Miércoles 26.06.2019

EL AUGE DE LAS COMIDAS NAVIDEÑAS EN IGLESIAS

Una gran mesa tendida para que nadie esté solo en Navidad

Por: Sergio Rubin

Cada vez más parroquias de Capital y GBA disponen su templo para brindar a personas de escasos recursos o que están solas la cena de Nochebuena o el almuerzo del día siguiente. Se multiplican las donaciones y los servidores.
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Comenzó tímidamente hace algunos años en unas pocas iglesias, pero hoy constituye un verdadero boom caritativo. Es que cada vez más parroquias en la ciudad de Buenos Aires y el conurbano disponen sus templos, sus salones de usos múltiples o el patio de sus colegios para ofrecer un almuerzo o cena con motivo de la Navidad a personas de escasos recursos o que están solas. No solo se multiplicaron las iglesias que las ofrecen, sino la cantidad de asistentes, la donación de alimentos y los voluntarios que las sirven, en un gesto silencioso, pero muy valorado por quienes no tienen la dicha de otros de ser parte de una celebración en familia de la gran Buena Noticia: el nacimiento de Jesús. Y que contrasta con el creciente desdibujamiento del sentido de la conmemoración, que parece dominada por una orgía consumista.

Probablemente la parroquia más emblemática de esta iniciativa sea la iglesia de San Cayetano, en el barrio porteño de Liniers, por ser el epicentro de tanta gente con necesidades que acude a lo largo del año para pedirle (o agradecerle) al patrono del pan y del trabajo. Los sacerdotes de esa comunidad creen que este año puede ser récord la asistencia a la comida que servirán tras la misa de Nochebuena: unos mil. Lo presagia la gran participación en un almuerzo que sirvieron con motivo de la reciente segunda edición de la Jornada Mundial de los Pobres instituida por Francisco. Claro que semejante concurrencia implica disponer el patio del colegio contiguo, organizar donaciones de empresas, comercios o de los propios fieles, y conseguir cocineras y servidores. La generosidad de la gente posibilita una comida digna y una atención esmerada.

Nilda Francisco –una legendaria colaboradora del santuario- dice que todo empezó en 1984, en tiempos en que el párroco era el padre Rubén Frassia (hoy obispo de Avellaneda) con una mesita para unas pocas personas mayores y carenciados. Pero que después surgió la idea de hacer una comida simple para quienes “no tenían con quien compartir la mesa y para quienes no tenían qué poner en la mesa”. No esperaban que se produjera una avalancha de gente que obligó a una organización importante. A falta en aquellos años de una amplia cocina debió recurrirse a una comunidad de monjas de la vecina Ciudadela. Hoy en el mismo santuario se asan pollos, se cocina arroz y se preparan las ensaladas. La concurrencia rondaba las 800 personas, pero en los últimos años bajo a unas 500, precisamente porque otras iglesias cercanas empezaron a hacer lo mismo.

Otros almuerzos navideños que también ya son tradicionales son los que organiza la Comunidad San Egidio, fundada en 1968 en Roma por el laico Andrea Riccardi. En la capital italiana comenzaron en 1982 en la iglesia Santa María in Trastevere, la sede de ese movimiento, con apenas 47 comensales que al año siguiente fueron 200. La decisión de que sea en un templo obedece a que es el lugar por excelencia de la celebración de la Palabra de Dios, la oración y el amor a los pobres. Lo que se quiere, en rigor, es convertir cada iglesia en un gran pesebre que simbolice la acogida de los más vulnerables. Con el paso del tiempo, se fueron extendiendo a templos de muchas ciudades del mundo, ya que la Comunidad San Egidio tiene presencia en más de 70 países. El crecimiento fue tal que se calcula que este año medio millón de carecientes y personas solas participarán.

En Buenos Aires se iniciaron en 1996 con un sencillo almuerzo el 25 en la Escuela de la Paz, en el barrio de Caballito, y luego en un salón de la parroquia San Pedro, en La Boca. El primer gran almuerzo navideño en un templo fue en 1998 en la basílica Nuestra Señora de la Merced, en el microcentro. Este año se harán en las iglesias San Ildefonso, Santísimo Sacramento, San Pedro y María Madre de la Iglesia. Y también en tres templos del gran Buenos Aires: la catedral de San Justo y las parroquias Nuestra Señora de Luján, en Laferrere, y Virgen de las Gracias, en Villa Martelli. Los almuerzos son servidos por los voluntarios, tanto jóvenes como adultos, con que cuenta durante el año la Comunidad San Egidio para sus obras. Pero también por personas que individualmente o en grupos familiares quieren vivir una Navidad distinta. Los alimentos se consiguen, en su mayoría, a través de donaciones. Y los asistentes, tanto hombres como mujeres, se llevan artículos de tocador como regalo.

También hay templos que se adelantan con esta iniciativa. Es el caso del santuario de Jesús Sacramentado, ubicado en la avenida Rivadavia al 4.400, en el barrio de Almagro, que este año fue el 14 y consistió en una cena tras una misa. Más de 300 personas fueron de la partida en mesas bien decoradas y bien servidas. Para ello, cuenta el padre Martín Bourdieu, toda la comunidad parroquial se pone en movimiento para aportar los alimentos y las bebidas. Los menúes varían con el clima. Los servidores son jóvenes del barrio y de grupos de la parroquia. Cada mesa tiene su encargado. Al final, se entregan pan dulces y se termina rezando y cantando villancicos. “Los abrazos de despedida son interminables –cuenta Bourdieu- y ya conocemos el nombre de muchos de los que vienen, sus historias de vida, sus luchas”.

En una lista, seguramente incompleta, de templos que ofrecen comidas navideñas hay que sumar las iglesias porteñas de Santa Rosa de Lima, Caacupé, San Nicolás, Del Socorro, Santo Domingo, Patrocinio y San José de Flores. Y en el gran Buenos Aires, la catedral de Quilmes. El obispo auxiliar de Buenos Aires y vicepresidente de la Cáritas arquidiocesana, monseñor José María Baliña, subraya la “gran alegría que nos produce ver cómo se multiplican estas acciones, que se convierten en espacios de caridad y acogida fraterna”. Y exclama: “¡Cuántas parroquias, colegios, centros, abren sus puertas para que nadie quede solo en esta fiesta! ¡Cuántas manos que se abren para compartir con el hermano que no conocíamos! Es una alegría grande porque de esta manera todos recibimos y todos nos enriquecemos”.

A su vez, el padre Bourdieu señala que ello constituye “un trabajo silencioso de la Iglesia que no sale en los medios, pero que sin duda llena de esperanza el corazón de muchos hermanos nuestros. Creemos que si Jesús nos visitara estaría aquí, entre los más pobres, compartiendo el pan”. Y concluye: “Para nosotros la Navidad ya no se entiende si no es compartida con los que menos tienen”.