JUDIOS

Un hito en la relación entre judíos y católicos

Por: Marcelo Polakoff

En un hecho sin precedentes, el Congreso Judío Mundial sesionó dentro del Vaticano.
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La imagen podría pasar desapercibida como una más de las infinitas audiencias papales. Sin embargo, una de las curiosidades de esta fotografía es que entre las casi 160 personas que pueblan la sala, solamente hay tres que profesan el catolicismo. Una de ellas es obviamente el Papa Francisco. A su derecha, el cardenal Ayuso, presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, y a su izquierda el cardenal Koch, presidente del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. ¿Y los demás? Todos judíos. Es cierto que desde el Concilio Vaticano II y su declaración “Nostra Aetate” de 1965 cada vez fue menos extraño encontrar delegaciones judías visitando la Santa Sede. Pero lo que sucedió el martes 22 de noviembre fue un hito de relevancia en la historia del vínculo entre el mundo católico y el judío.

El Congreso Judío Mundial (que agrupa a las comunidades judías de casi 100 países) mantuvo su sesión ejecutiva en la Sala Sinodal -horas antes de la audiencia papal- haciendo que esa asamblea fuera la primera vez desde la fundación del cristianismo que una entidad internacional del pueblo hebreo mantenga su jornada de trabajo dentro del Vaticano.

El motivo no era para nada menor. En la sesión se aprobó un documento preliminar llamado “Kishreinu” -un vocablo hebreo que significa “Nuestro Vínculo”- para que después de ser evaluado y corregido por las comunidades englobadas en el Congreso Judío Mundial, le sea entregado al Papa como el complemento judaico a la declaración “Nostra Aetate”, lo que sucederá próximamente.

El marco de sacralidad y silencio que se respiraba en la Sala Clementina del Palacio Apostólico esperando la llegada del Pontífice se entremezclaba con la belleza de los frescos de sus paredes. A fines del siglo XVI los pintores italianos Alberti y Croce le dieron vida a lo que en la teología católica se denominan las cuatro virtudes cardinales -prudencia, justicia, templanza y coraje- y las tres virtudes teologales: esperanza, fe y caridad. Me maravillaba poder percibir cómo cada una de esas virtudes abandonaba los añejos frisos y se corporizaba en algunos de los párrafos que nuestro “Padre Jorge” cariñosamente nos dirigía: “Queridos amigos, las iniciativas comunes y concretas destinadas a promover la justicia exigen coraje, cooperación y creatividad. Y se benefician mucho de la fe, de la capacidad de depositar nuestra confianza en el Altísimo y dejarnos guiar por él, más que por meros intereses terrenales… La fe, en cambio, nos hace comprender de nuevo que todo hombre y mujer está hecho a imagen y semejanza del Altísimo, y está llamado a caminar hacia su reino”.

Lo veía a Claudio Epelman (director del Congreso Judío Latinoamericano) emocionado en su rol de Comisionado de Diálogo Interreligioso de la entidad a nivel mundial, y porque la idea de esta inédita reunión había nacido en su cabeza un poquito antes del inicio de la pandemia. Desde Argentina lo acompañaban, entre otros, Jorge Knoblovits, presidente de la DAIA, y demás miembros de la junta directiva del Congreso.

Me tocó escribir el borrador de “Kishreinu” y, si su párrafo final persiste, afirmará: “Nostra Aetate significa en latín ‘nuestro tiempo’. Kishreinu significa en hebreo ‘nuestro vínculo’. En esta única y milagrosa conjunción de coordenadas de tiempo y espacio percibimos el eco de un susurro divino que nos abraza y clama: ¡celebremos nuestro tiempo celebrando nuestro vínculo!”. Que así sea.