Por: Daniel Goldman
Cada año, al llegar el 25 de Kislev según el calendario hebreo —que este año coincide con la tarde /noche del domingo 14 de diciembre de 2025— comienza Janucá, la Fiesta de las Luminarias. Ocho noches de luces y sombras que nos invitan a detenernos, contemplar y recordar. No es solo un ritual familiar ni un espectáculo congregacional; es un llamado profundo a la fe, la memoria y la resiliencia del espíritu humano, que se proyecta también en nuestra responsabilidad compartida como habitantes de un universo interconectado.
Hace más de dos mil años, la comunidad judía enfrentaba la opresión de los Seleucidas, un poder extranjero que intentaba imponer prácticas ajenas. Los judíos, liderados por los Macabeos, recuperaron y purificaron el Templo de Jerusalén, lugar central donde se celebraban la liturgia y los rituales hebreos, y donde se preservaba el vínculo con lo sagrado y la identidad cultural. El milagro del aceite, que ardió ocho noches cuando parecía suficiente para una sola, se convirtió en símbolo de esperanza, persistencia y capacidad de sostener la luz interior incluso en la penumbra.
Ese milagro no es solo leyenda. Representa la luz íntima que todos poseemos. La luz necesita de la sombra y la sombra de la luz: conviven de modo natural y se definen mutuamente. Una no existe sin la otra. En la vida no somos ni completamente triunfantes ni absolutamente derrotados. Cultivar bondad, gratitud y conciencia de nuestra herencia permite sostener la memoria y la resiliencia, incluso cuando la sombra parece dominar la luz o viceversa.
Los desafíos globales —desde la crisis climática hasta la revolución tecnológica y los conflictos internacionales— rara vez admiten soluciones binarias. Como señalaba Thomas Friedman en un artículo reciente: los problemas contemporáneos exigen decisiones de “ambos/y” (Policeno), integrando seguridad con bienvenida, tradición con innovación, diplomacia con fuerza y crecimiento con equidad. La historia de Janucá nos recuerda que sostener la luz implica mantener ideas contrapuestas en tensión, transformar complejidad en acción y buscar síntesis en lugar de extremos.
Colocar la janukiá en un lugar visible es un acto simbólico que enseña a irradiar luz y confrontar la sombra, actuando de manera consciente en comunidad. La espiritualidad florece cuando se refleja en la vida de los demás. Como dice Dov Seidman: “La interdependencia ya no es nuestra elección. Es nuestra condición. O construiremos interdependencias saludables y ascenderemos juntos o sufriremos interdependencias insalubres y caeremos juntos”. Esta relación recíproca, este vínculo nos llama a cooperar, a formar coaliciones adaptativas que integren instituciones, empresas, gobiernos, educadores, emprendedores sociales y ciudadanos comprometidos, resolviendo problemas mediante la acción colectiva.
La luz de Janucá nos enseña que, para enfrentar los desafíos de nuestra era, necesitamos sostener la claridad y la esperanza mientras trabajamos con nuestras sombras. Cada llama encendida recuerda que la verdadera sabiduría surge del equilibrio, de la síntesis y de la conciencia de nuestra interconexión con los demás y con el planeta.
Podemos contribuir a entornos más justos y equilibrados, aprendiendo a convivir con la luz y la sombra que nos rodea. Que este Janucá nos inspire a encender nuestro fulgor esencial y a matizarlo en el crepúsculo, colaborando con responsabilidad y creatividad. Que aprendamos de las sombras sin dejarnos vencer por ellas, y que nuestras acciones se conviertan en fuego que ilumine la complejidad de nuestro tiempo, generando soluciones colectivas que integren, en armonía, lo mejor del resplandor y lo necesario de la oscuridad.
* Rabino emérito de la comunidad Bet El
Co-presidente del Instituto de Diálogo Interreligioso (IDI)