Por: P. Guillermo Marcó
En los últimos días comenzaron a circular expresiones que presentan a la Argentina como un país racista, xenófobo o intolerante. Son afirmaciones que, además de simplificar una realidad compleja, desconocen buena parte de nuestra historia y de nuestra identidad.
El Instituto del Diálogo Interreligioso difundió un comunicado que invita justamente a detenernos antes de caer en esas generalizaciones. No para negar que existan episodios de discriminación (que los hay y no están), sino para recordar que un país no puede definirse únicamente por sus peores expresiones.
La Argentina nació y creció como una tierra de recibida. Millones de inmigrantes llegaron desde Europa escapando del hambre y de las guerras. Más tarde lo hicieron familias provenientes de países limítrofes y de distintos rincones de América Latina, de Asia y de Medio Oriente. Personas de diferentes culturas, credos y tradiciones encontraron aquí un lugar donde comenzar una nueva vida. Esa diversidad nunca debilitó nuestra identidad nacional. Por el contrario, la enriqueció.
Basta recorrer cualquier barrio de Buenos Aires para descubrir iglesias católicas, sinagogas, templos evangélicos, mezquitas y centros de distintas confesiones religiosas conviviendo con normalidad. No significa que no existan tensiones. Significa que, a pesar de ellas, hemos aprendido a construir espacios de encuentro.
Quizás por eso nuestro comunicado del Instituto del Diálogo Interreligioso resulta oportuno. En tiempos donde las redes sociales favorecen las simplificaciones y donde una frase puede instalar un prejuicio en cuestión de minutos, vale la pena recordar que comprender una sociedad exige mucho más que un recorte de video o un comentario viral.
Desde hace más de dos décadas, judíos, cristianos y musulmanes trabajan juntos dentro del Instituto del Diálogo Interreligioso convencidos de que las diferencias no son un obstáculo para convivir, sino una oportunidad para conocerse mejor. En un mundo donde muchas guerras siguen teniendo componentes étnicos, culturales o religiosos, esta experiencia argentina constituye un verdadero patrimonio que pocas veces valoramos.
Buena parte de esa identidad abierta no nació por generación espontánea. Fue el resultado de una política de Estado sostenida durante décadas: la escuela pública. El guardapolvo blanco logró algo extraordinario. Bajo ese mismo símbolo convivieron hijos de inmigrantes de las más diversas procedencias, credos y culturas. En el aula se aprendía matemática e historia, pero también a compartir con quien era distinto. Durante muchos años la educación argentina fue un faro para la región y un motivo de orgullo para el país. No es casual que todavía hoy Buenos Aires sea uno de los destinos universitarios más elegidos de América Latina. Esa tradición de integración forma parte de nuestro patrimonio y conviene recordarla cuando algunos intentan reducir la identidad argentina a prejuicios o estigmatizaciones.
La fraternidad no consiste en pensar todos igual. Tampoco en borrar las diferencias. Consiste en reconocer que el otro conserva su dignidad aun cuando piensa distinto, reza distinto o proviene de otra cultura. El diálogo no elimina los desacuerdos; les impide convertirse en odio.
Vivimos una época donde pareciera que todo invita a clasificar rápidamente a las personas: buenos y malos, propios y ajenos, amigos y enemigos. Sin embargo, cuando uno conoce la historia concreta de quienes llegaron a nuestro país buscando una oportunidad, comprende que la Argentina fue grande precisamente porque supo abrir puertas.
No significa ignorar los desafíos que plantean los procesos migratorios ni desconocer el deber del Estado de ordenar y hacer cumplir las leyes. Una cosa es administrar responsablemente las fronteras y otra muy distinta es construir discursos que terminen estigmatizando comunidades enteras.
El papa Francisco repetía con frecuencia que la realidad es superior a las ideas. Y la realidad argentina muestra que la inmensa mayoría de quienes viven aquí desean exactamente lo mismo: trabajar, educar a sus hijos, vivir en paz y construir un futuro mejor.
Tal vez el mayor desafío de nuestro tiempo sea resistir la tentación de convertir los prejuicios en identidad. Porque cuando comenzamos a etiquetar pueblos enteros, dejamos de mirar personas concretas.
La Argentina tiene muchos problemas por resolver. Pero también posee una riqueza que conviene cuidar: la capacidad de encontrarse entre distintos. Esa cultura del diálogo, construida durante generaciones, vale mucho más que cualquier eslogan.
Porque un país no se fortalece señalando enemigos. Se fortalece cuando descubre que la diversidad, lejos de ser una amenaza, puede convertirse en una de sus mayores riquezas.