y media confesando, el tiempo que se concedía a cada sacerdote- dice que la ocasión llevó a que no pocos volvieran a confesarse después de mucho tiempo. Y que lo hicieran de un modo  muy sentido. “Muchos se acercaban llorando”, cuenta. Como sucedió a la hora de las comuniones. Lo hondo que caló la JMJ también lo evidenció el hecho de que, al día siguiente de terminada, en una reunión vocacional convocada en Madrid por el Movimiento Neocatecumenal, 5.000 chicos y 3.200  chicas  mostraran su interés en ser sacerdotes y monjas. 
Ya en los días previos a la llegada del Papa se presentía en Madrid el éxito de las jornadas. Los encuentros de catequesis en distintos puntos de la ciudad eran muy concurridas. Los encuentros entre las delegaciones de los puntos más diversos del planeta sobresalían por su fraternidad. Y por sus ribetes pintorescos. En ese sentido, Nicolás Marín, un joven de la diócesis de Bahía Blanca, destacó al volver “la hermandad de razas, lenguas y culturas” que se vivió en Madrid. Y contó: “Caminábamos por las calles y escuchábamos los tambores de los jóvenes africanos, subíamos al metro y oíamos cantar a los italianos … La ciudad estaba inundada de banderas y mucha alegría. Era una fiesta”. Con el arribo del Papa vinieron los momentos
fuertes: el emotivo Vía Crucis por las calles de la ciudad, los encuentros sectoriales, la imponente Vigilia en Cuatro Vientos en medio de un calor insoportable -que calmó un impiadoso aguacero-, y la apoteótica clausura. No es un dato menor que la Vigilia y la misa de cierre hayan sido las mayores convocatorias durante el papado de Benedicto XVI. Sobre todo, porque suele adjudicársele a este un menor poder de convocatoria que su antecesor, de gran carisma. Pero el obispo Martín subrayó que “los jóvenes ven en el  Papa al Vicario de Cristo”. De hecho, el éxito de la JMJ de Madrid fue comparado con que tuvo la de Roma, que presidió Juan Pablo II durante el jubileo de 2000. Por lo demás, el Papa no dejó de hacer algunas afirmaciones interpelantes. Así, por caso, alertó acerca de “una eclipse de Dios” y de “una cierta amnesia y, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo”.
Y advirtió sobre el riesgo de “seguir a Jesús en solitario” y no con la Iglesia. En ese sentido, dijo que ceder a la tentación de una mentalidad individualista entraña el riesgo de “no encontrarlo o seguir una falsa imagen del Señor”. Para el obispo Martín, la masiva y fervorosa respuesta de los jóvenes se explica con una metáfora simple: “Uno acude a la comida cuando tiene apetito. Y el apetito espiritual no lo sacia la cultura, sino algo más profundo: el encuentro
con Jesús”. A lo que el obispo de San Isidro,J orge Casaretto -que también estuvo en la JMJ- suma el interés juvenil por una propuesta de “vivir los auténticos valores, que responden a la clave de la actual crisis existencial: hallarle sentido a la vida”. Ahora, comienza para la Iglesia el desafío de llevar a la práctica lo asumido en la JMJ. La coordinadora de la Pastoral de Juventud de la Iglesia argentina, Mercedes Baxzos, dice que a través de estos encuentros “se descubre el valor de lo comunitario en medio de una sociedad que propone el ‘sálvese quien pueda` y que entraña el peligro de replegarse en la propia comunidad”. 
Por eso, considera que la JMJ “nos compromete a vivir una fe  que no sea intimista, ni replegada en los propios espacios eclesiales, sino comprometida  con esta historia, especialmente con las realidades que más nos duelen”.