Por qué Francisco transita una etapa crucial de su pontificado

Por: Sergio Rubin

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En los debates previos al cónclave que terminó eligiendo a Jorge Bergoglio como pontífice, los cardenales de todo el mundo coincidieron en que terminar con la corrupción de las finanzas vaticanas y con el flagelo de los abusos sexuales constituían -junto con una revitalización del quehacer religioso- los principales desafíos que debía afrontar el nuevo Papa. Al fin de cuentas, Benedicto XVI había renunciado admitiendo que flaqueaba sus fuerzas físicas y anímicas en medio de pujas de poder internas que escondían manejos económicos espurios y denuncias de casos de pederastia por parte de miembros del clero en muchos países que revelaban su magnitud.

Francisco -que recibió un informe de situación compuesto por cientos de páginas elaborado por tres cardenales por orden de Joseph Ratzinger- era consciente que debía afrontar sin demoras y con gran decisión los retos enunciados por los cardenales. Lo que no imaginó es que esos desafíos, ciertamente enormes, iban a ser aún más grandes como consecuencia de nuevos casos o revelaciones de otros anteriores a su papado que continuarían sacudiendo a la Iglesia y dañando su credibilidad. Porque episodios viejos o nuevos de corrupción siguieron estallando, al igual que abusos viejos y nuevos, y ciertamente en gran cantidad.

En los últimos meses ambos desafíos se le cruzaron a Francisco con gran potencia. La compra de un edificio en un elegante barrio de Londres con fondos destinados a obras de caridad del Papa despertaron la sospecha de directivos del banco vaticano. Con el respaldo del pontífice argentino, se inició una investigación que detectó otras operaciones sospechosas y dio paso a un juicio sin precedentes a un otrora poderoso cardenal del Vaticano (Angelo Becciu), dos funcionarios de la secretaría de Estado vaticana y media docena de agentes financieros ligados desde hace años a inversiones de la Santa Sede.

La semana pasada un informe encargado por la Iglesia francesa estableció que desde 1950 se registraron en Francia 216 mil abusos sexuales cometidos por miembros del clero que abarcaron a entre 2900 y 3200 curas, religiosos y monja. La cifra -que superó por lejos a otros relajamientos como el realizado por la Conferencia Episcopal alemana- provocó como era esperable un gran impacto mundial y estremeció a toda la Iglesia. El propio Francisco se sorprendió por la cantidad de casos y manifestó su “vergüenza”, en primer lugar por las víctimas y en segundo lugar por la inacción eclesial.

En verdad, desde el comienzo de su pontificado Jorge Bergoglio tomó numerosas medidas para transparentar las finanzas vaticanas. No solo dispuso normas internas, sino que abrió las cuentas a la supervisión de organismos internacionales. Además, autorizó diversas investigaciones judiciales -aunque ninguna había tenido la envergadura de la actual, que involucra a un cardenal- y separó a numerosos funcionarios. Otro tanto puede decirse de las que tomó para combatir el flagelo de los abusos sexuales, que incluyen la exoneración del obispo que no tramita adecuadamente una denuncia.

Llevaría varias páginas citar todas las medidas que en una y otra cuestión tomó. Claro que otra cosa es que toda la Iglesia las aplique a rajatabla. Pero es verdad que los organismos internacionales de control miran hoy de otra manera el comportamiento financiero del Vaticano y, de hecho, le levantan las sanciones y le mejoran la calificación. Y los casos de abusos sexuales cayeron verticalmente, una tendencia que había comenzado con el papado de Benedicto XVI, pero que con Francisco se profundizó.

Sin embargo, la actitud de Francisco -sobre todo en las cuestiones económicas, aunque también en materia de abusos- suscitó y sigue suscitando resistencias en ciertos sectores eclesiásticos, minoritarios, pero muy activos. Muchas resistencias están revestidas de un componente ideológico: los muy conservadores contra el progresismo de Francisco, sería la síntesis explicativa del conflicto. Pero los intereses y el espíritu corporativo tiene mucho que ver.  

En obvia referencia a esas resistencias, Francisco llegó a ironizar hace poco que, tras ser operado en julio, “algunos me querían ver muerto”. Lo cierto es hoy goza de buena salud, pero su pontificado transita un tiempo crucial de cara a la superación de sus grandes desafíos.​

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